28 de mayo de 2015

NOVELA 34



Y mientras se encaminaba a la casita del fondo del jardín para cenar con Inma, se dio cuenta de que, con otras palabras, su madre le había dicho muchos años antes lo mismo que la tía Irene le había dejado escrito cuando supo que se iba a morir. No las defraudaría. Iba a luchar, aunque en este momento no supiese muy bien contra qué.
Pasaron cinco días sin ninguna noticia de Michael. Ya había desistido de mirar el whatsapp. Sólo le servía para saber que se conectaba casi media hora pero nunca encontraba un segundo para enviarle un mensaje a ella. Tampoco había correos suyos en la bandeja de entrada. Para mitigar su dolor se había llevado a su cuarto la última funda de almohada que él uso. Conservaba todavía su aroma. Y cuando a media noche la ahogaba el llanto y la añoranza no tenía más que olerla para sentirse menos sola. Pero no era tan boba como para no darse cuenta de que esta tortura no la llevaba a nada bueno.
La última carta que había leído de la tía Irene la había dejado en ascuas. Pero no lograba sacar nada más en limpio. Así que una mañana de sábado, aprovechando el momento del desayuno con Vera, pensó que ella podría ser su tabla de salvación. Cuando iban por el segundo café decidió que cuando se quiere una información lo mejor es mostrar todas las armas. Así que le enseñó la carta de su tía en donde mencionaba la vida oculta de Paul. Vera se caló las gafas que llevaba colgadas siempre de un fino cordón de oro y leyó atentamente. Cuando acabó dobló la carta despacio y se la devolvió. Amanda la miró con insistencia, pero ella permanecía callada.
-Usted sabe algo de todo eso que mi tía menciona.
No era una pregunta, sino una afirmación. Y la anciana asintió, sin palabras. Se tocó varias veces el camafeo que solía llevar y le pidió más café.
-Si tengo que hablar, necesito entonarme con algo y es demasiado temprano para emborracharnos.
Cuando Amanda llegó con café recién hecho Vera se arrellanó en el sillón de mimbre y tomó aire, como si fuese a pronunciar un importante discurso, pero el hecho era que su voz sonaba más baja y profunda que nunca, como si estuviese en trance.
-La gente que tiene mi edad, y más aún, como era el caso de Paul, hemos vivido cosas que no sé si los jóvenes podréis entender. A veces la gente se comporta de una manera o de otra en razón del momento y de las circunstancias que le toca vivir. No podemos elegir el momento, el lugar ni la época en que nacemos. Y somos hijos de todo un conjunto de hechos que en ocasiones nos llevan por caminos que jamás habríamos deseado recorrer.
-Me está asustando con todo ese preámbulo-susurró Amanda. Por cierto, ¿Sabe usted si mi madre estaba enterada de lo que usted me va a contar?
-Ignoro si lo sabía todo, pero si al menos lo más importante. Tu tía y tu madre eran mujeres muy prudentes, a pesar de su juventud, y nunca dejaron constancia escrita de esas cosas. Creo recordar que aprovechando la muerte de tu abuela las dos pasaron juntas una temporada larga en esta misma casa. Fue entonces cuando Irene se sinceró con ella. Y creo que tu madre la entendió y la consoló como pudo; porque a pesar de todo, era su hermana.
-¿Me quiere dar a entender que mi tía hizo algo malo?
Vera se sirvió otra taza de café. Y de repente se encontró muy cansada. La agotaba recordar aquella etapa de su vida, de la que unas veces estaba orgullosa pero eran más las ocasiones en las que se avergonzaba y casi siempre desearía que aquello no hubiese pasado. Sabía que Irene sentía lo mismo. Paul era el único que nunca había dudado de que sus acciones estuviesen encaminadas al Bien, con mayúsculas; aunque en el camino hubiese que dañar a gente inocente. En su argot él y sus compañeros hablaban de daños colaterales; una expresión que también se usaba mucho ahora, pero que a ella seguía pareciéndole una manera de lavar la conciencia de quien sabía que no había actuado de la manera correcta.
-No, Darling. Solo estoy intentado explicar que a veces la vida nos lleva por caminos que nunca hemos pensado en recorrer. Hay cosas que sé que no será fácil que entiendas. Lo que tú sabes de la II Guerra Mundial es tan solo por los libros de Historia. Las personas como tu tía y como yo lo hemos vivido de otra manera. Tú piensas que soy inglesa, ¿verdad?
-¿Y no lo es?
La anciana se retorció un solitario que llevaba en la mano izquierda y suspiró, como dándose fuerzas.
-Si nos atenemos al lugar al que nací lo soy, pero mis abuelos eran rusos. Rusos blancos. ¿Sabes lo que eso significa?
-Claro que lo sé. No soy una ignorante, aunque sea joven. He estudiado Historia.
Vera la miró con tristeza.
-No lo dudo. Pero ¿ves?, ahí está la diferencia. Para ti es Historia, para mí, una realidad. Mi familia tenía en Moscú un negocio de pieles; abastecían a la casa imperial. Cuando los bolcheviques ganaron la guerra, mis abuelos huyeron con lo puesto. Les acogió en Londres una hermana de mi abuela, y allí nací yo. Me educaron en colegios ingleses, pero en mi casa todo era ruso. Y crecí sabiendo muy bien de donde venía. Por eso odio tanto a los comunistas, y por eso dediqué mi vida a un único objetivo: erradicarlos del mapa. Fracasé, me imagino. Aunque soy de las que piensan que el tiempo es el mejor juez y el que al final pone todo en el lugar que le corresponde.
-No sé a dónde quiere ir a parar con todo eso ni que tiene que ver con mi tía.
-Debes tener paciencia. No se puede resumir en dos minutos la historia de toda una vida, las decepciones, los sufrimientos, los sueños que ya nunca podrán hacerse realidad. Y la verdad es que estoy cansada, muy cansada-dijo la anciana en voz baja, pasándose una mano por el pelo. Si esta tarde tienes un rato libre, me gustaría que fuésemos al puerto a tomar un café y allí te seguiré contando.

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