28 de mayo de 2015

NOVELA 35


Amanda asintió en silencio y se fue a la recepción. Allí se sacó del bolsillo de la chaqueta otra de las cartas de su tía. Últimamente buscaba en ella respuestas a su propia incertidumbre. Una incertidumbre que se acrecentaba día a día. En una ocasión, el primer sábado que estuvo sin Michael, decidió salir al pueblo de al lado a comer. Necesitaba estar sola durante unas horas al menos para no tener que poner buena cara ante Inma e incluso ante Vera, que cada vez pasaba con ella más tiempo. Se acomodó en una mesa pequeña que daba a la ventana, y desde allí tenía una buena vista de la playa y de la gente que aprovechando el buen tiempo paseaba al sol. Estaba empezando a comer cuando Javier Valdés se sentó a su lado; como siempre, sin que nadie le hubiese invitado a que lo hiciese. Pensó que sería perder el tiempo decirle algo, así que le miró fijamente y le saludó con un hola neutro y sin apenas entonación. Él hizo caso omiso de la fría acogida y encargó al camarero lo que quería.
-No tienes buen aspecto-sentenció el arquitecto.
-Gracias, Javier. Tú en cambio sigues igual que siempre.
-¿Guapo?-le preguntó guiñándole un ojo.
Ella se esforzó por mantener la calma
-Me refería a que sigues igual de tocapelotas. ¿Qué es lo que quieres? Tu trabajo ha terminado, te he pagado y hasta te he dado las gracias por tu profesionalidad. No tenemos nada más de que hablar.
-Mujer, hemos compartido cama, se supone que podemos ser buenos amigos.
Sintió, en contra de su voluntad, que enrojecía.
-Compartimos cama en una ocasión. Y la verdad, no sé si fue una buena idea. Pero en todo caso, estuvo bien. Los dos necesitábamos un desahogo y lo tuvimos. Punto. No hay nada más de lo que hablar.
-Para mí estuvo bien. Me gustaría repetir, si tú quieres.
De repente se había puesto serio y Amanda creyó atisbar, con profundo asombro, un tinte de nostalgia, o quizá hasta de ternura, en su voz. Pero no podía ser verdad. Javier Valdés no era el tipo de hombre que se deja llevar por sentimentalismos.
-A mí no me gustaría repetir, Javier. Para mi ese asunto está terminado.
-¿Es por el guiri?
-Si te refieres a mi socio; no, no es por él ni por nadie. Es por mí. Yo tomo mis decisiones
Javier no le contestó de inmediato. Siguió cortando pulcramente el filete. Ambos comían despacio, apenas sin mirarse, con los ojos puestos en la playa. Cuando el camarero trajo los cafés y mientras el arquitecto removía el suyo, habló de nuevo. Su tono de voz volvía a ser el de siempre.
-Hace una semana más o menos vi a tu rubio en la bolera que hay en la esquina de esta misma calle.
-¿Y qué? ¿Está prohibido jugar a los bolos?
Javier hizo una seña al camarero para que le sirviese más café.
-Desde luego que no. Pero me llamó la atención precisamente que no jugase. Se pasó todo el rato sentado en una mesa de la esquina, bebiendo café y mirando hacia la puerta, como si esperase a alguien.
Amanda se puso en guardia. Pero lo que Javier le contó no iba precisamente por los derroteros que ella había imaginado.
-Cuando llevaba ya esperando casi quince minutos llegó un hombre de aspecto extraño. Muy alto, con barba negra tupida y por lo poco que le oí hablar, acento extranjero. Hablaron cinco minutos tan solo y ese tío con aspecto de matón dejó un maletín pequeño de color negro en la silla que había en medio de los dos. Tu guiri pidió otro café y después se marchó. Con el maletín-terminó en voz baja, como si quisiese sembrar más dudas de las que Amanda ya tenía.

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