29 de mayo de 2015

NOVELA 36



Ella dio por terminada la comida. Con la disculpa de que iba al baño pagó la cuenta de los dos; le gustaba invitarle porque sabía que a él le molestaría, y se marchó diciéndole adiós con la mano desde la puerta. La cara de Javier Valdés era todo un poema cuando se dio cuenta de que le había dejado plantado de nuevo.
Pero aunque disimulase, lo que le contó hizo que todavía se sintiese peor con respecto a Michael. No sabía nada de su vida, la llamaba cuando le daba la gana y cuando notaba el miedo o la decepción en su voz siempre tenía una palabra amable preparada, o le mandaba a través del whatsapp un mensaje grabado con su voz grave y sensual en el que le decía que no fuese boba, que era tan tonta como una niña pequeña, y que pronto estarían juntos. Y ella, durante uno o dos días, se quedaba más o menos tranquila. Hasta que de nuevo volvía a empezar de nuevo la misma tortura. Se estaba volviendo loca y sobre todo estaba siempre cansada por haber dormido mal.
Desplegó ante sí la carta de Irene al tiempo que bebía un sorbo de té caliente. Le daba pánico darse cuenta de que los miedos de su tía y los suyos propios eran bastante parecidos. La carta estaba fechada ocho meses después que la última que había leído, y ahora entendió por qué. Había muerto la abuela y las dos hermanas habían estado juntas un tiempo, con lo cual no eran necesarias las cartas.
Querida Inés:
Hace apenas una semana que nos hemos separado y ya te echo de menos. Estamos en Lisboa, hemos llegado hace dos días. Después de lo que Paul me contó era del todo imposible que siguiese trabajando en la Agencia de Aduanas.
Me preguntaste varias veces cómo era capaz de seguir a su lado, y te respondo lo mismo que te contesté cuando estábamos juntas: porque le amo, y porque no puedo vivir sin él. Es así de simple, y de complicado.
Cuando supe la verdad me costó aceptarla y no te niego que estuve tentada de marcharme. Pero al final no fui capaz de hacerlo. Pudo más el amor que siento por él; y también, por qué no decirlo, la necesidad, la dependencia. Es algo que me duele casi de una manera física; le necesito a mi lado, tengo que tocarle, olerle, escuchar su voz. No estoy completamente de acuerdo con las cosas que ha hecho y hay algunas personas que forman parte de su vida, o de su trabajo, como quieras llamarle, que sencillamente me horrorizan. Pero trato de adaptarme, porque sé muy bien que si le diese a elegir, él elegiría lo que hace. No dudo de que sufriría, porque sé que a su manera me ama, pero es un hombre entregado a una causa, aunque creo que equivocada. Sin embargo, entiendo sus motivos.
Me gusta Portugal. A veces sueño despierta y me imagino que Paul y yo tenemos una casita aquí, no en Lisboa, sino en algún pueblo costero, pequeño y tranquilo, y que hacemos una vida normal. En mis sueños, sea con los ojos abiertos o cerrados, siempre veo una casa azul cerca de la playa, con las ventanas de madera y la pintura un tanto descascarillada. Yo sería feliz si Paul fuese un simple trabajador que llegase a casa a las ocho de la tarde, cansado de la jornada, y pudiésemos tomarnos un plato de sopa tranquilamente. Pero por desgracia nuestra vida es muy distinta. Tengo todos los lujos que te puedas imaginar; vestidos tan caros que al principio me daba miedo tocarlos, joyas, pieles, coches extravagantes y cenas en restaurantes de lujo donde un camarero que tiene más pinta de general que de otra cosa me ayuda a sentarme y está pendiente de mis más mínimos deseos. Este hotel desde donde ahora te escribo es digno de una reina, pero yo preferiría estar lavando las camisas de Paul en el lavadero de un pueblo perdido. Sería más feliz. Toda esta vida de lujos aparentes al final esconde mucho miedo. Me he visto obligada a aprender a disparar y ahora en mi precioso bolso de cocodrilo o en la cartera de noche llevo una diminuta pistola, de esas que llaman “lady”; preciosa pero mortífera. Espero y ruego a Dios no tener que usarla nunca.
No olvides que te quiero y te necesito. Eres el cordón que me ata a mi anterior vida. Reza por mí
Irene

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