31 de mayo de 2015

NOVELA 38



Amanda no había olvidado la conversación pendiente con Vera. Aprovechando la tarde soleada se sentaron en la terraza de la taberna del puerto. A esa hora estaban solas y podían hablar con tranquilidad. Era demasiado temprano para que volviesen los hombres de pescar o los trabajadores de la conservera a tomar su vasito de vino antes de irse a casa a cenar. La única compañía eran las gaviotas y unas ancianas sentadas a la puerta de su casa arreglando las redes. Olía a mar, a algas, a viajes lejanos y a nostalgia del pasado. El mismo camarero de siempre, desgreñado y con cara de malas pulgas les trajo el café que habían pedido. Amanda se rio para sus adentros pensando que Vera era todo un espectáculo con su pamela azul haciendo juego con el vestido y su sempiterno bolsito. Parecía una vieja gloria del cine trasplantada desde Cannes hasta este pueblo dejado de la mano de Dios. Con una mirada la animó a que hablase; pero parecía que a la anciana le costaba empezar. Removía su café y miraba al mar como tomando fuerzas. Al fin comenzó y Amanda se acomodó mejor en su silla, dispuesta a escuchar y rogando que lo que le contase la ayudase a entender mejor no sólo a su tía sino también su propia vida, porque le parecía que de alguna manera había algunas cosas que se estaban repitiendo.
-¿Te interesa la política, Darling?
Amanda se sorprendió. ¿A qué venía esa pregunta? Pero la anciana no esperaba una respuesta, porque siguió hablando.
-Probablemente no me he expresado bien, porque al fin y al cabo lo que te voy a contar no tiene mucho que ver con la política tal y como la concebimos, sino más bien con el poder, con el afán de control, con la posibilidad de dirigir la vida de la gente sin que ellos mismos lo sepan.
-No sé si me está asustando o debo pensar que me está contando un cuento.
-No es un cuento-le rebatió ella-sino algo muy real, aunque entiendo que a las personas que no lo han vivido les pueda resultar extraño. Verás, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial el mundo quedó dividido en dos bloques, como bien sabes. Había mucha gente poderosa que temía a los comunistas. Pensaban que su poderío se estaba extendiendo demasiado y que a la larga representarían un peligro.
-¿Y usted era una de ellas?
-En aquel momento yo era una niña, no pensaba en esas cosas. Pero mi padre era de los que temían al comunismo, y con razón, porque al fin y al cabo él había huido de todo eso con su familia. En parte somos lo que nuestros padres hacen de nosotros. Yo crecí en el odio al comunismo, ya te lo expliqué el otro día. Y a medida que me fui haciendo mayor y mi padre envejecía, tenía más conversaciones conmigo. Era su única hija y a nadie más podía confiar lo que para él era la misión de su vida. Cuando murió me hizo prometerle que continuaría su labor, que el trabajo y los sacrificios de tantos años no habrían sido en vano. En aquel momento lo único que yo quería era que se muriese en paz, y le prometí todo lo que me exigió, aunque me parece que era demasiado joven para darme cuenta de lo que estaba prometiendo. Con los años y después de conocer a muchos de los compañeros y amigos de mi padre ese compromiso pasó a ser mío también pero por derecho propio, porque yo creía que era lo que se debía hacer.
Amanda la escuchaba con atención pero no pensaba que aquello tuviese demasiada relación con la historia de Irene y de Paul. Pero Vera siguió hablando. Iba por el segundo café y parecía necesitada de contar, como aquel pecador que se arrepienta o no, halla consuelo en que el sacerdote le escuche.
-¿Has oído hablar de la red Gladio?
Amanda negó con la cabeza. No le sonaba de nada.
-¿Debería? Gladio significa espada, si no he olvidado del todo mi latín. Pero no sé qué puede tener eso que ver con mi tía.
-Paul y yo formamos parte durante mucho tiempo de la red Gladio. Él era una de las personas más importantes y quien tomaba muchas decisiones. Tu tía, creo que sin quererlo y porque le amaba, se vio obligada a colaborar también. Y me consta que alguna de las cosas que tuvo que hacer no eran de su agrado.
-Igual debería empezar por explicarme lo que es esa maldita cosa-se impacientó Amanda.
Vera tomó aliento. Necesitaba hablar pero al mismo tiempo le costaba hacerlo. Nunca había comentado con nadie estas cosas y aunque había pasado mucho tiempo, todavía tenía miedo de hablar.

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