1 de mayo de 2015

NOVELA 8



A poca distancia de allí Javier también cenaba solo, aunque su cena era bastante más contundente. Había estado trabajando hasta muy tarde en su despacho y al llegar a casa había dudado si llamar por teléfono a Carla, una chica del pueblo vecino con la que tenía una relación que ninguno de los dos sabía muy bien cómo calificar. Desde luego no eran novios, y la palabra amante tampoco se ajustaba demasiado a la realidad, dado que los dos eran libres y no había nada que tuviesen que esconder en su relación. Y de todos modos, pensó mientras sacaba el pescado del horno y lo pasaba al plato, si amantes son los que se aman, Carla no era su amante. Él no la amaba, aunque sospechaba que después de tres meses de acostarse juntos dos o tres veces por semana, ella si empezaba a sentir algo por él o al menos a mostrarse algo posesiva. La última vez que vino a verle Javier sintió que el estómago le ardía como si tuviese una úlcera cuando se dio cuenta de que con toda la premeditación del mundo había dejado un pijama y unas zapatillas allí. Para que no se hiciese ideas extrañas al día siguiente la había llamado por teléfono para aclararle que debía recoger ambas cosas. Ella no había dicho nada pero Javier la conocía y la notó molesta. Por eso ahora le daba cierto reparo llamarla; no deseaba enfrentarse a una mujer despechada pero menos todavía soportar una escena de reproches y enfados. Tal vez sería mejor que no se viesen en un tiempo; para él no representaba ningún sacrificio; tan solo que debería desplazarse a la ciudad más cercana en busca de alguna otra chica con buena disposición para hacerle pasar unos cuantos ratos agradables. No se sentía mal por actuar de esa manera. No creía en los compromisos ni en disfrazar de amor lo que era una simple necesidad sexual. Solo los tontos y los hipócritas hacían algo tan burdo como engañar hablando de sentimientos que no existían. Él siempre era totalmente sincero, aunque a la otra persona le doliese. Pensaba que esa la actitud honrada y correcta. No podía hablar de algo en lo que no creía; y a sus cuarenta y cuatro años, Javier Valdés no pensaba que existiese eso que daban en llamar amor.


Como sucedía en esos parajes norteños la mañana amaneció nublada pero apenas el tren se puso en marcha e iba dejando atrás los campos de cultivo y las casas que se desperdigaban en las lomas, la bruma comenzó a disiparse y un tímido sol apuntaba en el horizonte. Febrero estaba terminándose ya y pronto llegaría la primavera. Amanda pensó que era una buena señal que su nueva vida comenzase también con la primavera, que era sin duda su estación preferida, lejos de los rigores del invierno pero también del exceso que conllevaba el verano.
Tenía tantas ganas de ver a Inma que el tiempo de llegar se le hizo eterno y no pudo concentrarse en el libro que se había llevado para leer en el tren, así que lo cerró con desánimo y sacó su agenda del bolso para ir anotando las cosas que tenía todavía pendientes en la casa. Eso hizo que de manera irremediable pensase en Javier Valdés. Pocas personas habían logrado sacarla tanto de quicio, pero ya que le había encargado los trabajos necesarios en la casa y de que tenía prisa por terminar, pensó que valdría la pena ejercitar la paciencia, esa virtud que no era demasiado habitual en ella.
Apenas bajó del tren vio a su amiga que la esperaba en el andén. Ya de lejos se dio cuenta de que tenía mal aspecto; el abrigo azul le colgaba de los hombros, dándole aspecto de espantapájaros, y el pelo, que ella solía llevar bien cuidado, aparecía ahora lacio y con aspecto grasiento, pegado a la cara. Cuando la abrazó se dio cuenta de que había perdido mucho peso; era como abrazar un pajarito famélico, a pesar de que le llevaba casi una cabeza de altura. Pero se guardó de decirle nada, sino que esperó a llegar a su casa para recoger las cosas que Amanda quería llevarse al pueblo. Habían decidido de común acuerdo marcharse en el coche de Inma aquella misma noche, por lo cual ambas trabajaron rápido para dejarlo todo ultimado lo antes posible. A las ocho de la tarde estaban ya en camino y fue entonces, con una agradable música de fondo y bastante tiempo por delante para hablar, cuando Amanda decidió enterarse de qué pasaba; porque estaba segura de que había algo más que una ruptura sentimental. Allí en medio de la carretera, Inma no tenía escapatoria y contestaría a sus preguntas.

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