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NOVELA 9



-Ahora me vas a decir de verdad que es lo que te pasa.
-Ya te lo he dicho-contestó ella adelantando a un camión que le entorpecía el paso.
-Te pasa algo más que la ruptura con Lucas. Antes ha habido otras rupturas y nunca te he visto de esta manera. ¿Tú te has mirado al espejo? Pareces una loca, con la mirada extraviada, pálida como una muerta; eres un pescado que empieza a echarse a perder.
-Amanda, ya tengo bastantes problemas en mi vida sin que tú me tires encima más porquería.
-Pues voy a seguir por el mismo camino hasta que me cuentes de verdad qué te pasa. Y sabes que cuando quiero puedo ser muy persistente.
Inma apartó la mirada de la carretera durante unos segundos y cuando vio en la cara de su amiga la firme determinación de no darle respiro hasta salirse con la suya, salió de la autopista y aparcó en la zona de descanso. Hacía frío y un café les vendría bien a las dos. Cuando ya estaban acomodadas, se arrellanó en la silla y mirando a un punto indefinido más allá de la ventana que daba al aparcamiento, aunque estaba oscuro como la boca de un lobo y no se veía apenas nada, empezó a hablar.
-Ya sabes que lo mío con Lucas no iba demasiado bien desde hace unos meses. Supongo que en el fondo yo sospechaba que me la estaba pegando con alguien, pero es más fácil a veces cerrar los ojos a la evidencia y seguir en una cómoda rutina.
Amanda se encogió de hombros; ella en modo alguno era partidaria de esa solución; más bien pensaba que cuando algo iba mal había que intentar darle solución.
-A pesar de todo no te niego que me ha dolido mucho su engaño. Me he sentido traicionada, estafada, ninguneada.
-Pero hay algo más, ¿no? ¿Se ha llevado dinero?
Inma sacudió la mano, como espantada por la idea.
-Claro que no. El caso es que a los pocos días de que Lucas se fuese de casa me di cuenta de algo bastante serio y que desde luego no entraba en mis planes.
Amanda se quedó con la taza de café a medio camino; entre la mesa y su boca. Cerró los ojos, esperando no oír las palabras que sabía casi seguro que su amiga iba a pronunciar.
-Estoy embarazada.
Una vez que lo hubo dicho en voz alta fue como si a Inma le hubiesen sacado de encima un peso enorme que le oprimía el pecho y no la dejaba respirar. Era la primera vez que se lo contaba a alguien y en realidad pensaba que había sido en ese mismo instante cuando se dio cuenta de la realidad y de lo que esas palabras significaban. Toda su vida iba a cambiar; ya nunca volvería a ser la misma. A partir de ahora ya siempre tendría que pensar en alguien más antes que en ella misma. Se llevó la mano al vientre en un gesto repetido por millones de mujeres a lo largo de los siglos. Estaba empezando a tomar conciencia de la enorme responsabilidad que estaba aceptando; una nueva vida que iba a depender por entero de ella, que no tendría a nadie más en el mundo. La enormidad de la situación hizo que se le erizase la piel y sintió que el suelo vibraba bajo sus pies. Un sudor frío empezó a bañarle las sienes y se aferró a la silla para no desplomarse. Los ojos se le iban empañando y ya no veía del todo claro. Sentada enfrente de ella Amanda se dio cuenta de que su amiga se estaba mareando y levantándose de su asiento se acercó para sostenerla. Llamó al camarero y le pidió que mojase en agua fría una servilleta que se apresuró a pasarle por la cara, las muñecas y las sienes. Poco a poco Inma fue recuperando el color y pudo abrir los ojos sin marearse. Estaba demasiado cansada para hablar. Una vez confesado el secreto se sentía como una medusa; blanda y esponjosa, como si los huesos se le hubiesen licuado de pronto.
Amanda pagó la cuenta y ayudó a su amiga a llegar hasta el coche. En las condiciones en que estaba no podría conducir, así que encomendándose a todos los santos que recordaba se puso ella misma al volante. Hacía al menos dos años que no conducía y menos un coche manual; ya apenas recordaba cómo se ponían las marchas, para no hablar del embrague. Suspirando profundamente, como buscando aire en lo más profundo de su pecho, metió primera y tras un primer momento de duda, arrancó. Metió segunda y milagrosamente el coche le respondió. A los quince minutos empezó a sentirse algo más cómoda al volante y se animó pensando que quedaban apenas cuarenta Kilómetros. Ya más tranquila pudo por fin hablar con Inma, que estaba desmadejada en el asiento de al lado, mirando al frente con el aspecto de una muñeca rota.
-¿Se puede saber por qué no me lo has dicho antes? No tenías que pasar sola por todo esto. Y ese capullo cabrón, ¿ha sido capaz de dejarte sabiendo que esperas un hijo suyo?
-Lucas no sabe nada-le contestó ella en un susurro
Amanda se esforzó por seguir mirando al frente; no era el momento adecuado para despistarse y provocar un accidente; pero el enfado que sentía la obligaba a controlar su respiración para no dar rienda suelta a su ira.

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