2 de junio de 2015

ENSEÑANZAS






Hace unos once años, un veintiocho de febrero, fui de compras con mi hija. Las hijas nunca pueden ser amigas porque son algo mejor: hijas, carne de mi carne y sangre de mi sangre. Lo mejor que me ha pasado en la vida.
Hacía mucho frío y cuando salíamos de tomar, yo un café y ella algo con muchas calorías que solo sus dieciséis años podía permitirle, vimos algo que a los dos nos paralizó. En una esquina estaba una pareja de mediana edad, él tocando un violín y ella cantando. Nunca oí una voz tan clara, tan pura y con tanta tristeza. Eran rusos y al tiempo que cantaban vendían iconos y estampas. Recuerdo perfectamente que él era muy rubio; con barba y ojos azules; alto y cargado de espaldas, quizá por muchos dolores físicos y morales. Ella también era rubia y sus ojos eran como zafiros. Pómulos altos y la cara de mujer más hermosa que jamás he visto; aunque también con mucho dolor. No sé cuánto les dejé, todas las monedas que llevaba. Y recuerdo que hice algo que me salió del alma; le tomé la mano a aquella mujer y traté de decirle con mi calor lo que no podía con palabras, porque no nos entendíamos. Pero su mirada y la manera en que oprimió mis dedos me lo dijo todo. No hacía falta tener un idioma común porque nos entendimos perfectamente.
A la vuelta hablamos mucho mi hija y yo. Solemos hacerlo. No pretendo enseñarle nada, porque soy yo la que cada día aprendo de ella. Pero estoy orgullosa de lo que tanto su padre como yo hemos tratado de transmitirles a su hermano y a ella: a ser buenas personas, a mirar a los ojos del otro y a tener empatía. Esa es nuestra herencia; lo material se acaba, pero quiero pensar que el ejemplo de los padres queda. Al menos a mi me ha quedado grabado todo lo que mi padre me enseñó. No hay día en que no le recuerde y le eche de menos. Y aunque ya no esté, en mi corazón siempre estará.

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