2 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 10



Al día siguiente a las seis de la tarde llegaba Úrsula. Arturo y yo dejamos nuestras diferencias aparcadas para ir a buscar a nuestra hija. Úrsula tiene los ojos exactamente iguales a los míos, y por lo tanto, a los de su tío y su abuelo, a quienes ni conoce ni sabe que existen. Pero en todo lo demás se parece a su padre. Siempre se han llevado muy bien y temo darle la noticia; sé que le haremos daño. Pero es inevitable; ya no es una niña pequeña, y tiene que entenderlo. Hemos decidido que se lo diremos esta misma noche, cuando cenemos. Pero cuando llega la hora, como siempre, Arturo se escapa por los cerros de Úbeda y me toca a mí ser la portadora de las malas nuevas. Cuando ya estamos tomando el café, decido que no puede posponerse más.
-Úrsula, tu padre y yo queremos hablar contigo.
-¿De qué? Me estás asustando con tanta seriedad.
-No tienes por qué asustarte. La noticia no es demasiado agradable, pero es lo mejor para todos, para que volvamos a ser felices.
Pero ella no me dejó terminar, hizo ademán de levantarse de la mesa. Hasta en eso se parecía a su padre; cuando una cosa no le gustaba prefería no oírla, esconder la cabeza debajo del ala, como el avestruz. Pero esta vez no se lo consentiría. La agarré del brazo y con suavidad hice que se sentase de nuevo. La mirada que me lanzó no fue precisamente de cariño.
-Para mi no es agradable tampoco dar la noticia, pero escondiéndonos no haremos nada. Tu padre y yo nos vamos a separar. Cuando te marches de nuevo a Estados Unidos, al día siguiente, me iré a Galicia, a la casa del pueblo, y dejaremos en marcha el proceso de divorcio. No queremos ni tu padre ni yo causarte daños innecesarios ni problemas, pero hace ya mucho tiempo que no nos entendemos, y hemos pensado que, por el bien de todos, de los tres, es mejor poner punto y final. Todos nos merecemos ser felices.
No me contestó, ni siquiera me miró. Había cogido la servilleta y la retorcía entre las manos de un lado para otro, como vengando en ese trozo de tela la rabia que yo sabía que sentía por dentro. Y también sabía a quien iba dirigida esa rabia. Miré a Arturo, pero como de costumbre, él tampoco decía nada. Era más cómodo dejarme a mí el papel de madre mala y sin corazón.
-¿No vas a decir nada, Úrsula?
-¿Qué quieres que diga? Ya dices tú por todos, como de costumbre. Eres tan egoísta que sólo piensas en ti misma, y no te importa dejar solo al pobre papá y marcharte a ese asqueroso pueblucho a retomar alguna de tus locuras. ¿De qué se trata esta vez? ¿Has decidido que te encanta la pintura, o quizá la escultura, o te harás cantante? Entretanto, papá aquí solo, trabajando y ocupándose de todo, como ha hecho siempre.
Bien, ya era suficiente. Me levanté de la mesa sin decir nada y me fui a mi cuarto. No esperaba que Arturo dijese algo; no ya en mi defensa, sino en defensa de la verdad; así que no tenía sentido seguir allí sentada. Les dejé solos para que se consolasen mutuamente y se dedicasen a despellejarme con tranquilidad. No puedo decir que la actitud de mi hija me extrañase demasiado; es más, esperaba algo parecido. Adoraba a su padre, porque Arturo se había arrogado el papel de papi bueno, mientras que a mi me tocó durante todos estos años educar, poner horarios, regañar, castigar, y hacer de ella una persona adulta. Arturo era una presencia ausente, que los fines de semana le consentía todos los caprichos, la llevaba de compras a tiendas caras, le pagaba vacaciones y siempre estaba de buen humor. Lo único que me resultaba penoso era descubrir que estar sola en el extranjero no había ayudado a que mi hija madurase. Peor para ella; debería hacerlo algún día, y de golpe. La vida no nos pregunta si estamos preparados cuando nos va a golpear; simplemente alza el puño y apunta. Y siempre acierta.



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