3 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 11


Con el ánimo muy bajo por la conversación con mi hija me dispuse a preparar la cena de Nochebuena. Este año nos tocaba invitar a mi cuñada Elia y a mi suegro, que vivía con ella desde que se había quedado viudo dos años atrás. Por ellos me esforcé, porque no se merecían vivir el ambiente enrarecido en el que a mi me tocaba moverme. A las nueve de la noche la cena estaba preparada y la mesa puesta, sin ayuda alguna por parte de Úrsula. Ella no me la ofreció y yo no quise pedírsela. Había pensado, ilusa de mí, que compartiríamos una agradable tarde de confidencias entre madre e hija al lado de los fogones; pero prefirió salir con su padre. No me movían los celos, siempre estuvo más unida a Arturo que a mí, pero al menos antes hablábamos de vez en cuando. Desde que se marchó a estudiar fuera cada día estaba más despegada y he de confesar, con algo de vergüenza, que en ocasiones nuestras conversaciones telefónicas se me hacían eternas, por que si no era yo quien hablaba, ella se quedaba callada al otro lado del teléfono.
Cuando todo estuvo ya dispuesto subí a darme un baño y me arreglé. No me había comprado nada nuevo; eché mano de uno de los vestidos que tenía de años anteriores y me recogí el pelo en un moño. Mientras me peinaba no pude menos que pensar que pronto debería ir a cortarme esa melena que me había acompañado toda la vida. La quimioterapia haría que se me cayese el pelo a puñados; Diego ya me lo había advertido, y si ya lo tenía corto, el impacto sería menor. No pude menos que reírme de lo absurda que era mientras me maquillaba; mi vida estaba en peligro, no sabía cual sería el resultado del tratamiento, y me preocupaba por quedarme calva. Ese debería ser el menor de mis problemas, pero resulta que era en lo que pensaba cada minuto del día. Seguramente la hermana Blanca, que me había dado clase de Historia cuando era pequeña, tenía razón cuando nos advertía contra el grave peligro de la vanidad.
A los diez minutos de haber bajado al salón tocaron a la puerta, y nada más abrir me envolvió el abrazo de oso de mi suegro. Carlos es la bondad hecha persona, y siempre me he preguntado como de la unión entre él y Leticia, su esposa, pudo nacer un ser tan poco expresivo y ensimismado como Arturo.
-Siempre tan guapa. Y seguro que te ha dado tiempo a prepararnos una estupenda cena.
-Bueno, he hecho lo que he podido. Espero que la disfrutéis-le dije, dándole un beso.
Mi cuñada Elia se acercó también para besarme. Cada día sacaba más parecido con su madre; al igual que ella era morena, de ojos negros, la típica mujer española de las postales que se venden a los extranjeros. Le faltaba la mantilla y el traje de lunares. Nunca entendí porque a los cincuenta años Elia seguía soltera; porque aparte de guapa era una persona buena, honesta, trabajadora. Nunca hablamos del tema, pero se me hace imposible que no tuviera oportunidades; más bien creo que no se encontró con la persona adecuada, y sabiamente, prefirió quedarse sola hasta que llegase el hombre que le estaba destinado.
-¿Dónde están los demás?
-Han salido los dos a dar una vuelta, pero ya deberían haber regresado. Sin embargo me viene bien que estemos los tres solos. Vamos a pasar al salón, pongo unas copas de cava para ir entonándonos y os cuento algo que quiero que sepáis antes de cenar.
Se habían quedado los dos callados, a la espera. Cuando ya estábamos acomodados, cada uno con su copa en la mano, me recliné en el sofá y solté la noticia. Las cosas siempre de frente, nada de subterfugios.
-Me sabe mal daros esta noticia el día de Nochebuena, pero como sé que Arturo nunca os dirá nada, porque él es así, debéis saber que nos separamos, El día 2 de enero me marcho a Galicia, a la casa del pueblo.
Los dos se quedaron callados un rato, pero mi suegro levantó la mirada y me interrogó.
-¿Qué ha hecho el cabrón de mi hijo?
Moví la mano en señal de que no importaba, pero él insistió. No se llevaban bien el padre y el hijo; pero venía ya de antiguo.
-No ha hecho nada, Carlos. Ninguno de nosotros ha hecho nada malo, ni nadie tiene la culpa. Simplemente, hemos dejado de querernos, estamos juntos sólo por costumbre y eso no es bueno. Úrsula ya no es una niña, aunque no ha tomado demasiado bien la noticia; pero creo que ha llegado el momento de que cada uno enfrente la vida por su lado. NI que decir tiene que vosotros dos siempre seréis mi familia, no importa que no continúe casada con Arturo.
-Tú siempre serás mi segunda hija-me dijo mi suegro, apretándome la mano. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Esto no tiene nada que ver. Y este verano iremos a verte cuando Elia tenga vacaciones en la consulta.
-Y yo os estaré esperando con ansia.
Pero Elia estaba muy seria. No había despegado los labios desde que les di la noticia; ella que siempre tenía algo que decir. Se levantó, con la copa en la mano, y después de caminar un momento por el salón, se colocó, de pie, delante de mí. Confieso que me asustó; parecía como si fuese a reprocharme algo.
-No has dicho nada, pero por tu cara creo que ya lo sabes, Elena.
-¿A qué te refieres?
-Sé que mi hermano tiene un lío con una compañera de trabajo.
Me quedé muda de asombro, y mi suegro se puso pálido y apretó la copa con tanta fuerza que temí que la rompiese.
-¿Cómo lo sabes?
-Los vi hace dos meses saliendo de un hotel; yo iba con unas amigas. Al principio pensé que me había equivocado, pero les seguí en varias ocasiones más. De hecho, esta noche tenía pensado hablar contigo.

Nuestra conversación se interrumpió con la llegada de Arturo y Úrsula. Mediante un gesto les pedí a mi suegro y a Elia que no dijesen nada de lo que habíamos hablado y respetaron mi deseo.
Íbamos a sentarnos a la mesa cuando sonó mi móvil. Me extrañó, porque las felicitaciones propias de la época ya me habían llegado durante la mañana y parte de la tarde, y no me hacía idea de quien podía ser ahora. Era Daniel, que me llamaba para desearme feliz Navidad y para agradecerme que le hubiese dejado el congelador lleno de comida. No le había dicho nada, pero el día anterior a mi marcha me pasé la tarde entera cocinando y se quedó con provisiones para todo el tiempo que yo estuviese fuera. No lo hacía sólo por cumplir mi parte del trato, sino porque tengo la costumbre de cuidar a la gente aunque no me lo pidan, y se que esto a muchas personas les molesta. Parece que no era su caso; no dejaba de mostrarme su agradecimiento y cuando nos despedimos me llamó la atención que me dijese que me echaba de menos, que la casa se había quedado vacía sin mí. Incluso a mi misma me daba reparo confesar que oír su voz hizo que el corazón galopase más de prisa y que miles de mariposas bailasen en mi vientre. Me odiaba por tener estas sensaciones estúpidas en una mujer ya madura, por alguien a quien apenas conocía; pero por más que me disgustasen, ahí estaban.

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