4 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 12



Durante la cena todos fingimos lo justo y necesario para que no hubiese gestos desagradables, pero era un hecho que el ambiente estaba enrarecido. Cuando acompañé a Elia y Carlos a los cuartos que les había preparado, quedamos en que al día siguiente iríamos a misa. No voy a la iglesia con la frecuencia que debería, pero en ocasiones especiales me apetece hacerlo, porque me proporciona una agradable sensación de paz y de bienestar conmigo misma.
La mañana de Navidad, cuando todavía no me había levantado, me llamó mi hermano. Había trabajado la noche anterior y ahora volvía a casa. Hablamos bastante rato, y la mayoría del tiempo se nos fue en ponernos de acuerdo en prepararlo todo para mi operación. Diego me sugirió que después de la estancia en el hospital me fuese una temporada a su casa, donde podíamos pedir una enfermera, pero la idea no me convencía demasiado; no quería ser un estorbo para nadie. Al final quedamos en que según viésemos en ese momento cómo me encontraba, así actuaríamos.


Hice un esfuerzo para disimular mi impaciencia en los días siguientes, y cuando el primer día del año mi hija se marchó a Estados Unidos de nuevo me sentí libre al saber que ya podía dejar de fingir. Avisé a Arturo de que vendría un camión de mudanzas para recoger las cosas que me iba a llevar, que tampoco eran muchas; simplemente mi dormitorio, todos mis libros y varios muebles que habían sido de mi madre. Ya habíamos pasado por el despacho donde trabajaba Arturo y uno de sus mejores compañeros y amigos, Andrés, un hombre en el yo confiaba, aceptó llevar nuestro divorcio. En privado me aconsejó que no renunciase a la mitad de los bienes que por derecho me pertenecían, al estar casados en gananciales; pero le dije que sólo aceptaría la cantidad que ya habíamos hablado, y que luego lo donaría a mi hija. No quería llevarme nada de Arturo y tenía la suerte de que gracias a mi padre, y sobre todo a la generosidad de mi hermano, no necesitaba preocuparme por el dinero.

El día 2 de enero, muy temprano, un taxi me recogió a la puerta de la que había sido, pero ya no era, mi casa. Arturo seguía durmiendo, me imagino. En todo caso, me había despedido de él la noche anterior. No le odiaba, más bien sentía una cierta indiferencia que no dejaba de producirme pena. A esto habíamos llegado. Tampoco sentí nada especial cuando salía de casa; simplemente cerré la puerta y deseé que el futuro, lo que el destino me deparase, fuese benévolo.
Mi vuelo llegó puntual; a las nueve de la mañana, y mi hermano estaba ya esperándome. Me abrazó largamente y me sentí reconfortada por su bienvenida. Si le tenía a mi lado el miedo sería menor. Fuimos directamente a la clínica y me instaló en una de las mejores habitaciones, desde la que podía ver el mar. Ahora, en invierno, era cuando más me gustaba el aspecto que presentaba la playa, por fin vacía de niños llorones, madres desesperadas y jovencitas poniéndose morenas. Me llevaron poco después a la planta baja y me hicieron muchas pruebas; pero no pregunté para qué. Confiaba en Diego y además tenía tanto miedo que prefería no saber demasiado. El día pasó rápido porque tuve que hablar también con el anestesista, y a la hora del almuerzo me reuní con mi hermano en la cafetería. Cuando me quise dar cuenta estaba cenando en mi habitación. Diego se pasó antes de irse a su casa y me trajo una pastilla. Esta vez si pregunté que era.
-Es un tranquilizante para que esta noche duermas bien.
-No lo necesito-le rebatí.
-Estupendo. Te lo tomarás igual-me dijo dándome el vaso de agua y la pastilla.
Le miré, desafiante, pero él me sostuvo la mirada sonriendo.
-Está bien, no tengo ganas de discutir; pero nunca he necesitado pastillas para dormir.
-Hermanita, de aquí en adelante seré yo quien decida lo que necesitas.
Y me dejó con la palabra en la boca. Me dio un beso en la frente y se marchó. Al final, aunque no se lo confesaría, tuve que darle la razón, Estaba demasiado nerviosa y la pastilla hizo que en menos de quince minutos me quedase dormida, hasta que al día siguiente, a las ocho de la mañana, Diego me despertó. Le había dicho a las enfermeras que él me acompañaría al quirófano y yo lo agradecí, porque sentir su mano en la mía mientras me llevaban en la camilla, hacía que el miedo fuese menor. Antes de salir de la habitación, cuando todavía estábamos solos, le conté que había hecho testamento. Se enfadó cuando empecé a hablar, pero le supliqué que me dejase continuar, y supongo que para que le dejase en paz, me escucho.


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