6 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 13


-Todo es para Úrsula, como es natural; pero mi parte de la clínica, en caso de que me pase algo, volverá a tus manos.
-¿Por qué? Eso debe ser también para tu hija.
No le dejé seguir.
-No, a ella le queda todo lo demás, y la clínica es tu vida, tú sabrás manejarla.
Sacudió la cabeza, en señal de resignación.
-Elena, no vamos a discutir, porque yo me encargo de que ese testamento no se necesite hasta dentro de muchos años; pero que sepas que así lo único que conseguirás es que Hacienda te haga un monumento.
-¿Por qué?-no sabía adonde quería ir a parar.
-Porque se han pagado impuestos de transmisiones ya dos veces, y con tu manía de no dejársela directamente a tu hija, más impuestos. Yo soy soltero, no tengo hijos, ¿A dónde crees que irá a parar lo que tengo? Tú hija es mi única heredera, por más que ella no sepa que soy su tío.
-Lo sabrá, no te preocupes. Si Dios quiere que salga viva de ésta, le contaré toda la verdad. No deseo para ella que viva en un engaño, como lo hice yo.
Antes de que perdiese la conciencia a causa de la anestesia, lo último que recuerdo son los ojos de mi hermano, lo único que se veía de su cara, que me mandaban un mensaje de ánimo, de amor, de calma. Debí de soñar, supongo, porque recuerdo campos de flores y una niña jugando, y campanas que tocaban. También había una música que me llegaba desde lejos, que a veces dejaba de sonar y luego volvía a escucharse; pero lejana y distante. Me desperté cuando me llevaban en la camilla por un pasillo pintado de verde pastel. No tengo recuerdos muy nítidos de esa primera noche, solo el zumbar de aparatos a mi alrededor, y unas manos que me tocaban de cuando en cuando, que manipulaban mis brazos y me apartaban el pelo de la cara. Quería abrir los ojos, pero los párpados me pesaban tanto que no lo conseguía. Apenas podía mantenerme un momento despierta, y volvía a caer en un extraño duermevela que me hacía ser consciente a medias de la realidad.
No fue hasta bien entrado el mediodía, ya de nuevo en mi habitación, cuando recuperé por completo la consciencia. Diego estaba sentado en un sillón al lado de mi cama, adormilado. Le llamé. Él se acercó y me besó en la mejilla. Por su sonrisa, supuse que todo había ido relativamente bien.
-¿Me lo has sacado?
-¿El qué?
-El pecho, qué va a ser.
-Lo que debe importante es que he sacado el tumor, eso es lo esencial. Pero si, también ha habido que extirpar el pecho, como ya había imaginado. Y te hemos sacado también varios ganglios de la axila. Ha quedado toda la zona perfectamente limpia. Hay que esperar a que las heridas cicatricen y empezaremos con la quimioterapia. Con eso cualquier raíz que hubiera podido quedar será erradicada y de nuevo podremos respirar tranquilos.
Aunque sabía que había unas posibilidades muy altas de que hubiera que sacar el pecho, escucharlo ya con firmeza me asustó. Inmediatamente me llevé la mano a la zona, pero mi hermano me detuvo.
-Elena, déjalo ya. No pienses más en ello. Lo importante es que te cures, luego solucionaremos el problema estético. Ya he hablado con Lasarte, el cirujano plástico, y en cuanto sea posible, te hará la reconstrucción. Es muy bueno, confío en él plenamente.
Asentí con la cabeza, pero en mi interior estaba preocupada y sobre todo temerosa de cómo sería mi vida en adelante. Tendría que preocuparme de tener siempre ropa holgada para que nadie notase que me faltaba un pecho, porque no soportaría las miradas de pena y conmiseración. Y con la caída del pelo sería mucho peor. Estaría horrible, como una refugiada de las películas de guerra. Mi autoestima, por más que lo disimulase, todavía no se había recuperado porque mi marido tuviese una amante quince años más joven que yo. Por más que no amase ya a Arturo y que para mi solo fuese el padre de Úrsula, nunca es agradable que a una la dejen por otra mujer más joven, más elegante y refinada. Pero a pesar de todo, intenté disimular delante de mi hermano.
La semana que pasé en el hospital estuvo llena de altos y bajos. En ocasiones, sobre todo cuando Diego estaba conmigo, veía el porvenir de manera optimista y hacíamos planes para cuando ya estuviese curada. Pero cuando me quedaba sola, y sobre todo por las noches, un manto negro se cernía sobre mí, y me imaginaba todo lo desagradable que me esperaba. Estuve tentada de pedirle a Diego pastillas para dormir, pero temía demasiado convertirme en una adicta a los somníferos, y decidí que yo sola tendría que enfrentarme con mis fantasmas y mis monstruos.

Y por fin llegó el día en que me daban el alta. Aunque pueda parecer extraño, no quería irme de la clínica. Allí estaba protegida, encerrada en un cascarón que me alejaba del mundo exterior; donde no tenía más que tocar el timbre y una eficiente enfermera llegaba y ponía remedio al mal que en aquel momento me aquejase: una pastilla para el dolor de la herida, otra almohada para estar más cómoda, un vaso de agua, una palabra amable. Habíamos acordado que me quedaría unos días en casa de Diego, pero él trabajaba muchas horas al día y yo no quería ser un estorbo. Por lo tanto, mi última palabra había sido que me quedaría solo hasta que me quitase los puntos, es decir, tres o cuatro días más, y luego me iría a mi casa. Debería aprender a vivir de una manera un poco menos independiente que antes, al menos hasta que no hubiese recuperado del todo las fuerzas.



















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