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MIENTRAS LLEGA MAÑANA 14



Llegamos a la casa de mi hermano cuando ya anochecía. La señora que se ocupaba de su casa había dejado la cena en el horno y sólo había que calentarla. Diego colocó mis cosas en el que sería mi cuarto durante unos días. Me ayudó a quitarme el abrigo y me preguntó si no me apetecería darme un baño antes de cenar. Me pareció buena idea, pero solo hasta el momento en que tomándome del brazo, entró conmigo en el baño de la habitación.
-¿Adonde crees que vas?-le dije
-Pues a ayudarte, todavía no lo puedes hacer sola.
-Claro que puedo. Lo que no puedo es permitir que tú me ayudes a bañarme-Quizá fuese una bobada, pero notaba perfectamente que la cara me ardía de vergüenza.
-Elena, eres la persona más terca y pesada que he conocido nunca. Soy tu hermano, y por si esto no fuera suficiente, soy médico. Acabo de operarte hace unos días. ¿Crees que puede haber alguna parte de tu cuerpo que no conozca o que me vaya a dejar boquiabierto?
Seguía sin aceptarlo, pero al final no me quedó otro remedio que ceder, porque además me daba cuenta de que todavía no tenía la suficiente movilidad en el brazo para hacerlo yo sola. Fue tan tierno y cariñoso que no supe de qué manera darle las gracias. Cuando ya estábamos cenando, le apreté la mano, y creo que en ese apretón supo interpretar, aún sin ninguna palabra por mi parte, todo lo que le quería decir.
-Tendrás que contárselo a tu compañero de casa-me dijo cuando tomábamos el postre.
-¿Te refieres a lo de la operación? ¿Contárselo a Daniel?
-Si, claro. Durante un tiempo no vas a ser la misma, y cuando empieces la quimioterapia, será raro que no sufras alguno de sus efectos secundarios. Vivís en la misma casa, por fuerza tiene que saberlo. Algún día podrías encontrarte mal y necesita estar informado, aunque sólo sea para avisarme a mí.
-No, no se lo diré. No necesito su pena ni su conmiseración. No quiero que me mire como a un bicho raro.
-Es que la única que habla de bichos raros eres tú. Tu enfermedad no te convierte en un ser extraño, ni es algo vergonzante que haya que ocultar. Cualquiera diría que estamos en el siglo XVI y tienes la lepra. Si no se lo cuentas, tendré que replantear mi permiso para que vuelvas a casa.
-Diego, no eres mi dueño.
-No, y no lo pretendo. Ya te he dicho antes que soy tu hermano y tu médico, y tanto en una función como en la otra, quiero lo mejor para ti. Así que en cuanto llegues a casa, te doy dos días para que se lo digas, sino, lo haré yo. Tengo su teléfono.
-¿Cómo qué tienes su teléfono?
-Si, se lo pedí el día que le conocí. ¿Te acuerdas?
-De lo que no me acuerdo es de que antes fueses tan ladino. Me has engañado.
-No, he tomado precauciones. Ya sabes, dos días-dijo, señalándome con la cucharilla de postre, como si fuera una espada.

Me di cuenta de que era difícil luchar contra Diego, porque bajo su apariencia amable y tranquila se escondía una voluntad de hierro que no se doblegaba ante nada ni ante nadie cuando creía que llevaba razón. Los cuatro días que estuve con él seguí estando protegida, porque aunque estuviese en la clínica, me llamaba varias veces al día, y además Ana, la señora que trabajaba en su casa, también estaba pendiente de mí. Ya me habían quitado el drenaje y el día antes de marcharme me sacaron los puntos. De todos modos, la herida seguía doliéndome algo, tanto la del pecho como la de la axila. Diego me había ordenado que bajo ningún concepto levantase pesos, al menos de momento. Tendría que pasar al menos un mes antes de empezar el tratamiento.
Aquella mañana de sábado salimos sobre las diez y un poco más tarde Diego aparcaba delante de mi casa. Daniel no estaba y lo agradecí, porque sería más fácil enfrentarme a él más tarde, cuando mi hermano ya se hubiese marchado. A pesar de que él quería quedarse un rato le dije que prefería que se fuese ya a descansar; a él también le hacía falta y puesto que algún día tendría que quedarme sola, mejor empezar ahora. Después de darme un abrazo y miles de recomendaciones, se marchó. En cierto modo estaba aliviada de hallarme de nuevo en mi casa, pero también tenía miedo. Las últimas dos semanas había estado tan protegida que ahora temía enfrentar de nuevo la realidad. Poco a poco, porque me cansaba con facilidad, fui colgando la ropa en el armario, y cuando ya era la hora de comer, me acerqué a la cocina y eché un vistazo al congelador. Todavía quedaban algunos de los platos cocinados que había dejado para Daniel, y saqué una lasaña para descongelarla. Era bastante grande para los dos, porque además últimamente yo estaba bastante desganada. Cuando ya la lasaña estaba descongelada y a punto, entró Daniel y se quedó sorprendido al verme. No le había avisado. Se acercó a darme un abrazo y no pude menos que dar un pequeño grito, porque justo me había apretado demasiado en la zona de la herida. Se apartó, asustado.
-¿Te he hecho daño?
-No, no pasa nada. Es que…me he caído y estoy dolorida-le mentí. Aunque había hecho una promesa a Diego, de momento no me veía capaz de decirle la verdad.
-¿Por qué no me has avisado? Te hubiera ido a buscar.
-Diego me ha traído a casa.
Nos sentamos a comer, y me contó que había hecho mucho frío después de Navidad, y que la cantidad de leña apilada había bajado considerablemente.

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