11 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 15


-El lunes tendré que dedicar la mañana a cortar más.
-Yo quería pedirte, si no te importa, que me acompañases a la compra. No puedo conducir, por la caída que te he comentado.
-No hay ningún problema, podemos ir el lunes o incluso esta tarde, como quieras.
-El lunes, mejor. Hoy estoy muy cansada. Creo que cuando acabe de comer dormiré la siesta.
Él se quedó mirándome fijamente, y yo aparté la vista, sacando una hebra imaginaria de mi pantalón.
-¿Ha ido todo bien en tu casa?-me preguntó.
-Mi casa es esta-le dije.
-Ya me entiendes. Aunque no tienes que contarme nada, por supuesto.
-No, perdona, no hay nada que ocultar y poco que contar, en realidad. He dejado la demanda de divorcio ya presentada, espero que en menos de cinco meses todo haya terminado. Arturo será libre de casarse con su novia y yo de vivir mi vida.
-Y de rehacerla, tal vez.
-Si por rehacerla entiendes salir a buscar un amante, o amigo, o como quieras llamarle, no es mi prioridad en este momento.
-Eso no se busca, Elena. A veces surge.
-Puede ser, pero en este justo momento me importa más intentar que la relación con mi hija no empeore demasiado.
-¿Habéis tenido problemas?
-Por decirlo de forma suave. Me considera la culpable.
Se levantó a servir café, y cuando volvió a sentarse me preguntó si no le habíamos contado todo lo ocurrido.
-Verás, no era yo quien tenía que decírselo. Simplemente le conté que su padre y yo habíamos dejado de querernos y nos separábamos. Lo demás es cosa de Arturo y él no ha movido ficha. Yo no puedo entrar en un campo que no es el mío.
-Si, supongo que tienes razón. Pero haces mal en preocuparte, tu hija al final entenderá. Ya no es una niña y tiene que saber que los amores eternos solo existen en las películas.
-Espero que tengas razón.
-Pero, ¿no ha sucedido nada más?
-¿Qué quieres decir?
-Que te encuentro rara, como si hubieses pasado por una enfermedad. Tienes ojeras, has adelgazado.
-Vaya, qué poco galante. Me estas diciendo de manera fina que estoy horrible.
Se quedó callado, creo que un poco avergonzado.
-Perdóname, soy muy bruto, la delicadeza está visto que no es lo mío. Pero me has interpretado mal; no he dicho ni he pensado que estuvieses fea. Es más, te diría que estás más hermosa que cuando te marchaste, pero con esa clase de belleza que da el sufrimiento. Si no te burlases de mi, te diría algo.
-Te prometo que no me burlaré. Dímelo
-Cuanto te vi, al entrar en la cocina, me recordaste a la imagen que sacan en Semana Santa de la Virgen. No recuerdo el nombre, no soy demasiado aficionado a las procesiones. ¿Puede ser la Dolorosa? Es una cara preciosa, con mucho significado, pero que da sensación de sufrimiento, de dolor. Eso es lo que veo en tu cara. ¿Qué te ha pasado?
No sabía que contestarle, aunque lo más sencillo, como siempre, era decir la verdad. Pero no sabía si estaba preparada para decírselo. Temía su reacción, cómo me vería luego y de qué manera nos seguiríamos relacionando en el futuro. Pero como al fin y al cabo Diego se lo contaría si yo no lo hacía, decidí contarlo yo.
-Si me sirves otro café, creo que encontraré fuerzas para contártelo.
Asintió, y se levantó a servirme otra taza de café con leche.
-No me he caído, te mentí. Cuando me abrazaste al llegar me dolió porque me han operado hace unos diez días, y estoy dolorida todavía. Por eso no puedo conducir, ni levantar pesos o hacer esfuerzos. Me han sacado un pecho y unos cuantos ganglios de la axila. Tengo cáncer. Bueno, según mi hermano, tengo que hablar ya en pasado; tenía cáncer; porque se supone que ya no está. Ahora queda que se cure la zona y empezar con quimioterapia.
Me quedé callada, esperando su reacción; espiando si cambiaba la expresión de su cara, o si me miraba de manera distinta. Pero no vi nada de eso. Simplemente me cogió la mano y la tuvo un momento entre las suyas.
-¿Qué te puedo decir? Lo primero que se me ocurre es darte las gracias por la confianza de contármelo, y que estoy aquí para lo que necesites, para cualquier tipo de ayuda. Aunque en la cocina ya sabes que soy un desastre. Pero si me dices cómo, haré las cosas que requieran un esfuerzo.
Me eché a reír. Por lo menos estábamos hablando normalmente; no veía en sus ojos pena ni rechazo. Me hablaba igual que antes.
-Te usaré para dar la vuelta a las tortillas, por ejemplo; porque yo de momento no puedo. Y no me des las gracias por decírtelo; en realidad Diego me obligó. Me amenazó con contártelo si yo no lo hacía, porque le parecía arriesgado que si compartimos casa tú no supieses lo que me pasa. Por si me pongo mal, para avisarle. Pero eso no te convierte en mi niñera; y lo entenderé si quieres deshacer el trato de compartir la vivienda. En cierto modo, te engañé cuando llegué aquí. Quizá debí contarte lo que me pasaba.


















No hay comentarios:

Publicar un comentario