15 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 16



-Pero es que no cambia las cosas el que tú hayas tenido cáncer y ahora te estés recuperando. Yo no te veo de manera distinta ni creo que tenga que tratarte de forma diferente, excepto para ayudarte en lo que necesites. Por ejemplo, me ofrezco a llevarte a las sesiones de quimioterapia.
-No quiero ser un incordio. No se todavía con qué frecuencia serán, y tú tienes tu trabajo.
-Si, pero no tengo horarios. Escribo cuando me da la gana; a las seis de la mañana, a las cinco de la tarde, ¿Qué más da? El ofrecimiento es de verdad, ya te he dicho que no hago las cosas para quedar bien.
-Gracias entonces, lo tendré en cuenta. Diego tendrá que decirme cuando empiezo.
-Es médico, por lo que entiendo.
-Si, es uno de los mejores oncólogos de España, para mi fortuna.
-Os queréis mucho, ¿no?
-Si, a pesar de que somos hermanos desde hace poco tiempo, es una de las personas más importantes de mi vida.
Estaba recogiendo la mesa, y se volvió hacia mí, mirándome con los ojos como platos.
-¿Hermanos desde hace poco? Sois un poco raros en tu familia, ¿no?
Cuando me di cuenta de lo que había dicho estallé en carcajadas, y él me miró como si estuviese loca. Me gustaba hablar con este hombre, me hacía reír y sobre todo, con él no estaba pensando continuamente en mi enfermedad.



-Si, debes de pensar que estoy como una cabra. Somos hermanos desde siempre, como es lógico. Lo que pasa es que nos hemos enterado hace poco tiempo.
-¿Hermanos separados al nacer, o algo así?
-Peor. A mi me crio un hombre al que adoraba y llamaba papá, pero cuando se murió descubrí que no podía ser mi padre. Se había quedado paralizado antes de que yo naciese. Mi madre nunca quiso decirme quien me había engendrado, se llevó el secreto a la tumba. Y Diego llegó a esta casa hace poco más de un año, contándome que éramos hermanos. Su padre, nuestro padre, había muerto poco antes y le había dicho la verdad, además de pedirle que me buscase. Él lo hizo, y ya ves, aquí estamos.
Daniel se había quedado callado, supongo que asombrado. Reconozco que no es una historia al uso, aunque a mí ya me parecía de lo más normal.
-¿Y os aceptasteis mutuamente enseguida?
-Si, puede decirse que si. Por supuesto, le agradecí que tuviese la valentía de venir a buscarme y contarme la verdad. No tenía por qué hacerlo.
-Depende como lo mires. Había empeñado su palabra con vuestro padre.
-Pero es que además-continué- venía para entregarme una parte de la herencia que nuestro padre le había pedido que me diese. No es que me ciegue el cariño, pero es un hombre muy especial.
-Si, debe de serlo. La verdad es que os parecéis mucho físicamente. Viéndoos juntos, se nota que sois hermanos.
No pude menos que reírme.
-Si, cuando era pequeña me preguntaba porque no me parecía a mi padre y casi nada a mi madre, pero claro, nunca sospeché que me hubiesen engañado.
No me dejó recoger la mesa, lo hizo él; y yo aproveché para acostarme un rato. La herida me dolía cada vez menos, pero seguía estando muy cansada. Me daba la sensación de que las piernas y los brazos me pesaban una tonelada. Arrebujada entre las mantas, mientras oía la lluvia que golpeaba mansamente en los cristales, me sentía arropada y protegida como dentro del claustro materno. Era agradable, por un momento, dejar de pensar en los problemas, en la vida, en la muerte, en todo. Simplemente vaciar la mente, dejar el cuerpo flotando y evadirse. Recordé una frase de mi abuela, “cada puente hay que cruzarlo al llegar a él”, y pensé que tenía, como siempre, mucha razón. Mañana le escribiría a mi hija un correo contándole todo lo referente a mi enfermedad. No quería secretos entre nosotras; al menos por mi parte haría todo lo posible para tener una buena relación. No deseaba que acabásemos pareciéndonos a mi madre y a mí, que sólo al final, cuando ya quedaba poco tiempo, nos reconciliamos. Sólo me quedaban Úrsula y Diego; ellos eran mi familia. No se por qué motivo, me acordé de Daniel; pero al instante deseché el pensamiento. Era solo alguien que estaba temporalmente, y de manera accidental, cerca de mí. No debería dejar volar mi imaginación. Las atenciones que tenía conmigo se debían tan solo a la pura cortesía y esperaba que no le moviese también la pena, porque nunca me gustó que la gente me mirase con lástima.

Al día siguiente, domingo, me levanté temprano porque ahora hacer las cosas cotidianas me llevaba más tiempo. Sólo ducharme y vestirme seguían siendo una pequeña hazaña; todavía no podía moverme con soltura, y me encontraba extrañamente cansada y débil. Hacía mucho frío, pero después de desayunar decidí ir a la misa que cada domingo se celebraba en el monasterio. No necesitaba conducir, era un paseo corto, y pensé que me vendría bien. La iglesia del monasterio me había encantado desde que era pequeña; me traía buenos recuerdos, de los veranos pasados con mis abuelos; y también malos, porque allí se celebraron los funerales de toda mi familia: mis abuelos, mi padre, o al que yo quise como tal, y mi madre. El cura ya no era el mismo; este era un muchacho joven, como de unos treinta años, de apariencia simpática, y que al acabar la misa, se acercó a saludarme. Supongo que no sería normal, al menos en invierno, que acudiesen forasteros.
Todavía no sentía deseos de volver a casa, y a través de la puerta de la iglesia que comunicaba con el monasterio, entré en aquel lugar donde hacía tantos años ya que no había estado. Comprobé, con pena, que todo seguía en el mismo ruinoso estado que yo recordaba. La fuente del patio más grande estaba llena de maleza; las hermosas piedras de los muros llenas de musgo y verdín. Recorrí todas las dependencias que recordaba de mis correrías infantiles, hasta llegar, en la segunda planta, a una de las celdas de los monjes. Era mi lugar preferido. Al lado de la pequeña ventana había un alfeizar en donde solía sentarme, cuando era niña, para ver las montañas, a lo lejos. Aquel era mi escondite secreto, y muchas tardes de verano, cuando mi abuela me daba el trozo de pan con chocolate de la merienda, me escondía en este lugar y pasaba mucho tiempo, sentada, simplemente, mirando las montañas o viendo como el cielo iba cambiando de color a medida que el sol se iba. Algunas veces llegaba a casa demasiado tarde, y entonces mi abuela no dudaba en darme una colleja o castigarme sin cenar. De la colleja nadie podía librarme, pero sin cenar nunca me quedé, porque mi abuelo me subía algo a la cama, a escondidas.
El paisaje seguía siendo el mismo. En este lugar las cosas no cambiaban, o lo hacían a un ritmo tan lento que apenas se apreciaba. Volví a sentarme donde lo había hecho tantas veces, y sentí nostalgia de aquellos tiempos de la niñez en donde las cosas parecían tan sencillas. Siempre había alguien en quien descargar las penas o los problemas; una mano que prodigaba caricias o palabras de ánimo. Ahora me pesaba la soledad. Mi hija era ya una mujer, tenía su vida, su mundo, y no quería agobiarla con sus problemas. Mi hermano, aunque me había dado más que nadie de mi familia, no se merecía que le agobiase con mis miedos; ya estaba haciendo todo lo que podía y más. Arturo ni siquiera me había llamado por teléfono. Se había limitado a mandarme un mail hacía un par de días, preguntando como había ido la operación y anunciando que por correo me llegarían papeles sobre el divorcio que tenía que firmar. Ni siquiera me molesté en contestarle. Ya no formaba parte de mi vida, y si en algún momento pensé que podríamos ser amigos, ahora sabía que eso era imposible. Carlos y Elia si me llamaron, prácticamente todos los días.
Cuando ya me iba a marchar, oí pasos en las escaleras de piedra, y me asusté. Aunque era un lugar tranquilo, me encontraba completamente sola, y me preocupaba quien pudiese estar subiendo.
Me levanté y me acerqué a la entrada, y casi tropiezo con el intruso. No pude menos que dar un suspiro de alivio cuando me di de narices con un barbudo pelirrojo, que me sujetó por los hombros para que no fuese a parar al suelo.
-Menudo susto me has dado-le reproché.

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