16 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 17



-¿Y tú me hablas de susto? Te he estado llamando al móvil mil veces. Estaba como loco buscándote. ¿Por qué no me has avisado de que salías?
Me enfadó un poco escuchar sus protestas. Se me dio por preguntarme si antes de conocer mi enfermedad estaría igual de preocupado.
-El móvil se me quedó en casa; de todos modos en la iglesia tendría que desconectarlo. Pero no veo el porqué de tanta preocupación.
-¿Te parece suficiente ver tu coche en el garaje y saber que no hay nadie en varios kilómetros a la redonda?
Moví la mano, quitándole importancia.
-No seas exagerado. Este es el lugar más tranquilo del mundo. Nadie me haría daño. Además, ¿acaso eres mi guardaespaldas?
Se encogió de hombros, algo confuso.
-Claro que no. Pero me preocupé, eso es todo. Además, es que quería verte simplemente para invitarte a comer.
-¿A mi?
-¿Ves a alguien más a quien pueda invitar? Abajo en la iglesia hay dos caballeros yacentes que supongo que estarán enterrados allí, pero no creo que sean una compañía muy divertida.
Me eché a reír.
-Lo que quiero decir es que no deseo que te sientas obligado a invitarme.
-Ya te dije una vez, Elena, que no soy un hipócrita social. No suelo hacer las cosas por quedar bien. Si te invito es porque me apetece. Ahora, si quieres, cuando salgamos, presentarme a esos caballeros…
-Si, con mucho gusto lo haré.
Fuimos bajando y cuando llegamos a la iglesia nos paramos un rato a mirar las estatuas yacentes.
-Son Nuño Freire de Andrade y su hijo Pedro. Los dos de la familia de los condes de Andrade, que eran los señores de Pontedeume. Este monasterio estaba bajo su protección y por eso pidieron ser enterrados aquí, en el altar. Era el privilegio que les correspondía por ser condes.
-¿Y qué hacías allá arriba, con el frío que hace?
-Hacía muchos años que no estaba aquí. Pero el lugar donde me encontraste era mi escondite secreto cuando era pequeña. Me pasé aquí muchas tardes de verano, comiendo manzanas, leyendo algún libro o simplemente mirando hacia la montaña e imaginándome historias fantásticas.
-¿No había niños con quien jugar?
-Si, algunas veces jugaba con los niños de los alrededores. Solíamos coger ranas en las charcas o bañarnos en el río. Pero como en aquel entonces yo era hija única, también me gustaba estar sola de vez en cuando. Es algo que todavía sigo necesitando.
-Ya me he dado cuenta-dijo entre dientes.
Fingí que no le había oído y dimos juntos el corto paseo hasta la casa. Era consciente de que estaba adaptando su paso al mío, más lento. No quise reconocer que estaba agotándome, pero creo me mi respiración me delató, porque Daniel me ofreció su brazo para que me apoyase. Dudé; me fastidiaba depender de los demás, pero estaba cansada y por más que me doliese necesitaba ayuda. Me apoyé en su brazo y todo fue más fácil. El no dijo nada, y se lo agradecí. Solo hizo un comentario cuando estábamos ya atravesando la cancela de la finca.
-No hay nada vergonzoso en pedir ayuda cuando la necesitas.
Me separé el pelo de los ojos. Hacía mucho viento y la melena me cegaba. Pensé que ese problema dejaría de serlo en apenas un mes; el tratamiento se encargaría de ello. No sabía qué podía contestarle. Pero él siguió hablando.
-Creo que te cuesta pedir ayuda porque no estás acostumbrada a que te la presten. ¿Me equivoco? No entiendo como tu marido te ha dejado sola en todo esto, por más que os estéis separando. Una cosa no tiene qué ver con la otra.
-Se ofreció a quedarse conmigo. Fui yo quien me negué.
-¿Por qué? Ya es duro estar enfermo, pero en solitario más todavía.
-No estoy sola. Tengo a mi hermano. Y no quiero a mi lado a Arturo porque lo peor del mundo es cuidar de alguien por mero sentido del deber. Ya veremos como van las cosas. Si veo que necesito mucha ayuda, contrataré a una enfermera. Pero espero no necesitarla.




Entramos en la casa, y me dejé caer en el sofá. Había sido demasiado atrevida, quizá, en mi primera salida. Daniel desapareció en la cocina y llegó al poco rato con una taza de café con leche. Me calenté las manos con el contacto de la porcelana antes de beber. Él se sentó enfrente de mí. Confieso que me ponía nerviosa la manera que tenía de mirarme; siempre como si me estuviese examinando, valorando algo en mí, aunque no se lo qué podía ser.
-Si quieres te ayudaré en lo que pueda, ya te lo he dicho.
-Daniel, no quiero que cargues con responsabilidades que no son tuyas. No tienes por qué hacerlo. Acabamos de conocernos.
-¿Y eso qué cambia? Hay personas a quienes conoces durante toda la vida, o crees que las conoces, y con quien no tienes nada en común. Si te ofrezco mi ayuda lo hago desinteresadamente, y por supuesto, de corazón. Sé lo que es encontrarse mal y no tener a nadie al lado.
Por la cara que puso y la forma en qué lo decía, no dudé de la veracidad de sus palabras, pero no fui capaz de preguntarle qué quería decir. Supongo que si él quisiese contarme algo más, lo haría. Yo no iba a preguntarle nada.
-Te pediré ayuda si lo necesito-le prometí; porque esperaba mi contestación.
-Sólo espero que lo hagas antes de que ya no puedas más. Esta vez has estado a punto de derrumbarte por el camino. Eres demasiado orgullosa.
-Y demasiado vieja para cambiar-le dije, mientras me encaminaba a mi cuarto, a vestirme para salir a comer.
Cuando me estaba poniendo el abrigo para salir, me pregunté en qué me estaba metiendo; cual sería mi relación con este hombre al que apenas conocía. No podía ser tan deshonesta conmigo misma para fingir que me era completamente indiferente. Pero mi situación no era la ideal para ningún tipo de relación.

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