18 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 19



Cuando me estaba poniendo el abrigo para salir, me pregunté en qué me estaba metiendo; cual sería mi relación con este hombre al que apenas conocía. No podía ser tan deshonesta conmigo misma para fingir que me era completamente indiferente. Pero mi situación no era la ideal para ningún tipo de relación.

Fuimos a comer a un restaurante alejado del mundo, en medio de la nada, es decir, del bosque. El vecino más cercano era el guarda del embalse que había a unos dos kilómetros. Solo abrían los fines de semana, y preparaban truchas exquisitas, recién pescadas, pero también buena carne. Yo había venido ya unas cuantas veces, pero siempre en verano. Era mejor ahora; había menos gente y el paisaje estaba en todo su esplendor invernal; incluso con algunos restos de la última nevada. Hacía mucho frío, pero en el interior ardía un buen fuego. Nos sentamos cerca de la ventana, para ver el paisaje helado al otro lado y la montaña enfrente, en donde estaba mi casa. Si no fuera porque se interponía el río en medio, podríamos llegar en cinco minutos; pero en cambio el camino era de casi media hora. En la mesa de al lado comía una familia con dos niños pequeños; uno en realidad un bebé, sentado en su trona. Sentí una cierta nostalgia de los tiempos en que también yo era una madre joven, ilusionada, llena de esperanzas en el mañana. No tuvimos más hijos porque Arturo no quiso. A mi me hubiera gustado tener al menos dos más; quizá porque pasé mi infancia con la soledad de los hijos únicos. Pero como en tantas cosas, él llevó las de ganar y yo, quizá por cobardía, me adapté.
-¿Qué miras con tanta atención?-me preguntó Daniel.
-Miraba a esa hermosa familia. Me dan una cierta envidia. Cuando tenemos niños pequeños, deseamos que crezcan rápido, y luego con gusto daríamos marcha atrás para que de nuevo volviesen a ser bebés.
-¿Te gustan los niños?
-Si, me encantan. Disfruté mucho de mi hija cuando era pequeña, y me hubiera gustado tener más, pero mi marido no pensaba igual. Ahora ya solo me queda esto, la nostalgia de mirar a quien está criando un hijo. Es algo que no tiene precio.
-¿Por eso no trabajaste fuera?
-Solo en parte. Yo estudié Derecho también; de hecho conocí a Arturo en la universidad, aunque él iba dos cursos por delante de mí. Cuando acabé la carrera empecé a trabajar en el despacho donde él estaba; pero cuando al año siguiente nos casamos, descubrí que el trabajar en la misma empresa hacía que las cosas fuesen más difíciles entre nosotros.
-¿Por qué?
-No lo se con exactitud; supongo que a Arturo no le gustaba tenerme a su lado todo el día.
-¿Y no serían más bien celos profesionales?
Me eché a reír, desconcertada por la pregunta.
-¿De qué iba a tener celos? Yo era solo una principiante que estaba aprendiendo; él me llevaba mucha ventaja. De cualquier modo, en ese momento me quedé embarazada, y como fue un embarazo complicado, dejé el trabajo; al principio de manera temporal.
-Pero nunca volviste.
-No, nunca volví. Él no me animó, pero no le echo la culpa, porque la verdad es que cuando nació mi hija yo fui la primera que quise dedicarme solo a ella.
-Pero hay muchas madres que compaginan las dos cosas.
-Si, ya lo se. Pero creo que tiene mucho que ver con la manera en que me criaron. Mi madre siempre trabajó, y si no fuese por mi abuela y por mi padre, es decir, por Luís, hubiese estado muy sola. De todas maneras, siempre eché de manos el calor de una madre, la atención, incluso a veces los castigos.
Me callé, porque llegaba el camarero con el postre.
-Perdona, creo que estoy hablando demasiado de mi misma.
Me hizo un gesto con la mano para que siguiera.
-Al contrario, me interesa. Quizá por mi profesión estoy bastante más acostumbrado a escuchar que a hablar.
-Bien, tampoco es que haya mucho más que contar. No me arrepiento de mi decisión, porque estar cerca de mi hija mereció la pena; aunque ahora estemos algo distanciadas.
-¿Y has pensado en trabajar ahora?-me preguntó.
-De momento tengo bastante con intentar no morirme.

Cuando llegamos a casa era ya tarde, y Daniel me dijo que trabajaría un poco en su libro. Quizá fue eso lo que a mi también me empujó a sacar mi ordenador de su funda y empezar a escribir lo que recordaba de mi familia. Algún día había que hacerlo, y me pareció un buen momento. Me iba a ir a mi cuarto, pero Daniel me pidió que me quedase en la mesa del salón; era lo bastante grande para los dos. Me sorprendió, siempre pensé que la gente necesita soledad para escribir, pero él contestó que pensaba como periodista, no como escritor, y que estaba acostumbrado a escribir en circunstancias complicadas y desde luego no necesitaba la soledad.
Me senté ante el ordenador y de repente, al verme enfrente de una página en blanco, no supe cómo empezar, ni qué decir. Sabía las cosas que quería contar, el sentimiento a transmitir, pero no encontraba el tono ni la manera de hacerlo. Creo que Daniel se dio cuenta de mis dudas, y acudió en mi ayuda.
-¿No sabes cómo empezar?
-No tengo ni idea. Se lo que quiero contar, pero me faltan las palabras, es como cuando me presentaba a un examen oral en la Universidad, que me quedaba muda delante del profesor.
Se rascó la barba y sacó las gafas. Parecía pensativo mientras paseaba por el salón con las gafas en la mano. Se puso detrás de mí, y me sentí un tanto nerviosa de sentirle tan cerca; y más cuando apoyó ligeramente su mano en mi hombro.
-No puedo darte muchos consejos. Este es mi primer libro; y también me está costando. Pero si puedo decirte que pienses en su finalidad; a quien va dirigido.
-Es para mi hija, tan solo para ella.
-Pues entonces, ya que ella está lejos, ¿por qué no lo haces como si le escribieses una carta? Ahora ya no se hace, o en todo caso, se escriben mails, pero hubo momentos en que las cartas decían mucho de la vida de la gente.
Me pareció una buena idea. Me hizo recordar que cuando alquilamos en Madrid nuestro primer piso de casados, encontré en un cajón un fajo de cartas enorme y cuando quise devolverlo a la casera, me dijo que no las quería, que debían de ser de las personas que le habían vendido el piso, y ya no quedaba nadie de esa familia. Confieso, con algo de vergüenza, que en las noches en que esperaba a que Arturo llegase del despacho, por aburrimiento y quizá también por curiosidad, las leí todas. Y acabé poniéndoles cara a los hermanos que escribían y recibían las cartas. Era una hermosa historia de dos hermanos y una hermana, que habían perdido a sus padres y se carteaban a menudo para tratar cosas de la herencia, y de la gestión de los bienes de la familia. Esas cartas me hablaron del enorme cariño que había entre ellos, de cómo los dos hermanos varones protegían a la hermana pequeña, que era la única que estaba soltera, y como aunque vivían alejados unos de otros, sabían mantener el cariño y sobre todo los recuerdos de su infancia muy vivos.
-Tienes razón. Lo haré en forma de carta-le dije. Gracias por el consejo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario