19 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 20



Querida Úrsula:

Quiero contarte cosas de nuestra familia, para que no queden en el olvido de los tiempos y puedas mañana dejarles a tus hijos en herencia el conocimiento de su procedencia, de sus raíces; la contestación a sus preguntas. Ya he dicho que en nuestra familia las fuertes, las protagonistas, han sido siempre las mujeres, aunque haya que escarbar para darse cuenta. Tu bisabuela se llamaba Flora, y era una mujer pequeñita y muy delgada, que al lado de mi abuelo Enrique, su marido, apenas se veía. Su voz era adecuada a su aspecto, suave y aterciopelada como la de una niña, incluso cuando tenía ochenta años. Ella nunca tuvo la voz cascada de los viejos; y dentro de su pequeña estatura se mantuvo erguida y altiva hasta el final. Ella fue mi madre, mi norte y el faro que iluminó mi vida hasta el mismo día en que nos dejó. Pero no vayas a creer que era la abuela consentidora y pegajosa que estaba todo el día detrás de mí. No, ese no era el carácter de Flora, porque bajo su apariencia dulce, su moño blanco y su tez rosada, yacía una personalidad arrolladora como un tren de mercancías, que con su voz sedosa llevaba a mi abuelo, a sus hijos y a mi misma por el camino recto desde que salía el sol hasta que todos nos acostábamos. Me crio más que mi propia madre. Ella era quien me iba a llevar al colegio y me recogía luego, por la tarde; y solía ser también quien se preocupaba, al menos cuando mi padre estaba demasiado ocupado con sus traducciones, de que hiciese los deberes y estudiase. Cuando llegaba el verano, mis abuelos y yo nos veníamos a pasarlo a esta casa que ahora es mi refugio, y aquí me dejaba un poco más de libertad, pero nunca soltaba demasiado la cuerda. Ella me enseñó a cuidar las plantas, a regar cada una según sus necesidades y a quitar con cuidado las malas hierbas. También me enseñó a cocinar, y cuando en verano había alguna tarde lluviosa y desapacible, me llevaba consigo a la cocina y hacíamos mermeladas o pasteles. No tuvo una vida fácil, pero nunca la oí quejarse. La única vez que la vi llorar fue cuando se murió mi tío Anselmo, su hijo mayor. Se ahogó. Una tarde salió a pescar y no volvió. Nunca pudimos recuperar su cuerpo, y creo que eso fue lo que colmó la medida del sufrimiento de mi abuela. Además, mi abuelo se llevaba mal con su hijo y hacía años que no venía a casa. Yo sé que mi abuela le veía a escondidas de su marido; pero también sé que en el fondo de su corazón nunca le perdonó que le hubiese echado de casa. No se le enterró, pero si tuvo un funeral; y mi abuela, por primera vez en su vida, se enfrentó a mi abuelo, y le prohibió que fuese a la iglesia. Le dijo con una voz dura y fría como yo nunca le había oído que no quería verle derramando lágrimas delante de la gente, cuando ella se las había tenido que tragar tantos años. Aquel día mi abuelo envejeció de golpe; y no creo que fuese tan solo por la muerte de su hijo, sino más bien porque entendió que con sus prohibiciones y mal carácter había apartado de si a su mujer, a quien quería más que a sus propios hijos y que a nadie en el mundo.
Ante todos los demás, nada pareció cambiar en la casa de mis abuelos, pero yo sé que desde la muerte de mi tío, nada volvió a ser igual. Mi abuela siguió preocupándose de que a su esposo no le faltasen nunca sus platos favoritos ni su tabaco; y que su ropa estuviese siempre a punto; pero dentro de lo más íntimo de su ser, nunca le perdonó, ni siquiera cuando él se lo pidió en su lecho de muerte. Quizá me estoy adelantando a los acontecimientos, pero ya sabes que el sentido del orden nunca ha sido mi fuerte; hasta suelo empezar los chistes por el final.
No quiero cansarte demasiado ni cansarme yo en mi primera carta. Seguiremos mañana, y te hablaré de tu bisabuelo.



Querida Úrsula:

¿Recuerdas las fotos que te enseñé del bisabuelo Enrique? Era alto y se mantuvo delgado hasta el final. Yo le recuerdo siempre con el pelo y el bigote blancos como la nieve, pero me decía mi abuela que en su juventud tenía el pelo muy negro y engominado, como se usaba en la época. Estuvo en Cuba cuando era muy joven; se quedó huérfano a los quince años y decidió embarcarse a la isla, porque allí estaba su hermano mayor. Y allí estuvo hasta que cumplió treinta años, y decidió que ya estaba bien de clima tropical y mulatas de sangre caliente. Si a esto sumamos que él era buen mozo y gustaba de las fiestas y las mujeres, no sería tan extraño que el día menos pensado llegase un muchacho o muchacha color café con leche diciendo que somos parientes. Cuando decidió que era hora de sentar la cabeza, decidió hacerlo en su propio país, y a la primera fiesta de verano a la que fue, conoció a Flora y se enamoró de ella. Mi abuela me dijo que al principio a ella no le agradó demasiado, porque llegaba vestido de traje indiano, es decir, completamente de blanco y con esos sombreros de aire colonial que se llamaban pajilla o algo parecido. Pero tanta fue su insistencia, que Flora acabó consintiendo en bailar con él y permitirle que la visitase de noche en su casa; es decir, en la puerta, que era donde se pelaba la pava. Parece ser que su padre no veía la relación con muy buenos ojos, porque el galán le sacaba a su niña nueve años de diferencia, y aunque había estado haciendo las Américas, volvía con las manos bastante vacías. Pero, ¿Desde cuándo las hijas han hecho caso de los consejos de los padres? Cuando más prohibía su padre, más se empeñaba Flora en seguir adelante la relación. Tanto se empeñó, que en menos de dos años se casaron en la iglesia del convento a la que tú me has acompañado tantas veces. Como Enrique no tenía casa, ni oficio ni beneficio demasiado claro, no le quedó más remedio que compartir la casa con sus suegros y dos cuñados jóvenes. Era fuerte y se supone que podía trabajar el campo y criar ganado; pero era demasiado suponer. Técnicamente estaba más que capacitado para ese tipo de trabajo, pero él aspiraba a bastante más. Pronto se daría cuenta de que una cosa son las aspiraciones y otra muy distinta la realidad y las necesidades.
Mi abuelo era muy soñador; y se pasaba el día haciendo planes y elucubrando como ganar mucho dinero sin trabajar demasiado. Si a eso unimos los difíciles tiempos de la guerra y la posguerra, entenderás que la vida de Flora no fue nada fácil. Además de que en cuatro años parió a sus cuatro hijos, tuvo que enfrentarse a la complicada situación de lidiar con un marido que nunca estaba cuando se le necesitaba. Si paría una vaca, seguramente él estaría en la taberna, tomándose un chatito de vino con los amigotes, o en alguna feria intentando vender el ganado, y jugándose luego parte de las ganancias a las cartas. En su descargo, hay que decir que Enrique era simpático y encantador como pocos hombres; y como su esposa le quería, acababa perdonándole todas sus trapacerías. Después de Anselmo llegaron dos chicos más; Juan y Jaime, y la última fue Ana, tu abuela y mi madre. Ella fue la mimada de su padre, a la que nunca negó nada, y la única a la que se molestó en acunar o en pasear en brazos por las noches cuando no podía dormir. En compensación, mi madre siempre le adoró y estuvo a su lado hasta el final. Tu abuela y la mía nunca se llevaron demasiado bien; las dos tenían demasiado carácter y a ninguna le gustaba dar su brazo a torcer. Parece que el sino de las mujeres de nuestra familia es que madres e hijas mantengan una relación complicada.
Tuvieron que pasar muchos años para enterarme del motivo por el cual mi tío Anselmo y mi abuelo dejaron de hablarse. Mi abuela me lo contó el día antes de su muerte; creo que quiso liberar a los fantasmas que durante tanto tiempo le atenazaron el corazón. Tu bisabuelo quería mucho a su mujer, la adoraba como a nadie en el mundo; pero hombre al fin y al cabo, y muy vanidoso, cuando llegó a los 45 años, que es una edad complicada para hombres y mujeres, se dejó embaucar por la maestra del pueblo. Ella era una joven de unos treinta años, que vino desde la capital y se encontraba bastante perdida y sin amigos. Mi abuelo, con el pretexto de interesarse por la educación de mi madre, empezó a frecuentar algunas tardes la casa de Rosalía, la maestra. Creo que ella se enamoró sinceramente de mi abuelo, y a él le halagó que una chica joven y guapa se fijase en alguien que le sacaba bastantes años. Anselmo era ya casi un hombre y empezó a encontrar extraño que su padre frecuentase tanto a la maestra. Le espió varias tardes y cuando ya supo seguro que engañaba a su madre, le esperó cerca de la casa de Rosalía y se enfrentó a él. Mi abuela nunca supo exactamente lo que pasó entre ellos, tal vez llegaran hasta a las manos, pero el caso es que mi abuelo echó a su hijo mayor de casa y prohibió a todo el mundo que su nombre volviera a ser mencionado. Mi abuela fingió obedecerle, y de hecho no volvió a hablar de él en público; pero me contó que le veía cada mes en la feria de Pontedeume. Se encontraban al lado del Torreón de los Andrade; hablaban y en ocasiones hasta tenían el suficiente tiempo para dar un paseo juntos y tomarse un café. Anselmo siempre fue el preferido de mi abuela, y por eso entiendo su dolor cuando le perdió.
Nada cura el vacío que deja un hijo, ni siquiera los otros.
Por eso, no olvides nunca que te quiero.




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