20 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 21


Al día siguiente, fiel a su promesa, Daniel me ayudó con la compra. Salimos de casa temprano y llegamos cuando estaban abriendo el centro comercial. Prefiero comprar los productos frescos en tiendas pequeñas y personalizadas donde conocen mis gustos; pero hasta que no fuera capaz de conducir y cargar pesos, tenía que depender de Daniel y no me parecía justo quitarle más tiempo del debido. El simplemente se limitó a empujar el carro y me dejó a mí la elección de las compras. Este hombre era tan callado que me costaba incluso averiguar qué comida prefería. Cuando le preguntaba se limitaba a contestar que todo le gustaba, que había comido tanta bazofia en su vida, que la comida que yo preparaba le sabía a gloria. Decidí que me lo tomaría como un cumplido.
Cuando llegamos a casa descargó la compra y la fue colocando donde yo le decía, y me sorprendió que entrase a la cocina, dispuesto a ayudarme con la comida.
-¿No me has dicho que no sabes cocinar, y que no te gusta?
-Si, porque es verdad. Pero no voy a cocinar. Tú cocinas y yo te hago de pinche, que es lo único que puedo hacer. A ver, tú mandas. ¿Qué hago?
-Pues como voy a guisar carne, puedes ir pelando patatas y zanahorias. Eso si sabes, ¿no?
-He dicho que no se cocinar, no que sea un inútil total.
Se arremangó la camisa y empezó con la tarea que le había mandado.
-Tampoco quiero quitarte tiempo de tu trabajo-le dije
Dejó de pelar para mirarme. Tenía unos ojos preciosos, de un extraño color azul, pero orlados de espesas pestañas oscuras. Rara combinación, considerando además que era medio pelirrojo.
-No te preocupes, no voy mal de tiempo. Y tampoco puedo dedicarme a escribir todo el día.
-¿Puedo hacerte una pregunta?
Se encogió de hombros. No sabía cómo interpretarlo, pero en cualquier caso, se la hice.
-¿Por qué te has tomado un año sabático? ¿Cansancio, aburrimiento?
Ya había acabado de pelar las patatas y las zanahorias. Lo lavó todo concienzudamente y me puso delante la fuente con las verduras.
-Un poco de ambas cosas tal vez, combinado con decepción.
-¿No te gusta tu trabajo?
-Si, claro que me gusta, me encanta. Lo que no me gusta es lo que le rodea. La gente, más bien. Hay mucha hipocresía, mucha mentira, mucho subterfugio. Y eso me cansa. Un periodista tiene como principal obligación contar lo que ve, y cómo lo ve. Cuando no se le permite, es normal que se sienta frustrado.
-¿Eso fue lo que te pasó?
-Tal vez-me respondió, de una manera un tanto evasiva.
Me sentí molesta, no por su actitud, sino más bien conmigo misma, porque no solía entrometerme en la vida de los demás, y ahora, claramente, lo estaba haciendo.
-Perdóname, nunca fue mi intención molestarte con mis preguntas.
-No me has molestado. Tampoco es que pretenda ocultarte cosas ni nada de eso. Pero hay historias en mi profesión de las que necesitaba descansar. ¿Te he dicho que siempre he trabajado como corresponsal de guerra?
Me quedé callada, sorprendida. Sabía que los corresponsales de guerra existían, como sabía que existían los astronautas, pero para mi eran ambas profesiones igual de extrañas.
-Ya veo, por la cara que has puesto, que no, que no te lo dije- Y se echó a reír.
Intenté disimular, pero he de reconocer que se me da bastante mal. Todo lo que pienso o siento, se refleja en mi cara.
-Bueno, al decir que eres periodista me imaginé un trabajo más normal. No sé, en la redacción de un periódico, hablando de economía, de política, de esas cosas aburridas que nos fastidian la vida. Pero nunca imaginé…esto que me acabas de contar.
-En el mundo, por desgracia, hay guerras. Y alguien tiene que contarlo.
Ahora me explicaba muchas cosas. Este hombre habría visto mucho sufrimiento y quizá por eso era tan callado, pero a la vez tenía tanta empatía.
-Bueno, entiendo que debes de estar saturado de sufrimiento. Te vendrá bien un descanso.
Siguió poniendo la mesa, sin decir nada, y me quitó de las manos la bandeja con la comida para llevarla él. No empezó a hablar hasta después de haberse lavado las manos, cuando ambos estábamos ya empezando a comer. No le forcé. En el poco tiempo que llevábamos compartiendo casa, había descubierto que tenía su propio ritmo, y nunca hablaba por hablar, ni por llenar espacios vacíos de conversación.
-La guerra es dura, se mire desde donde se mire. Pero no es eso de lo que estoy cansado, porque cuando decidí dedicarme a esto, más o menos sabía qué podía esperar. Lo que me cansa es la poca capacidad de comprensión por parte de quien lleva la batuta.
Me encogí de hombros porque no lograba entender qué me quería decir. El suyo era un mundo totalmente nuevo y desconocido para mí. Me sirvió la comida y luego se sirvió él. Y siguió hablando. Parecía que ahora que había empezado, le costaba dejarlo.
-Llevo ya muchos años cubriendo zonas de conflicto: Irán, Irak, Líbano, los Balcanes, Afganistán. En todos los sitios he visto injusticias, crueldades, muertes, heridos, niños abandonados, gente hambrienta, mutilados. Horror, al fin y al cabo. Para eso creo que estoy preparado, porque al fin y al cabo, es mi trabajo. Cuando estás todo el día viendo barbaridades, nunca te acostumbras, a pesar de lo que se diga, pero si aprendes a tomar distancia, al menos de momento y mientras estás despierto. Por las noches es otra cosa. Nadie tiene control sobre los sueños, ni sobre el miedo. Pero es algo con lo que aprendes a convivir. No es fácil, pero se consigue.
-Entonces, ¿qué te llevó a tomar la decisión de descansar por un tiempo?
-La incomprensión, la mentira, la estupidez humana.
-Lo siento, pero no te entiendo. Tendrás que tener paciencia, no se nada de tu trabajo.
Dejó de comer, y me miró de una manera extraña. Sus ojos, a veces azules, a veces grises, parecían ahora más oscuros, como pozos profundos teñidos de soledad, de abandono, de tristeza.
-Siempre me sentí orgulloso de mi trabajo. No soy el mejor; pero me esfuerzo por hacerlo bien. Lo mío es ver, prestar atención y contar. Eso es lo que hace un periodista. Creo que lo hago medianamente bien. Por eso me enfureció cuando mandé mi última crónica y el director del periódico decidió que había que modificarla, que no se podía publicar así.
-¿Por qué?
-Porque no contaba las cosas como le interesaba a la línea oficial del periódico, sino que hablaba de la verdad; del peligro, de los heridos, de lo que es la guerra en sí. No mandamos un ejército de enfermeros; son hombres que van a matar o a que los maten. Y eso no es políticamente correcto.
-¿Qué hiciste?
-Armé una bronca monumental; y me echaron, claro. Nadie es imprescindible. A los pocos días me llamaron de otro periódico, pero no tenía fuerzas para irme de nuevo, me limité a firmar un contrato para escribir dos artículos a la semana, y a comprometerme a escribir un libro para una editorial a la que le interesa la gente que cuenta verdades.
-¿No echas de menos más actividad?
-A veces, pero también necesitaba curarme.
Le miré, extrañada.
-Tú tienes cicatrices; yo también.
-Psíquicas, ¿quieres decir?
Asintió con la cabeza, y después de un momento, siguió hablando.
-Y de las otras. ¿Sabes? Hace poco que llevo barba.
Cada vez entendía menos. ¿Qué me estaba contando y qué tenía que ver la barba? Supongo que por ver mi cara de asombro, sonrió, y siguió hablando.
-El último conflicto que cubrí fue en Afganistán. Cuando ya quedaba menos de una semana para volver a casa se produjo un ataque por sorpresa, y los periodistas somos blanco igual que los propios soldados, o casi. Estamos muy cerca de ellos, así que corremos un riesgo parecido.
Ahora empezaba a comprender, y no sabía si quería seguir escuchando lo que quería contarme.
-Ese día me tocó, al igual que a otros cuantos soldados, y tuvimos suerte porque no hubo muertos, tan solo heridos. Creo que fueron granadas lo que lanzaron, pero la verdad es que da igual. El resultado fue que debido a la onda expansiva me di un golpe tan fuerte que al cirujano no le quedó más remedio que extirpar el bazo; el riesgo de hemorragia era demasiado alto. Y trozos de metralla se me clavaron en los brazos y en la cara.
Ahora entendía. Le miré a los ojos, directamente, porque quería que supiese que le entendía.
-¿Por eso la barba?
-Por eso la barba-asintió con la cabeza. Hay cicatrices en mi cara, como la de la frente o una muy pequeña cerca del ojo derecho, que no se pueden tapar, pero las heridas del mentón fueron más serias, y por tanto las cicatrices son algo más escandalosas. La barba fue una buena solución, y la verdad es que ahora no me imagino ya sin ella.
-Pero, ¿y el bazo? ¿Qué consecuencias tiene vivir sin ese órgano? Soy muy ignorante en cuestiones médicas.
-Yo también lo era, hasta que me tocó en carne propia y no me quedó más remedio que aprender. Puedo hacer una vida completamente normal; pero debo cuidarme de las infecciones y sigo un plan de vacunas bastante estricto.
-¿Por qué?
-Porque el bazo tiene reserva de monocitos, creo que se llaman así, y aumenta las defensas, protege de cualquier infección. Se podría decir que ahora estoy algo más expuesto a pillar gripes o cualquier tipo de bicho que ande por ahí. En cualquier caso, doy gracias por haber salido vivo y más o menos entero. Hubo soldados que quedaron bastante peor.
No sabía qué decirle, cómo hacerle ver cuanto lo sentía. Nunca me imaginé que tuviese ese tipo de trabajo y que corriese tantos riesgos.

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