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MIENTRAS LLEGA MAÑANA 22


-Daniel-le toqué la mano a través de la mesa. Apretó un momento la mía, y sonrió.
-He querido contártelo para que entiendas que no eres la única que ha soportado problemas de salud; y que puedo comprender bastante bien lo que sientes; cada momento de miedo o de inseguridad. Y que cuando te ofrecí mi ayuda, lo hice de corazón, quizá porque a mi nadie me la prestó.
-¿No tienes a nadie?
Se encogió de hombros.
-Mis padres murieron hace ya tiempo. Y mi hermana mayor vive en Estados Unidos desde hace casi treinta años. Apenas la conozco; es dieciocho años mayor que yo. Supongo que fui un accidente-bromeó.
Una pregunta me quemaba la lengua, pero me daba miedo hacerla, quizá no tuviese derecho. Pero la hice.
-¿No hay nadie en tu vida? ¿Nunca te has casado?
Se levantó para preparar café; siempre hacía él el café. Pero no se si esta vez lo hizo porque no quería contestar a mi pregunta. Tal vez le había molestado. Puso las tazas en la mesa, esperó a que el café subiese y cuando los dos estábamos servidos, me miró y siguió hablando.
-Estuve a punto de casarme, hace un par de años. Tenía relación con una mujer, de hecho, vivíamos juntos. Era periodista también. Pero todo se torció.
-Ya, suelen pasar esas cosas. La convivencia es complicada.
-Sobre todo cuando se ocultan cosas, cuando hay engaños.
-¿Te refieres a infidelidades?
Se puso más serio todavía que antes, y volvió a servirse café.
-Me refiero a algo peor. Elisa, ese era su nombre, hizo algo que me dolió bastante más que una infidelidad; creo que eso tal vez pudiese perdonarlo. Le ofrecieron irse de corresponsal a Nueva York por dos años; pero precisamente cuando se enteró de que estaba embarazada. Y sin decirme nada, sin consultarme; obviando que esa criatura era hijo de los dos, abortó. Yo me enteré de lo que había hecho de una manera accidental. Y aunque la quería mucho, a partir de ese momento dejó de significar algo para mí. Se acabó.


Lo que Daniel me había contado, tanto lo de su accidente como lo de su anterior relación, sólo hizo acercarnos más. Creo que a partir de aquel día los dos tuvimos un poco más de confianza el uno en el otro. Ambos habíamos sufrido; habíamos conocido y amado a las personas equivocadas, y ambos nos habíamos retirado del mundo a lamernos las heridas; las del alma y las otras. Las mías todavía estaban en carne viva.
Cada día que pasaba me encontraba un poco más fuerte. Las heridas se habían curado casi por completo; tanto la del pecho como la de la axila; y cada vez movía mejor el brazo. Mi hermano me llamaba todos los días, al igual que Carlos y Elia. De Arturo no sabía apenas nada; era con Andrés, su compañero de despacho, con quien hablaba del tema del divorcio. Y a mi hija le había contado ya lo de mi enfermedad. Aunque temía su reacción, la verdad es que lo llevó bastante mejor de lo que yo pensaba. Se ofreció a dejar el curso para venir a ocuparse de mi, pero de ninguna manera se lo permití. Ella debía seguir su vida.
Diego me llamó una mañana para decirme que vendría a comer, porque teníamos que hablar del tratamiento. Daniel estaba delante y me dijo que él comería fuera para dejarnos que hablásemos a solas. No se lo permití. Después de todo, sabía del tema tanto como yo, y no me parecía justo. La llegada de Diego me dio la excusa ideal para hacer un quiche, un buen asado y una tarta de nata y fresa, que era la preferida de mi hermano, Daniel se quitó de en medio, y se lo agradecí, porque cuando tengo demasiado trabajo en la cocina prefiero que me dejen sola. Puse la radio, para la charla del locutor me distrajese, y amasé la base para la quiche. El mezclar los ingredientes y tocar la masa entre mis dedos era el mejor calmante que me pudiese tomar. Todo el posible stress se quedaba fuera. Pronto la cocina quedó inundada de buenos aromas. Incluso Daniel debió de notarlo desde el salón, porque entró a husmear. Cuando vio la nata montada no pudo evitar meter el dedo y lamerlo; y yo tampoco pude evitar darle un manotazo.
-No toques, guarro. En todo caso, si te portas bien, te daré luego el cacharro para que lo rebañes.
-Entonces ya no tiene gracia. Lo bueno es robarlo-dijo guiñándome el ojo.
Seguí a lo mío, pero en vez de marcharse se quedó rondando por la cocina. Se sentó en un taburete al lado del mostrador. Parece que tenía ganas de hablar.
-¿Vais a hablar sobre la quimioterapia?
-Si, supongo que si. Diego me ha dicho “el tratamiento”, pero me imagino que lo ha usado como un eufemismo, para no asustarme.
-¿Y lo estás? Asustada, quiero decir.
Me llevé un codo a la cara, porque notaba harina en una mejilla, pero no podía tocarme con las manos, o me mancharía todavía más. Él se acercó, y suavemente, con la punta de los dedos, me limpió, deteniéndose al tocarme. Fue un contacto ligero, pero hizo que un escalofrío me recorriese la piel. Se quedó con la mano en el aire, mirándome. Creo que los dos estábamos algo azorados; había sido un gesto impulsivo y me preguntaba quien estaba más sorprendido. Intenté recuperar la compostura.























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