25 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 23



-Un poco, si. Pero creo que seré capaz de llevarlo.
-Sabes que no estás sola, ¿verdad?
Asentí con la cabeza. No me fiaba de mi misma lo suficiente para hablar. El gesto que acababa de tener me había sorprendido. ¿En que estábamos entrando? Los dos estábamos demasiado solos y me daba miedo que confundiese sentimientos, o que me hiciese a mi confundirlos. Yo no estaba en disposición de mantener ningún tipo de relación; mi vida ya era bastante complicada. Pero su mirada, sus ojos grises clavados en los míos me llenaban el corazón de una calidez que no había sentido desde hacía mucho tiempo. Murmuró algo de que tenía que terminar un capítulo antes de comer, y yo agradecí que me dejase sola. Acabé de hacer la comida, pero de manera mecánica y sin disfrutarlo realmente. Siempre me había gustado ser honrada conmigo misma, y estaba empezando a sentir algo por Daniel. No sabía lo que era, pero ciertamente no le miraba ya como a mi inquilino. Pero, ¿qué sentía él? Por instinto, desconfiaba de los hombres. ¿Qué pretendía, qué veía en mí? Decidí aparcar mis dudas, y como ya no me quedaba nada más que hacer en la cocina, fui a bañarme y a cambiarme de ropa para recibir a mi hermano. Cuando volví, Daniel había puesto la mesa, e incluso había abierto el vino. Él también se había cambiado de ropa. En lugar de los desgastados vaqueros y el jersey de cuello alto, llevaba un pantalón negro y una camisa. Cualquiera diría que esperábamos una visita de compromiso. Oí el coche de mi hermano, y salí a la puerta para recibirlo. Me envolvió con su abrazo y luego me separó un poco para mirarme bien.
-¿Estás comiendo lo suficiente?
-Si, pesado.
-Pues no lo parece. Veo que has adelgazado, y te necesito fuerte. Te dejaré unas notas para la dieta que quiero que sigas
Le frené con la mirada.
-Diego, primero vamos a comer, como personas normales. Y luego hablaremos todo lo que quieras de la dieta, del tratamiento y de lo que gustes. Pero ahora, olvídate por un momento de que eres médico. Durante la comida eres, simplemente, mi hermano.
Nos sentamos a comer, y hablamos de nimiedades hasta que ya con el café Diego sacó la artillería pesada.
-Quiero que empieces este lunes con el tratamiento. De momento, serán dos sesiones a la semana: lunes y jueves. Luego, según vayamos viendo, puede que se reduzca a una sola. No es doloroso, nos limitaremos a suministrarte los medicamentes directamente en vena. Aburrido, tal vez.
-¿Y cuando se me caerá el pelo?
Mi hermano puso los ojos en blanco, como haciéndose el mártir.
-Ya estamos. ¿Eso es todo lo que te preocupa? No a todo el mundo se le cae el pelo, aunque es bastante frecuente. En el caso de que se te caiga, puede ser inmediatamente de comenzar el tratamiento, o algo más tarde. Puede que pierdas solo el pelo de la cabeza, o que también te quedes sin pestañas, y sin pelo en las axilas o las piernas.
Me eché a reír. La verdad es que estaba tan asustada que prefería tomarlo a broma.
-Ojala se me caiga el de las piernas y el de las axilas. Me ahorraré la depilación, ahora que pronto llegará la primavera.
Ellos se rieron conmigo; entiendo que para animarme.
Diego siguió con sus macabras explicaciones.
-Probablemente se te seque bastante la piel; será necesario que empieces ya a darle una ración extra de cremas hidratantes y nutritivas. El áloe vera o la rosa mosqueta suelen ir bien. Y ten a mano lágrimas artificiales, los ojos también se resecan
-Tengo muchas naturales, te lo aseguro-le contesté.
-Muy graciosa-me dijo, amenazándome con el dedo índice. Puede ser que sientas náuseas y vomites, sobre todo en las primeras sesiones. Y también cambiará tu sentido del gusto y del olfato. Muchas personas le encuentran a la comida un sabor metálico. Todo eso son cosas normales, y pasajeras. Pero presta atención especial a la comida; no puedes permitirte adelgazar demasiado, porque los pacientes sujetos a quimioterapia suelen quedarse anémicos. ¿Cómo tomas la leche?
-Desnatada-le contesté.
-Pues a partir de ahora, entera. Vas a necesitar todas las grasas a tu alcance. Toma mucha fruta, verdura, legumbres. Puede que la carne te repugne, suele pasar bastante. Si es así, no te preocupes, puedes comer pescado y huevos. Y procura hacer seis comidas al día.
Me horroricé. ¿Seis comidas al día? Pues entonces no haría otra cosa que comer. Iba a protestar, pero Diego me mandó callar con un gesto.
-Si, seis comidas; y poca cantidad cada vez. Desayunas, a media mañana comes algo, almuerzas, meriendas, cenas temprano y comes algo muy ligero antes de irte a la cama. Si no puedes hacer seis, al menos cinco. Y cuando no haga demasiado frío, es bueno que pasees, despacio y a tu ritmo; pero el ejercicio te vendrá muy bien.
Daniel había estado callado todo el rato, pero ahora habló.
-De los paseos me encargo yo. Y de que coma a menudo, también.
-Si, será mejor que la vigiles, porque es muy terca y tiene cierta tendencia a hacer caso omiso de lo que le mando.
-Déjalo en mis manos.
Me levanté de la silla, enfurecida.
-Si vais a seguir hablando como si yo no estuviera presente, me largo. No soy una niña ni tampoco idiota. Tengo cuarenta y siete años, por Dios.
Estaba al borde de las lágrimas; de miedo, de pena de impotencia. ¿Cuántas cosas más me iban a pasar?
Fue Daniel quien reaccionó primero, levantándose para abrazarme. Me quedé algo rígida, al principio, porque me extrañó que lo hiciera delante de mi hermano, pero necesita contacto y calor humano, y me abandoné en sus brazos, llorando.
Diego no dijo nada, esperó a que me calmase, y luego siguió con sus recomendaciones.
-Elena, nadie ha dicho que fuera fácil. Lo pasarás mal, no quiero engañarte. Pero podrás con todo. Te ayudaremos, y saldrás adelante.
Intervino Daniel. Me secó las lágrimas y dijo que nos íbamos a la peluquería.
-¿A qué? –le pregunté. ¿Tú crees que tengo ánimo para peluquerías?
-Vas a ir a que te corten el pelo como si te fueras a hacer la mili.
Me horroricé y me negué en redondo.
-Daniel tiene razón-me dijo Diego. Será peor si luego se te cae a puñados mientras lo tienes largo. Te lo cortas bien cortito y así te vas haciendo a la idea.
-Pero no me pondré peluca-dije, enfurruñada. Me voy a comprar pañuelos bien bonitos, de colores, y turbantes, como una vieja actriz retirada. Si tengo que estar horrible, al menos que sea con glamour.
Los dos se echaron a reír y me mandaron que me lavase la cara, llena de churretones de maquillaje y lágrimas, mientras ellos recogían la mesa. Diego se marchó a la clínica y nosotros a la peluquería, donde Daniel esperó pacientemente a que me tocase el turno. Cuando las tijeras cortaron el primer mechón, él estaba a mi lado, cogiéndome la mano. Ya sé que puede sonar tonto, pero no pude evitar volver a llorar; no tanto por perder la melena como por darme cuenta de que no estaba sola.




No hay comentarios:

Publicar un comentario