28 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 24


Intenté no mirar el espejo mientras la amable peluquera iba dando despiadados tijeretazos a mi melena. Nunca he pensado que fuese guapa, pero siempre sentí orgullo de mi pelo, porque era sano, fuerte, hermoso, un pelo que siempre había llamado la atención. Cuando abrí los ojos por suerte ya habían barrido y me ahorré ver mi pelo esparcido por el suelo. Respiré hondo y me atreví a mirar mi imagen en el espejo. No me identificaba con esa desconocida que tenía la cabeza demasiado pequeña y el cuello tan delgado y descarnado que parecía que se iba a separar de los hombros de un momento a otro. Los ojos se me veían enormes, parecía como si ocupasen toda mi cara; y sobresalían unos pómulos que no reconocía como míos. Tragué saliva y me levanté como pude del asiento. Daniel se acercó, sonriendo.
-Estás guapísima. Pareces Nefertiti.
Creo que me ruboricé, porque sabía que no era verdad, y porque las dos peluqueras nos miraban, riendo.
-Su marido tiene razón, con el pelo tan corto su cara resalta mucho más-me dijo la más joven de las dos.
Le sonreí, pero no me detuve a darle explicaciones de la relación que tenía con Daniel, porque ni yo misma sabía a ciencia cierta cual era. Cuando salimos a la calle, a pesar de que alcé el cuello del abrigo, sentí frío. Nunca me había dado cuenta de cómo me abrigaba mi melena. Daniel se sacó una bufanda de cuadros que llevaba y me rodeó el cuello con ella. Era de lana, muy cálida y reconfortante, y olía a su dueño.
-Es normal que sientas mucho más el frío.
-Tendré que añadir bufandas y chales a la lista de la compra-dije sonriendo.
-Me parece bien y podemos ir ahora, si quieres. Pero antes tienes que merendar.
Resoplé. Ya empezábamos.
-Daniel, olvida lo que ha dicho mi hermano; tú no le conoces como yo, y no sabes lo pesado que puede llegar a ser. Apenas hace un par de horas que hemos acabado de comer, no tengo hambre.
-Eso da igual. No hace falta hambre para tomar un café con leche y unas pastas. Además, yo si tengo hambre.
-Tú siempre tienes hambre-bufé. No me explico como no pesas más de cien kilos.
-Pelear contigo me agota-me contestó, guiándome del brazo hasta el coche.
Al final, tuve que confesar que me molestaba andar por la calle con mi cabeza casi pelada. La gente me miraba, estaba segura. Y yo no sabía adonde dirigir la vista. Pensé que Daniel se reiría de mí, pero creo que lo entendió. Me propuso que me quedase en el coche, y él entró en el centro comercial, asegurándome que no tardaría más de diez minutos. Aproveché para sacar el librito que Diego me había dejado; en realidad más bien un folleto con recomendaciones para sobrellevar mejor el tratamiento. No me había dado tiempo a leer más de cuatro páginas cuando llegó Daniel con una pequeña bolsa en la mano.
-Toma, póntelo. Quizá no haya acertado en el color, pero creo que irá muy bien con tus ojos. Ahora entramos y ya te compras tu lo que quieras, pero esto servirá, de momento.
Era un pañuelo precioso, de tonos dorados y verdes. Me lo até a la cabeza como si fuera un pirata, y toda mi cara mejoró. Sonreí; ya estaba algo más segura.
-Gracias. Por comprarlo, pero sobre todo por entenderme y por no pensar que soy absurda; aunque quizá si lo piensas, pero eres demasiado educado para decirlo en voz alta.
-No, no lo pienso. Es más, te entiendo mejor de lo que tú crees. ¿Sabes? Cuando me quedó la mandíbula llena de cicatrices, lo pasé bastante mal hasta que la barba creció lo suficiente para taparlas. La gente miraba, remiraba, apartaba la vista cuando se daban cuenta de que les veía. Era frustrante ver en sus caras pena, curiosidad, incluso desagrado a veces. El caso es que nadie se atrevía a mantener mi mirada o a preguntar directamente. Bueno, si, una vez en el aeropuerto de Barcelona, una señora americana, mayor, que iba en silla de ruedas, estaba sentada en la mesa de al lado, en la cafetería. Me miró, es decir, me sostuvo la mirada, y me sonrió; con una sonrisa pura como la de una niña, a pesar de que debía de pasar de los ochenta. Y acercó su silla de ruedas para preguntarme, amablemente, qué me había pasado, y sobre todo, para interesarse sobre cómo estaba. Eso me gustó. Porque no me compadeció, ni me examinó como a un bicho raro, sino que simplemente se interesó e hizo lo más normal del mundo. Por eso no me extraño de tu miedo.
-Gracias por entenderlo-le dije de nuevo.
-Vamos, ahora si te miran, simplemente será porque envidian lo bien que te queda el pañuelo.
-¿Enseñan en la Facultad de Periodismo como adular de manera tan convincente?
-Tengo muchos defectos, pero no soy un adulador, te lo aseguro.

Estaba nerviosa ante lo que el lunes me esperaba; y por eso pensé que la mejor terapia sería continuar escribiendo. La tarde del domingo la pasamos Daniel y yo en el salón, cada uno absorto delante de su ordenador. Varias veces que separé la vista de la pantalla le sorprendí mirándome. En casa me atrevía a lucir mi pelo cortado casi al cero; ya me había visto en la peluquería, así que no iba a asustarse.
-¿Por qué me miras?
-No te dejes nunca más el pelo largo-me dijo. Así estás mucho mejor, toda tu cara resalta más. ¿Te he dicho ya que te pareces a Nefertiti?
-Si, y ¿yo te he dicho ya que no te creo? Mientes bien, pero no lo bastante. Y no te esfuerces, no necesitas animarme; ya me he hecho a la idea de parecer una bola de billar por algún tiempo.
-Es la verdad, yo nunca miento.
Sacudí la cabeza y me llevé el índice a los labios indicándole silencio, mientras intentaba centrarme en mi escrito. Pero él hizo algo que me sorprendió. Se levantó, rodeó la mesa que nos separaba y se arrodilló a mi lado; me cogió la mano y se la llevó a sus labios.
-No quiero que pienses ni por un momento que has dejado de ser una mujer hermosa. Ahora lo eres mucho más.
Noté como me ardía la cara de vergüenza. Nadie me había dicho nunca esas cosas. Arturo no era expresivo ni siquiera cuando éramos novios, y menos en nuestro matrimonio. Lo curioso es que este hombre no parecía ser el típico encantador de serpientes que siempre tiene a punto una palabra de halago. Seguía mirándome fijamente, y tuve que bajar la vista, avergonzada.
-Te hablo en serio, muy en serio.
Me apretó de nuevo la mano, y para mi tremendo alivio, me soltó. Pero seguía mirándome de vez en cuando, y sonriendo. Simulé que estaba sumergida en mi escrito.



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