29 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 25



Querida Úrsula:

Mi abuela apenas pudo estudiar; eran otros tiempos y las mujeres no estudiaban apenas. Ella fue afortunada por poder ir a la escuela hasta los trece años. Luego aprendió a coser con dos chicas mayores del pueblo. Cada día, en invierno y en verano, se levantaba al amanecer y recorría caminos pedregosos, al frío o al sol inclemente, llevando encima de la cabeza una vieja máquina de coser portátil. Era la aprendiza, y por tanto a ella le correspondía transportar la herramienta de trabajo; aunque fuese la más pequeña y la más débil. Cada vez que las llamaban de una casa, pasaban allí al menos tres o cuatro días, cosiendo y arreglando la ropa de toda la familia. Se quedaban a comer y a dormir en la misma casa durante todo el tiempo; y a menudo las raciones de comida eran escasas y llegaban ya frías, cuando todos los demás habían comido. Durante el primer año no le pagaron absolutamente nada; y agradecida debía de estar por que se le permitiese aprender un oficio. Flora era hábil y despierta, y en dos años la costura no tenía ningún secreto para ella. En cierto modo, debía considerarse afortunada, porque el saber coser la eximía de realizar otras tareas, como labrar la tierra o cuidar del ganado, que era bastante más duro. Al menos su trabajo se hacía a cubierto.
Aunque no había frecuentado mucho la escuela, siempre respetó profundamente el mundo de la cultura y se esforzó lo que pudo para que sus hijos aprendiesen todo lo posible. Mi madre era inteligente, y por eso, con bastante esfuerzo, sobre todo por parte de mi abuela, estuvo un año en la ciudad y aprendió a escribir a máquina y rudimentos de contabilidad. ¿Recuerdas haber visto en casa fotos de cuando la abuela era joven? Ahora mismo se me viene a la mente una foto que le hicieron el día que cumplió veinte años; era una foto de estudio, y parecía una actriz de cine: la cintura estrecha, un precioso vestido que le quedaba como un guante, y unos hermosos ojos verdes que hacían que resaltase su pelo castaño y rizado. Se parecía bastante a tu bisabuelo, y ya te he dicho que él era un hombre muy guapo. No se mucho de cómo conoció a Luís, pero si que fue en la ciudad, cuando ella estaba trabajando en un almacén, llevando la contabilidad. Creo recordar que Luís era amigo del hijo de su jefe, y que la vio por primera vez en la oficina del almacén. Tu abuela siempre me contó que fueron novios durante dos años, pero no se si me dijo la verdad; a la luz de cómo fueron luego las cosas. Supongo que cuando se casaron estaban enamorados, y como todos los jóvenes, pensaron que eso era para toda la vida. Con el tiempo, atando cabos y manejando muchas fechas, llegué a la conclusión de que el accidente de coche debió de ser cuando llevaban poco más de dos años casados. Nadie me explicó nunca cómo había pasado exactamente; lo único que se es que conducía mi madre, y que mientras Luís se quedaba de por vida condenado a una silla de ruedas, ella salió prácticamente ilesa; tan sólo se rompió un brazo y tres costillas. No se tampoco si ya entonces tenían problemas en su matrimonio o si todavía se llevaban razonablemente bien; pero de todos modos un suceso de tal calibre a la fuerza tuvo que influir en su relación.
La parte que luego te voy a contar es complicada, y por eso prefiero dejarlo para más tarde, pues he de poner en orden mis recuerdos y las pocas cosas que me han contado.
Entretanto, nunca olvides lo mucho que te quiero





Aquel lunes por la mañana empezó mi particular vía crucis y traté de enfrentarlo de la mejor manera posible. Hay dos maneras de entender la realidad que el destino nos reserva: cerrar los ojos y meter la cabeza debajo del ala, como el avestruz, o tomar el toro por los cuernos y decidir plantarle cara a lo que tenga que venir. Yo elegí la segunda, y no porque me sobre el valor ni porque sea especialmente fuerte, sino porque mi vida había cambiado en las últimas semanas y quería seguir viviendo; sentía necesidad de ir más allá, de buscar un nuevo camino. Estaba ajustándome el turbante frente al espejo cuando Daniel tocó a la puerta de mi cuarto. Le mandé que pasara.
-El coche está ya en la puerta, Nefertiti.
-Te he dicho que no me llames así, no me hace gracia.
-Ah, lo siento. No puedes controlarlo todo. Vamos, llegaremos tarde y tu hermano se va a enfadar.
Cogí el bolso y salimos a la fría mañana de marzo. Faltaba poco para la llegada de la primavera, pero seguía haciendo bastante frío, y aunque en algunos árboles asomaban tímidos brotes verdes, el invierno no se había ido del todo. Bien es verdad que a medida que avanzábamos, la primavera se hacía más presente, porque mi casa está en lo alto de la montaña, y el buen tiempo se hace más de rogar. Cuando estábamos llegando a Coruña, abrí la ventanilla del coche, y Daniel me preguntó si es que quería que los dos pillásemos un resfriado.
-Quería sentir el olor del mar. Ya cierro.
Respiré hondo intentando calmarme un poco. El corazón me latía bastante acelerado y notaba que me costaba respirar.
-¿Estás bien?-me preguntó, mirándome de reojo.
-Si, supongo. Bueno, tengo miedo, para qué nos vamos a engañar. Me siento como si me llevasen al patíbulo.
-No será tan terrible, ya lo verás.
-Tengo miedo a después, a cómo me sentiré-le aclaré.
Diego nos había dado una tarjeta para poder entrar en el garaje de la clínica y dejar allí el coche, porque a veces era difícil encontrar aparcamiento en los alrededores. Cuando subíamos en el ascensor, me vi reflejada en el espejo y por un momento me sobresalté porque me parecía que esa mujer de aspecto exótico, con un turbante verde y angulosos pómulos nada tenía que ver conmigo. Mi hermano nos estaba esperando y nos acompañó a la sala donde me darían el tratamiento. Como iba a durar bastante, le dije a Daniel que se marchase a tomar un café, pero no quiso. Se había traído el portátil y le preguntó a la enfermera si había problemas en que lo usase. Me pincharon la vena y empezaron a llenarme de veneno el cuerpo con la idea de acabar con los restos del monstruo que todavía anidaba en mi pecho. Cerré los ojos, y me dejé llevar, simplemente intenté vaciar mi cabeza de pensamientos y preocupaciones. Diego me había dicho que seguramente tardaríamos un par de horas o un poco más. Daniel me apretó la mano, y me dijo al oído que intentase dormir. Oía la leve presión de sus dedos sobre el teclado, y los pasos de la enfermera que se acercaba cada cierto tiempo a vigilar el proceso. No sentía nada especial, quizá un leve hormigueo en el brazo y la molestia de no poder moverlo libremente. Pero no me sentía mal, sino todo lo contrario; como ligeramente amodorrada, en ese estado en que nos quedamos cuando estamos demasiado cansados para conciliar un sueño profundo, pero tampoco somos capaces de mantenernos despiertos del todo.

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