30 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 26



Al final debí de quedarme dormida, porque cuando abrí los ojos, la enfermera me estaba sacando la vía del brazo y poniéndome esparadrapo y gasa en el lugar donde me habían pinchado. Me preguntó cómo me encontraba, y le dije que bien, quizá algo mareada por haber estado tanto tiempo tumbada. Daniel me ayudó a levantarme, y salimos para hablar con Diego antes de marcharnos a casa.
Estaba en su despacho, esperándonos.
-¿Cómo ha ido?-me preguntó
-Bien, creo. No noto nada raro, estoy como siempre.
-Mejor entonces. Es probable que te sientas más cansada de lo normal, y si tienes náuseas o vomitas, no te preocupes ni le des demasiada importancia, porque es normal. Son efectos secundarios desagradables, pero normales.
-¿Cuándo me darán la segunda sesión?
-El jueves, como habíamos pensado. Te llamaré mañana por la mañana para ver cómo te ha ido.
Me abrazó y ya nos íbamos cuando Daniel le dijo que no se preocupase, que él estaría pendiente. Diego le sonrió. Y yo me pregunté de qué manera debía tomarme las cosas. Aunque me agradaban las atenciones de Daniel, era consciente de que no tenía derecho a ellas. ¿Qué relación teníamos? ¿Éramos amigos, compañeros de casa? Pero ni eso podría justificar todas las molestias que se estaba tomando conmigo. Pensé que tendría que hablar con él, porque cuando me mudé a vivir allí nunca había sido mi intención cargarle con la responsabilidad de ocuparse de una mujer enferma a quien apenas conocía.

La tarde anterior había tenido la precaución de cocinar para varios días, y por eso al llegar a casa lo único que tuve que hacer fue calentar la comida en el microondas. Notaba como Daniel me vigilaba, cómo estaba al acecho de cualquier cambio; pero de momento me encontraba bien, aunque cansada porque la noche anterior había dormido muy mal, es decir, apenas había podido pegar ojo. Después de comer me acosté en el sofá del salón, tapada con una manta y adormecida por el rumor de la televisión, que había puesto simplemente para que hiciese algo de ruido. Daniel estaba en su cuarto, supongo que escribiendo. Dormí un par de horas y cuando me desperté y entré en la cocina, le encontré preparando café para los dos. Puso mi taza encima de la mesa, con unas galletas que yo había horneado el día anterior.
-Después de que acabes de merendar iremos a dar un paseo-me informó.
-¿Ah si? ¿Y quién lo ha dicho?
-Lo digo yo, pero es lo que tu hermano recomendó el otro día. ¿No te acuerdas?
Le miré de reojo; no sabía si debía estarle agradecida o enfadarme porque me tratase como a una niña pequeña, así que me limité a quedarme callada. Salimos diez minutos después, bien abrigados para enfrentar la tarde húmeda y brumosa.
-Pero que sea corto, el paseo, estoy cansada.
-Tranquila, no vamos a correr una maratón.
-Daniel, ¿por qué lo haces?
Se quedó mirándome, sonriendo ligeramente, y me hizo un gesto para que me apoyase en su brazo.
-Di, ¿por qué haces esto?-le pregunté de nuevo.
Se tocó la barba; un gesto que solía hacer cuando estaba pensativo o cuando, como ahora, dudaba qué decir. Le sacudí ligeramente el brazo en el que me apoyaba, apremiándole a que me contestase.
-Porque quiero, porque me da la gana.
-Esa es la contestación que daría un niño pequeño. Espero algo más; tiene que haber una razón.
-No siempre las cosas se hacen por una razón-adujo él, sonriendo.
-No te escabullas. ¿No entiendes que me siento mal, que me hace sentir incómoda tu atención? Hace ya muchos años que nadie se preocupa por mí, no estoy acostumbrada a esto.
-Entonces, el problema está en ti, no en mí. A ver, Nefertiti, las cosas no se hacen por que haya razones para ello, sino porque uno quiere hacerlas. Ya sé que hace poco que nos conocemos, pero hay algo especial en nuestra relación. No me digas que tú no te has dado cuenta.
Me detuve, porque estaba cansada, pero también porque quería mirarle a la cara, aunque me fuese difícil hacerlo. El me levantó la barbilla, y clavó en mí- sus ojos claros.
-Me gustas-me dijo. Es muy pronto todavía, ya lo se, pero siento algo especial por ti, algo que hacía mucho tiempo que no sentía.
-Daniel, voy a hacerte una pregunta bastante simple.
Me animó con un gesto a que siguiera hablando.
-¿Cuántos años tienes?
-Cuarenta y dos-me dijo. ¿Encuentras que me conservo mal?
-Yo tengo cuarenta y siete, por si lo quieres saber-le dije, muy seria.
-¿Y qué? Eso significa que llevas cinco años más que yo en este mundo.
-No te hagas el gracioso. Soy una mujer mayor y tengo cáncer, y estoy en trámites de separación de un hombre con el que he pasado media vida. Mi experiencia amorosa, si olvidamos mi matrimonio fracasado, es nula. ¿Crees que es un buen bagaje para enredarme en un lío?
Se echó a reír a carcajada limpia, durante varios minutos. Y yo cada vez me iba enfadando más, pues a tanto llegaba su risa que estaba literalmente llorando. Cuando pudo parar, se limpió los ojos con un pañuelo y me miró, intentando mantenerse serio.
-Si ya te has reído bastante de mí, podemos seguir hablando.
Me acarició la cabeza por encima del gorro, como lo haría con una niña pequeña.
-Perdóname, Nefertiti. Pero es que eres la mujer más graciosa que he conocido nunca. No me reía de ti, sino contigo, que es bastante diferente. O sea, que si tú eres cinco años mayor que yo, no hay nada que hacer, no podremos nunca tener una relación porque sería un sacrilegio que una señora mayor se enredase con un jovenzuelo. Cinco años no son nada, mi querida señora burguesa; pero es que aunque fuesen veinte tampoco importaría, si vamos al caso. Y la segunda pega, déjame que recuerde; ah, si, que tienes cáncer; y eso supongo que te imposibilita para enamorarte, ¿no? Y como además has estado casada más de veinte años con un capullo que no ha sabido apreciarte, debes estar condenada, lo que te quede de vida a la soledad. Déjame que te diga que eres bastante absurda.
-No lo soy-le dije, enfurruñada.
-Lo eres. ¿No sientes nada por mí?-me preguntó mirándome fijamente a los ojos. Yo no pude mantener su mirada. Pero él me apretó la mano, esperando una contestación.
-No lo se, llevo tiempo negándome a mí misma muchas cosas en relación a ti, si tengo que decir la verdad.
-Bueno, no quiero presionarte. Ahora hay cosas más importantes. Así que tómate el tiempo que necesites, porque no hay ninguna prisa. Yo se perfectamente lo que siento, pero dejaré que te acostumbres a la idea, que lo medites. Y ahora, disfruta del paseo, y deja de preguntarte cosas. ¿Por qué no aprendes a tomar la vida como viene y dejas de intentar razonarlo todo? Limítate a sentir, a dejar que los sentimientos ocupen tu corazón. No es malo sentirse atraído por alguien. Yo, al menos, tengo claro que no voy a luchar en contra de lo que estoy empezando a sentir por ti. Y tú tampoco deberías hacerlo.
Me rendí, tal vez porque en mi interior sabía que tenía buena parte de razón.
Me acosté temprano. Había sido un día muy largo y lleno de emociones encontradas; el miedo lógico a empezar un tratamiento pensado para curarme, pero que también me dañaría al mismo tiempo; y sobre todo, la conversación de la tarde con Daniel. Tácitamente, no hablamos de eso mientras cenábamos; sino que nos limitamos a comentar las noticias del informativo, y él me explicó por encima cómo trabajaba cuando cubría una zona en guerra. Los dos sabíamos perfectamente que estábamos obviando lo que de verdad ocupaba nuestros pensamientos; pero no era el momento para detenerse a pensar en relaciones y sentimientos. Cuando le dije que estaba cansada, que me iba a la cama, se levantó y me besó en la frente; e incluso ese beso inocente, casi de hermano, no lo era cuando provenía de sus labios. Me sentía como si fuese simplemente el preludio de algo más, de nuevos avances entre nosotros. Se apartó a regañadientes y me dijo que le llamase si de noche me encontraba mal.
Me quedé dormida en cuanto puse la cabeza encima de la almohada; pero hacia las tres de la mañana me desperté sudando, y con unas horribles nauseas que me llevaron al cuarto de baño; donde me senté en el suelo, con la cabeza apoyada en la taza del inodoro, doblada por la mitad por las arcadas. Cuando empecé a vomitar, no se cómo, porque pensé que no había hecho ruido, Daniel apareció a mi lado. Le hice una seña de que se marchase, no le quería junto a mí en ese momento tan humillante. Pero no me hizo caso. Me sostuvo la frente y me ayudó a levantarme; pero no podía sostenerme de pie. Cada vez las arcadas eran más frecuentes y cuando pensaba que ya no me quedaba nada que soltar, seguía vomitando de nuevo. Daniel se había sentado en el suelo y me sostenía entre sus piernas. Me encontraba tan mal que desde hacía un rato había dejado de pedirle que se marchase. Por humillante y desagradable que fuese para mí, reconozco que me hacía sentir mejor tenerle cerca. Eran casi las siete cuando cedieron las nauseas y fui capaz de ponerme en pie, con la ayuda de Daniel. Apoyada en él conseguí llegar hasta el lavabo y pude lavarme los dientes y mojarme la cara. Notaba el poco pelo que tenía completamente empapado en sudor y pegado al cráneo. Necesitaba una ducha, pero no me encontraba con fuerzas; tendría que descansar algo primero. Sin decirme nada, me levantó en brazos y me llevó hasta la cama; donde no opuse resistencia cuando me acostó y me arropó. No tenía fuerzas para hablar apenas, pero creo que entendió por mi mirada cómo le pedía que se quedase. Me resultaba más fácil que decírselo con palabras. Se sentó en la cama, sosteniéndome la mano y no tardé en quedarme dormida.

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