1 de junio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 9




Me marché a los dos días, y Daniel fue tan amable de llevarme al aeropuerto, poniendo como excusa que de todos modos ese día tenía cosas que hacer en La Coruña. Creo que no era verdad, que simplemente quería ser amable. Cuando me preguntó la fecha de mi regreso le dije que volvería el día 2 de enero, pero que tal vez no fuese a la casa hasta una semana después, que me quedaría con mi hermano. Me sorprendió su abrazo al despedirnos, aunque agradablemente.

Nadie me esperaba en Madrid; no le había dicho a Arturo la hora exacta de mi llegada. Tomé un taxi y cuando abrí la puerta de casa, enseguida supe que no había nadie, lo cual era bastante normal, porque a las tres de la tarde él solía estar trabajando. La nevera estaba vacía, como era de esperar. Me imaginaba que había comido siempre fuera. Si deshacer siquiera la maleta saqué el coche del garaje y fui a comprar; al día siguiente llegaba Úrsula, y quería tener de todo en casa. Me parecía raro que no sintiese pena, ni siquiera nostalgia, pensando que aquellas eran las últimas Navidades que pasaba en la que había sido mi casa los últimos veinte años. Pero lo único que tenía era prisa por acabar con esta situación engañosa que lo único que me producía era frustración. Quería alejar de mi vida todo aquello que oliese a mentira, a engaño. De eso ya había tenido bastante y era hora de encarar la verdad de frente. Preparé la cena, aunque no sabía si Arturo cenaría en casa, pero tampoco me importaba. Yo si cenaría, y tendría que ir acostumbrándome a hacerlo sola. A las diez de la noche decidí que ya había esperado bastante y puse la mesa en la cocina, para mi sola. Y justo cuando estaba empezando a comer, oí la puerta del garaje. Se sorprendió al verme; supongo que había olvidado que hoy era el día de mi vuelta.
-Lo siento, no me acordé de que regresabas hoy-me dijo, azarado.
-No te preocupes, no importa. ¿Has cenado?
Se sonrojó, señal de que había cenado con Paula. Con un gesto le di a entender que no hacía falta que se justificase.
-Entonces-me dijo ya desde la puerta-me voy a la cama.
-Espera-le detuve. Mañana llega Úrsula y creo que debemos hablar antes.
Dejó el maletín en el suelo y se sentó, a desgana, a mi lado.
-Quiero que seamos francos con ella y le contemos la verdad.
-Lo que quieres es indisponerme con mi hija, contarle que te he engañado con otra mujer, y hacerte la víctima gracias a tu enfermedad.
No podía creer lo que estaba oyendo. Si hasta aquel momento le había respetado e incluso querido como al padre de mi hija y mi compañero de tantos años; en este instante se rompieron dentro de mí todos los recuerdos buenos.
-Te haces un flaco favor al ser tan mezquino, Arturo. Solo quiero decirle a nuestra hija que nos separamos; porque me marcho a vivir a Galicia y creo que tiene derecho a saberlo. Que sepa lo tuyo con Paula no es cosa mía. Tú verás si se lo quieres decir o no. A mi eso no me atañe. Y en cuanto a mi enfermedad, no pienso decirle nada, al menos de momento. No quiero soltarlo todo de golpe; me parece que con la separación de sus padres ya tiene bastante. Lo otro se lo contaré después de que me operen.
Se quedó callado, supongo que algo de vergüenza le quedaba todavía.
-¿Te van a operar? ¿Cuándo y dónde?
-El día 3 de enero, en Coruña. Y te agradezco tu interés, pero eso ya no es de tu incumbencia.
-¿Quién te va a cuidar?
-En los hospitales hay estupendas enfermeras a las que pagan por eso, por cuidar a los enfermos.
-¿Y después?
-Después de que salga del hospital no necesitaré a nadie. Y te repito que te agradezco tu interés; pero no te preocupes. Lo único que te pido es que quiero dejar presentada la demanda de divorcio antes de irme, porque he cambiado de opinión y ahora pienso que es necesario dejar las cosas bien hechas. Supongo que en tu despacho se pueden ocupar, ¿no?
-Si tú quieres. Pero, ¿no sería mejor que te buscases tu propio abogado?
-No, no voy a perder el tiempo con eso. Puesto que es un divorcio de mutuo acuerdo podemos ir los dos con el mismo abogado. Sólo te pido, como deferencia, que no sea Paula. No me parece correcto.
Y la que se marchó a la cama fui yo, dejándole con la boca abierta, y mudo de asombro.

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