2 de junio de 2015

NOVELA 40


Amanda hubiese deseado seguir hablando pero no podía dejar de lado su trabajo, así que se marcharon con la promesa de Vera que le seguiría contando lo que supiese acerca de la vida secreta de Irene. Aquella noche no durmió bien. No podía dejar de pensar en las cosas tan extrañas de las que se había enterado. La mayoría de ellas le parecían fantasías, pero reconocía que Vera Ravenscroft era una mujer con los pies bien pegados a la tierra. A la una de la madrugada se levantó despacio para no despertar a Inma y se sentó en la sala con el portátil sobre sus rodillas y una taza de té. Buscó información sobre esa misteriosa red Gladio de la que Vera le había hablado. Y encontró cosas que la hicieron estremecerse de miedo. Tomó notas en su agenda de aquellos datos que le parecieron más interesantes y también más extraños. ¿Con qué clase de tipejos se había tenido que relacionar su tía? Si la información recién encontrada era cierta, en esa especie de sociedad secreta había incluso algunos nazis y también fascistas italianos. De repente sintió que el mundo en el que vivía le resultaba tremendamente desconocido. ¿Cuántas cosas pasaban bajo cuerda mientras la gente normal y corriente, como ella lo era, no se enteraban de nada? Nadie podría pensar que la anciana malhumorada y anodina que ella había conocido como la insulsa tía Irene había tenido ese tipo de vida. Y yendo más adelante en sus pensamientos, también le resultaba impensable y hasta hiriente que su propia madre estuviese al tanto al menos de algunas de esas cosas y lo mantuviese en secreto con ella. Entendía que a su padre no le contase nada, pero siempre pensó que Mamá tenía confianza en ella. Se sentía traicionada, aunque también se daba cuenta de que era un pensamiento totalmente ilógico.
Al día siguiente Javier Valdés se despertó muy temprano y corrió sus diez kilómetros de rigor. Después de una reconfortante ducha y del desayuno decidió que necesitaba ver a Amanda. Llevaba ya días negándose a sí mismo que se moría por hablar con ella, y ahora se dio por vencido. Pero necesitaba una disculpa. Después de la última vez que se vieron y de que ella prácticamente le hubiese dejado plantado era obvio que ni siquiera él podía presentarse en su casa sin un buen motivo. Pensó en ello mientras iba de camino al pueblo de al lado a visitar una casa en obras. Cuando estaba terminando la visita sonó su móvil y al darse cuenta de que era su madre, la solución le vino a la mente. Aprovecharía para invitarles a que le visitasen y como su casa era demasiado pequeña, les regalaría una estancia en el hotel de Amanda. Su pobre madre se sintió tan contenta de la propuesta que Javier se dijo a sí mismo que era un egoísta y un aprovechado. Pero el remordimiento le duró los diez minutos que tardó en llegar a la recepción y ver a Amanda con unas gafas que le daban aspecto de ratita presumida tecleando muy concentrada en el ordenador. Sólo cuando estuvo a su lado levantó la vista y sacándose las gafas le miró con atención y mal disimulado enojo. Él la frenó con un gesto.
-Vengo en son de paz y por trabajo, así que no pongas esa cara.
-¿Trabajo? Tu trabajo aquí terminó hace ya tiempo, Javier. Si vienes a contarme más cuentos y a meter cizaña, ya te estás largando por dónde has venido. No estoy de humor para soportar tus bobadas.
-Se supone que el borde soy yo, niñata, así que baja los humos. He venido porque la semana próxima vendrán mis padres y no puedo alojarlos en mi casa, sabes que no tengo sitio. Quería saber simplemente si tienes habitación para ellos. Se quedarán unos diez días, creo.
Amanda echó un vistazo a las reservas para hacerse la interesante, porque de memoria sabía que la habitación que daba al jardín se quedaba libre en un par de días. Pero le hizo esperar casi cinco minutos y cuando ya el arquitecto empezaba a resoplar le contestó con su aire más profesional.
-Sí, puedo reservarte el cuarto que da al jardín. Es muy cómodo. Hago la reserva a tu nombre, ¿no?
-Sí, ¿necesitas que te la pague ahora?
Sonrió de un modo angelical.
-No, Javier. A pesar de todos los pesares, me fío de ti.
-Ojala toda la gente que te rodea fuese tan leal como yo, Amanda.
Ella se quedó asombrada, por el tono íntimo de su voz y porque era la primera vez que la llamaba por su nombre. Evitaba pronunciarlo, no sabía muy bien por qué, pero solía dedicarle algún epíteto no demasiado amable cuando le hablaba y eso hacía siempre que ella se sintiese ninguneada. Ahora que lo recordaba, tampoco Michael la llamaba nunca por su nombre. Para él era Mandy, y aunque nunca la había llamado nadie de esa manera, a ella le gustaba. En los labios de Michael sonaba dulce y era una cosa más que la unía a él.
-No sé qué quieres decir, Javier.
-Quiero decir-empezó titubeando, como si le costase encontrar las palabras-que quizá mi carácter sea demasiado brusco y no sepa decirte cosas bonitas como probablemente lo hace ese maldito bastardo inglés o lo que sea, pero yo no te miento. He sido demasiado brusco contigo, pero nunca te he mentido y nunca te haría daño. Y de alguna manera estoy intentando decirte que significas para mí mucho más de lo que piensas, pero tú no me dejas que te lo demuestre. Ni siquiera me permites ser tu amigo, si es que no quieres que seamos otra cosa.
Amanda estaba tan asombrada que se le había quedado la boca abierta. El agreste gañán que solo sabía despotricar se estaba convirtiendo en un tierno corderito que casi le suplicaba un poco de atención. Cuando se lo contase a Inma no iba a creerlo. En aquellos momentos le vino a la mente la noche que pasaron juntos. No había llegado a hacerle daño su comportamiento, pero se había sentido un tanto humillada. Sin embargo, reconocía que Javier no era una mala persona y al vivir en el mismo pueblo tendrían que verse a menudo. No era bueno que siempre estuviesen enfrentados como el perro y el gato.
-Yo no quiero llevarme mal contigo, Javier.
-Entonces, ¿aceptarías cenar conmigo esta noche?
-Lo siento, pero es imposible, no puedo. Sin embargo-dijo al ver su cara de decepción- estaré libre entre las seis y las ocho. Podemos quedar en la taberna del puerto y tomamos una cerveza. ¿Te apetece?
-Claro, tendré que conformarme. ¿Quieres que te recoja?
-No es necesario, iré dando un paseo. Pero, Javier, una cosa tan solo, una condición-le dijo cuando ya se disponía a marcharse.
Él se dio la vuelta y esperó con la mano en el pomo de la puerta.
-No me hables mal de Michael. No lo voy a tolerar. Te lo advierto.
Javier Valdés asintió. No le quedaba más remedio que aceptar lo que ella le había pedido. Aunque en su interior siguiese desconfiando de él y pensando que no era bueno para Amanda. Y no eran solo los celos, aunque también, lo que le hacía pensar de esa manera. Tenía la intuición de que aquel hombre era peligroso.



No hay comentarios:

Publicar un comentario