3 de junio de 2015

NOVELA 41


El hombre supuestamente peligroso, Michael Field, no andaba demasiado lejos cuando al menos dos personas, Amanda y Javier, pensaban en él. En realidad se encontraba tan solo a cincuenta kilómetros de allí, pero en el correo que acababa de enviar a Amanda le decía que estaba en Palma de Mallorca y que al menos tardaría una semana en volver. Mentir se había convertido en parte de su vida, y ya no concebía su existencia sin la mentira, fuese necesaria o no. Era una manera de protegerse pero también de crear una especie de distancia emocional de la gente que formaba parte de su vida. Había tenido un maestro excepcional; su padre. Pero últimamente mentirle a ella, a Amanda, le costaba un poco más. Le daba tanto amor cuando estaban juntos, era tal la entrega que aunque a veces se sentía agobiado, la mayor parte del tiempo tenía la sensación de que le había correspondido un premio que no se merecía. Sin embargo, él la había engañado en casi todo lo que le había contado. Era sincero únicamente respecto al negocio que tenían en común. Michael Field podía ser un mentiroso, un hombre con muchas caras y a veces había engañado a la gente e incluso había matado, pero nunca había robado dinero. Quizá porque siempre tuvo de sobra, eso también era verdad. Se consideraba sobre todo un superviviente. Si caía en una trampa actuaría como el zorro, se arrancaría de cuajo la pata para ser libre.
Las tardes de Amanda eran mucho más tranquilas que las mañanas, en que había que preparar desayunos, acondicionar habitaciones y tenerlo todo a punto. Por la tarde solía dedicarse a verificar a través del ordenador los movimientos de la conservera, a contestar correos y atender las llamadas de teléfono que hubiese en la recepción. Pero solía quedarle mucho tiempo libre y por eso algunas tardes se llevaba el fajo de cartas de su tía. En aquel momento estaba dudando si continuar con la investigación sobre esa especie de sociedad secreta o seguir cotilleando en la vida de Irene. Y de repente le llegó una idea, como un flash. Su tía era consciente de que estaba enferma, de que pronto moriría. Entonces, ¿por qué no destruyó esas cartas que ponían de relieve lo que había sido su vida? Tuvo el pálpito de que su tía deseaba y había propiciado que ella las encontrase, que las leyese, que supiese las cosas que habían pasado. ¿Con que fin? No estaba segura, quizá para prevenirla de algo o quizá simplemente porque quería que ella supiese cómo había sido de verdad su vida.
Al final se decidió a leer otra de las cartas.
Mi querida Inés:
Seguimos en Portugal. No puedo decir que me encuentre mal, porque aquí no me falta nada; el hotel es muy lujoso y tengo una doncella personal que me ayuda a vestirme cada noche y me peina, si es que salimos a cenar. Y casi siempre salimos. Aquí Paul adopta un papel similar a cuando yo le conocí, el de hombre de negocios. La única diferencia es que ahora sé que aunque tiene empresas y negocios, en realidad todo es una tapadera de algo muy diferente. Lo que tú sabes, lo que hemos hablado mientras recogíamos las cosas de Mamá. Yo me he jurado a mi misma que no voy a juzgar sus motivos, porque eso me llevaría a un camino que me he prometido no recorrer. Si empiezo a juzgarle probablemente se me caiga la venda que el Amor nos pone en los ojos. Y yo quiero continuar vendada. Sí, ya sé que es una inmensa cobardía. Pero yo nunca he dicho que fuese valiente.
Algunas noches, cuando estamos en la cama, él necesita contarme cosas para liberarse de muchos tormentos. Entonces yo le abrazo contra mi pecho como si fuese un niño pequeño y le escucho mientras él habla en voz baja. En ocasiones difíciles siempre acaba recurriendo al inglés, supongo que de la misma manera que cuando nos pasa algo grave nos acordamos de nuestra madre, esté viva o muerta. Para él su idioma es lo que le mantiene atado a una vida que en algún tiempo estuvo libre de remordimientos. Yo sólo le escucho y le acaricio el pelo como sé que a él le gusta. No digo nada, ni él espera que lo haga. Luego se queda dormido pegado a mí, y me reconforta verle descansar. La que no puede dormir soy yo. Porque las imágenes de lo que me cuenta se me quedan clavadas en el pecho y me oprimen como una mano de hierro. Por la mañana yo finjo que he descansado bien y él parece haber olvidado todo lo que me contó. Pero Paul sabe que yo no he dormido y yo sé que él lo recuerda todo.
Hace tres noches el propio Oliveira Salazar, el presidente, nos invitó a cenar en el palacio presidencial. Allí no hay anfitriona; no está casado y aparentemente vive como un monje, aunque corren muchos rumores de que tiene varias amantes a las que dobla en edad. Es un hombre bien parecido y bastante culto, lo cual me causó sorpresa. Supongo que pensaba que un dictador tendría que ser un hombre bronco y animalizado. Pero Paul me ha contado que Salazar estudió Derecho cuando dejó el seminario, porque la vocación religiosa no era lo suyo. No sé porque motivo Paul me llevó porque cenamos los tres solos y al no haber más mujeres me sentí un poco perdida. Pero él estuvo muy amable conmigo y después de tomar café en un saloncito contiguo al comedor, un militar muy amable me trajo en coche al hotel mientras Paul se quedaba allí. Volvió casi a las cinco de la mañana, y todavía no me ha contado de lo que hablaron. Puede que lo haga o que no. En todo caso, yo nunca le pregunto nada. Sé que valora mucho mi discreción y si te soy sincera, hay algunas cosas que prefiero no saber.
Ahora tengo que dejarte porque me han dicho que mañana nos vamos de Portugal, y he de hacer las maletas. No estoy segura a donde nos dirigimos, aunque creo que esta vez puede ser Italia. En todo caso, seguirás recibiendo noticias mías. Si no has olvidado cómo se hace, reza por tu hermana.
Irene


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