4 de junio de 2015

NOVELA 42



Amanda volvió a guardar la carta con las demás. Cada vez estaba más sorprendida de cómo había sido la vida de Irene. Y no sabía qué pensar de ese hombre, de Paul Knight. ¿La había amado, realmente? Algo debió de haber, puesto que llegaron a tener una hija, pero estaba segura de que su tía nunca fue feliz al lado de Paul. Y eso la llevaba a pensar que tampoco ella podría ser nunca feliz con Michael. Media hora antes le había mandado un breve correo para contarle que había tenido que viajar a Palma de Mallorca, y que estaría allí unos días. Pero en realidad, ¿qué pruebas tenía ella de que estuviese allí de verdad? Solo lo que él le decía, su palabra. Ella no era desconfiada por naturaleza; cuando estaba con alguien le nacía de dentro confiar y dejarse llevar, pero en esta relación tan extraña se sentía a veces tan perdida que era imposible no hacer cábalas y elucubraciones. Y aunque tampoco era celosa en exceso, muchas noches se acostaba preguntándose si él dormiría solo.
Siguió pensando en todas estas cosas que la atormentaban mientras caminaba hacia la taberna del puerto, donde había quedado con Javier. Decía mucho de su interés la manera en que se había vestido. Iba simplemente con unos vaqueros, una camisa blanca y una chupa de cuero ya muy ajada. Ni siquiera se había retocado los labios antes de salir y lo único que hizo fue ahuecarse con los dedos su ingobernable pelo y ponerse un poco de perfume, pero por ella misma, y no porque desease causar buen efecto en Javier. Sin embargo, siempre se arreglaba con sumo cuidado las escasas veces que veía a Michael.
El arquitecto ya la estaba esperando y se levantó cuando la vio. Se quedó sorprendida de que la besase en la mejilla. ¿Desde cuándo este gañán era tan educado? Además, se habían visto hacía solo unas horas. Se sentaron y ambos pidieron unas cañas y unos pinchos para picar. Javier le sonrió, pero con una sonrisa diferente al cinismo que siempre solía mostrar con ella.
-Gracias por venir.
-Te dije que lo haría, Javier. Y no suelo faltar a mi palabra.
Se quedaron callados cuando llegó el camarero con la bandeja y cuando volvieron a estar solos Javier tomó de nuevo la palabra.
-Lo nuestro empezó con mal pie, por mi culpa, lo reconozco. Pero estoy dispuesto a enmendarlo.
-No hay nada que sea “lo nuestro”, Javier. Ya te lo dije esta mañana y quiero que lo entiendas de una vez: nos acostamos una noche, nada más. Somos personas adultas; los dos necesitábamos un rato de compañía, por decirlo de alguna manera, y nos la dimos mutuamente. Nada más. Para mí sólo significó eso. No sé si estuvo bien o mal, en todo caso era lo que en aquel momento me apetecía hacer y no me arrepiento. Y no entiendo tu actitud de ahora. Por lo que he oído y lo que yo misma he visto, no eres hombre de compromisos. Tomas lo que puedes o lo que te dan, y luego si te he visto no me acuerdo.
Javier Valdés se sentía como un hombre al que acabasen de dar un puñetazo inesperado en la boca del estómago. Nunca mujer alguna le había hablado así. Le parecía estar oyéndose a sí mismo. ¿No eran las mujeres las que siempre quedaban esperando más después de una primera noche y las que se ofendían si no se les ofrecía promesa de matrimonio o al menos de noviazgo formal? No entendía nada; aquello era el mundo al revés. Pero por una vez en la vida decidió ser valiente y dejar que hablasen sus sentimientos.
-Joder, Amanda, te estoy diciendo de la única manera que sé que tengo la sensación de que me he enamorado de ti. Aunque no sé si es así, porque la verdad es que nunca he estado enamorado. Pero pienso en ti las veinticuatro horas del día, a veces para aborrecerte y otras para añorarte, y cada vez que te veo con ese guiri de mierda me subo por las paredes. Me gustaría inflarle la cara a hostias para que te dejase en paz.
-Y tomarme del pelo y llevarme a tu cueva, como un cavernícola. Deja de decir bobadas, Javier. Ni de lejos estás enamorado de mi. Lo único que pasa es que no estás acostumbrado a que las mujeres te den calabazas. ¿Cómo vas a quererme si siempre te has burlado de mi y me has hecho la vida imposible?
Él encendió otro cigarrillo y le dio una calada con ganas.
-¿Tú qué sabes? Yo no soy de las personas que dicen te quiero a cada momento. Creo que eso es mejor demostrarlo. Y te estoy pidiendo que me dejes hacerlo. ¿Qué puede ofrecerte ese hombre al que ves solo de vez en cuando y del que nadie aquí sabe nada? Déjame decirte que a mucha gente del pueblo le parece un tío raro desde que le vimos por aquí la primera vez. No me extrañaría nada que anduviese metido en algo turbio.
Amanda hizo amago de levantarse.
-Si sigues por ese camino me marcho.
Volvió a sentarse cuando él la tomó levemente del brazo y con un gesto le pidió perdón.
-Habíamos quedado en que nada de cizañas. Vamos a charlar como dos personas normales y a tener la fiesta en paz. No tengo nada en contra de ti, Javier, y estoy dispuesta a tomar un café contigo de vez en cuando o pasear por la playa cuando quieras. Yo vengo a menudo y sé que tú también. Podemos hacerlo juntos.
-Café y paseos. Eso es lo único que me ofreces, entiendo.
Amanda le miró fijamente. Le resultaba casi un desconocido, este hombre que ahora casi le estaba suplicando su atención cuando hacía poco tiempo se burlaba de ella como si fuese una retrasada mental.
-Café, paseos y conversación. Es lo único que puedo darte. No busques en mi algo más porque estarías perdiendo tu tiempo, me harías perder el mío y sobre todo creo que los dos pasaríamos un mal rato.
Él asintió, de mala gana y Amanda para dar un giro a la conversación y aligerar el ambiente le preguntó si conocía mucho a su tía. Javier se encogió de hombros.

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