6 de junio de 2015

NOVELA 43



-No demasiado. Ni yo ni nadie del pueblo. Era una mujer muy callada, no salía mucho de casa. Iba cada dos días a la conservera y a la vuelta se paraba en el mercado, pero la verdad es que nunca la vi hablando con nadie. Hacía una vida de ermitaña y por lo que yo sé apenas recibía visitas. Yo fui a su casa en una ocasión porque unos clientes de Madrid estaban interesados en una casa del estilo de la suya, y me atreví a preguntarle si estaría interesada en venderla.
-Siento curiosidad por saber cuál fue su respuesta.
-Ya te la imaginas. Prácticamente me echó con cajas destempladas. No era un portento de simpatía, pero como yo tampoco soy excesivamente sociable, no me pareció un defecto muy grave. No molestaba a nadie, era correcta en el trato y vivía en completa soledad. Espero que tú no te conviertas en alguien igual.
-No te preocupes, no hay cuidado. Para empezar, no vivo sola, tengo a Inma que me hace mucha compañía.
-Por cierto-la interrumpió él-¿sabes que Miguel y ella se ven de vez en cuando?
-¿Tu amigo Miguel, el que me vendió el coche?-se asombró.
-Sí. Por lo que sé han ido a comer varias veces y al cine. A él le gusta mucho.
Amanda estaba perpleja y enfadada a partes iguales. Inma vivía en su casa, eran amigas desde pequeñas y no le había contado nada. Aunque, si tenía que ser justa, últimamente ella no paraba demasiado en casa y estaba demasiado inmersa en sus propios problemas y en tratar de entender la vida de su tía. Quizá tuviese ella gran parte de culpa porque sentía que de alguna manera había dejado de lado a su amiga. Pero tampoco iba a flagelarse por ello; la situación era la que era y ella estaba haciéndolo todo de la mejor manera posible. Se acordó del consejo que su madre le daba siempre: los problemas mejor de uno en uno.
Se despidió de Javier y cuando volvía a casa se dio cuenta de que a pesar de todo había disfrutado de aquel rato de compañía. Era una persona muy hermética y a veces la exasperaba pero también tenía que reconocer que había algo en él que le daba confianza. Una confianza que nunca sentía cuando estaba con Michael. Sabía que todo lo que Javier decía era verdad; y aún a pesar de amarle era capaz de vislumbrar que en Michael había algo oscuro y falso. Y sin embargo…Javier no la hacía vibrar ni socavaba los cimientos de su alma. En alguna ocasión Michael le había mandado un audio a través del whatsapp, con su voz grabada diciéndole las cosas que precisamente ella en aquel momento necesitaba escuchar. Y solo con eso se calmaban sus dudas, aunque solo fuese por un tiempo.
Después de cenar se pasó por la recepción a recoger unas cosas que necesitaba revisar y cuando ya salía se encontró con Vera. La anciana le pidió que preparase un té para ambas, diciendo que le gustaría tomarlo en la cocina, como tantas veces había hecho cuando vivía Irene. Amanda accedió y en cinco minutos estaban sentadas en la silenciosa cocina, donde el único ruido era el monótono zumbar del frigorífico y de la caldera, que de vez en cuando se ponía en marcha.
-Todavía no me he recuperado de la sorpresa-le dijo Amanda.
-¿Te refieres a la vida de Irene? Fue intensa, aunque ella nunca la hubiese deseado de esa manera. En el fondo era una mujer muy sencilla y lo único que deseaba era crear una familia y que la amasen. Pero las cosas rara vez ocurren como uno desea. ¿No es verdad?
Amanda asintió. Y pensó que en realidad las personas solían ser inconformistas y no estar nunca satisfechas con lo que tenían. El ejemplo estaba en ella misma. Si cuando Ricardo la dejó plantada y luego se quedó sin trabajo le dijesen que en poco tiempo sería dueña de una pequeña fortuna y estaría regentando un hotelito se volvería loca de contento. Y sin embargo se daba cuenta de que durante los últimos días lo único que hacía era lamentarse y no disfrutar de lo que tenía. Esos días casualmente coincidían con la llegada a su vida de Michael. La voz de la anciana la sacó de su ensimismamiento.
-Me han dicho que esta tarde has estado en la taberna del puerto con ese muchacho tan serio, el arquitecto.
Amanda resopló. ¿Es que en ese pueblo no se podía estornudar sin que se enterase todo el mundo?
-¿Te gusta?-prosiguió Vera. Parece un buen chico, aunque no le vendría mal sonreír de vez en cuando. Pero si quieres mi opinión, Darling, él te haría más feliz que el otro, ese socio tuyo que me pone tan nerviosa.
-Gracias por su opinión, Vera-le contestó ella con algo de resentimiento. ¿Y se puede saber por qué Michael la pone nerviosa? Que yo sepa, la trata con mucha cortesía.
-Nadie ha dicho que no sea amable. De hecho, lo es mucho más que el otro. Pero hay algo en él que…
-Le recuerda a Paul-terminó por ella Amanda.
-Pues sí, esa es la verdad. Y fíjate que yo quería mucho a Paul. Su padre y el mío ya se conocían y en ciertos aspectos era una persona estupenda. Pero supongo que mi opinión sobre él cambió cuando empezó su relación con Irene.
Una idea empezaba a forjarse en la mente de Amanda.



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