11 de junio de 2015

NOVELA 45



La mirada de Vera se ensombreció de nuevo y se tocó el camafeo que llevaba en el cuello, como si fuese un talismán.
-Sí; ella lo sabía. Yo se lo dije.
Amanda le hizo un gesto con la mano para que continuase hablando.
-No hay mucho qué contar sobre eso. Irene sólo amó a una persona en su vida; a Paul. A mí me quiso mucho, pero no tiene nada que ver el cariño con el amor. Son dos sentimientos muy distintos.
-Pero siguieron siendo amigas.
-Ella siguió siendo mi amiga. Yo la amé siempre, creo que todavía la amo.
Amanda estaba asombrada, no por el hecho en sí de que dos mujeres pudiesen amarse, que no tenía nada de particular, sino que su tía ocasionase ese sentimiento no en el extraño Paul sino también en esta señora de avanzada edad que cuando hablaba de ella volvía a tener un brillo en la mirada que solo poseen los que han amado sin medida. Y pensó en lo injusta que suele ser la vida a todos los niveles pero más en el tema del amor.
-Pienso que tal vez mi tía hubiese sido más feliz con usted que con Paul.
La anciana rio, con una risa desganada, triste.
-No lo creo, Darling. No suele bastar con que nos amen para ser felices; sino que nosotros mismos necesitamos amar. Y ella no me amaba, le era imposible. Pero supimos sacar buen partido de la desgracia y siempre nos apoyamos la una a la otra. Y ahora déjame que me retire a mi cuarto. Estoy muy cansada. Recordar todas esas cosas me ha dejado con una sensación extraña que necesito masticar en solitario.
Amanda también estaba cansada, pero a pesar de eso se llevó a la cama el fajo de cartas porque necesitaba de alguna manera sentirse cerca de su tía, intentar entenderla y tener un ligero atisbo de lo que ella pudo sentir.

Querida Inés:
Me encantaría darte buenas noticias en mis cartas pero me temo que en mi vida hay de todo menos eso. Es decir, tengo una noticia que darte que por una parte me llena de alegría, pero por otra de zozobra. El caso es que estoy embarazada. No fue algo planeado, sino que surgió. Creo que una mujer enamorada se siente feliz de esperar un hijo del hombre que ama, y ese es mi caso; pero como ya viene siendo habitual, suelo tener una de cal y otra de arena, como solía decir Mamá de su propia vida.
Mentiría si dijese que Paul no se alegró cuando le di la noticia. Vi cómo le brillaban los ojos y me abrazó con fuerza. No, no estaba fingiendo. Su alegría era muy sincera; pero a los pocos minutos su rostro cambió radicalmente y lo que leí en su mirada fue miedo mezclado con una sensación de angustia. Al principio pensé que simplemente era prudencia; al fin y al cabo la vida que llevamos no es sencilla y mucho menos segura y supuse que Paul temía por mí y por nuestro hijo. Y según me confesó luego, había mucho de eso. Pero también otra cosa, un secreto de su vida que no me había contado y que hará que todo sea mucho más complicado.
Hermana, para decirlo de manera sencilla, que es de la única forma que sé hacerlo…Paul está casado. No puedo negar que alguna vez tuve sospechas de que hubiese otras mujeres, pero no llegué a pensar que estuviese unido a alguien con ese tipo de vínculo. Al principio me enfurecí por el engaño, aunque luego le dije que le perdonaba con la condición que se divorciase de su mujer y se casase conmigo. Al fin y al cabo voy a tener un hijo suyo y él está casado con una americana. Allí los divorcios son el pan nuestro de cada día. El caso es que cuando se lo propuse se me quedó mirando fijamente y me dijo que lo sentía mucho pero que eso nunca sería posible. Según él, tiene dos buenos motivos para no querer divorciarse. El primero es que tiene un hijo de diez años y el segundo y que le ata todavía más es que su esposa está atada a una silla de ruedas desde hace más de cinco años; y él se culpa porque fue en un accidente de tráfico. Ya sabes quien conducía.
Aunque Paul me hizo una ligera insinuación, no pienso perder este hijo. Le dije que si no lo quería sería tan solo mío. Después de varios días discutiendo hemos llegado a una especie de paz armada. Tendré a mi hijo y aunque nunca podrá llevar el apellido de su padre, él me ha jurado que se hará cargo de todo y que estará a mi lado. No es una situación fácil para mí, pero es la única salida que encuentro a este problema. Me duele mucho tener que esconder a nuestros padres que van a ser abuelos, pero no tengo otra opción. Les conoces y sabes que nunca aceptarían mi situación. Si lo supiesen pensarían de mí que no soy mejor que una prostituta. Por eso, Inés, tengo la sensación de que tardaremos bastante en vernos. Ahora mismo estamos en Italia pero Paul me ha dicho que en dos meses me llevará a Inglaterra y me quedaré allí hasta que nazca el niño. Parece ser que él tiene una casa en el campo y que me quedaré al cuidado de una buena amiga suya, una chica de mi edad que trabaja en la misma organización que Paul. Solo sé de ella que se llama Vera y que es una mujer muy decidida con la que estaré a salvo. Paul tendrá que seguir viajando como siempre, pero me ha prometido que volverá cada vez que pueda para estar conmigo y que desde luego no me dejará sola cuando llegue el momento del parto. Si te soy sincera, tengo miedo de que no cumpla su promesa; porque aunque suele ser hombre de palabra, sé que la tarea que se ha impuesto es primordial en su vida y la coloca antes que nada y que nadie.
No te preocupes demasiado por mi Inés; al fin y al cabo asumí riesgos cuando decidí seguir al lado de Paul. Te abraza
Irene.


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