16 de junio de 2015

NOVELA 47


El whatssapp consistía en una única pregunta: “¿Quieres que el jueves vaya a verte y te haga el amor?”. Después de haberle contestado se dio cuenta de que estaba echando por la borda toda su dignidad, ya no de mujer, sino de persona. Y se odió a sí misma por haber contestado. Este comportamiento infantil y machista de Michael solo merecería por su parte el silencio y el desprecio. Pero ella, como una verdadera estúpida, le había escrito que se moría por verle. Si su madre viviese y presenciase este comportamiento no diría nada, pero seguramente se avergonzaría de ella, y de su poca madurez. Pensó que probablemente tía Irene la habría comprendido. Y buscando precisamente ese hermanamiento en el dolor y en el desprecio, abrió otra de sus cartas.

Querida Inés:
Paul me ha traído a Inglaterra, como ya te anticipé en mi carta anterior. Pensé que me llevaría a alguna casa de campo en las afueras de Londres, pero hemos viajado hacia el sur. Estamos en Cornualles, en un pueblo muy bonito que se llama Pendanze; aunque ahora, en esta época del año, está casi vacío. Me han dicho que en verano es distinto. Me alojo en una casa solariega, de piedra blanca, grande y a pesar de todo, acogedora. Me he quedado aquí sola con tres personas de servicio y con Vera, la mujer de la que Paul me había hablado. Es más o menos de mi edad y aunque al principio me pareció un poco seca y adusta, al final creo que nos llevaremos bien. Prácticamente es como si estuviésemos solas, porque la cocinera no sale de su reino culinario, el jardinero siempre está fuera y la doncella bastante trabajo tiene con mantener la casa al día. También hay un chófer por si queremos salir a algún sitio, pero vive en una pequeña casita en el extremo sur de la finca. El ala izquierda de la casa permanece cerrada; y no he preguntado por qué. Supongo que será para evitar el inútil trabajo de limpiarla a diario, porque nosotras no la usaríamos. Aunque con todo lo que se cuece siempre en este mundo extraño de Paul, igual ese no es el motivo.
Por las noches, cuando me llega el rumor del viento a través de los árboles del jardín no puedo evitar que me vengan a la mente algunos pasajes de “Jane Eyre”. ¿Te acuerdas de cuánto nos gustaba esa novela y como soñábamos con que llegase a nuestras vidas un señor Rochester? Pues bien, Mamá tenía razón cuando nos aconsejaba no desear algunas cosas, no fuese a ser que se cumpliesen. Yo no tengo en mi vida a un señor Rochester; tengo a un Mr. Knigth, que es mucho más guapo que el personaje de Brönte, pero como él también guarda terribles secretos y mucho me temo que mi historia no acabará tan felizmente como la de la institutriz.
En la casa hay un teléfono, pero Vera me ha prohibido usarlo. Al parecer son órdenes de Michael. Cada semana me llega una carta en la que me cuenta nimiedades. Ya sé que no puede decirme nada de lo que ahora mismo está haciendo, sea lo que sea, pero me consume la espera, porque tampoco sé nunca cuando vendrá a verme. En los tres meses que llevo aquí ha venido una vez por mes, y se ha quedado tan solo dos días. No puedo quejarme en cuanto a atenciones, pues Vera se preocupa mucho por mí y cada mes viene un médico de Londres para verificar que el embarazo va bien. Pero me falta lo más importante: Paul no está a mi lado.
La última vez que vino a verme me contó que había depositado una cantidad considerable de dinero en un banco de Ginebra, en una cuenta a mi nombre, para que en caso de que le pase algo yo tenga cubiertas mis necesidades y las del bebé. Es una tranquilidad que se preocupe por eso, si nos atenemos a lo material, pero por otra parte también me preocupa mucho que piense en esas cosas, porque quiere decir que el peligro es real y que en algunos momentos teme por su vida.
A veces, hermana, temo volverme loca de remate. Creo que Vera se da cuenta de que lo estoy pasando mal e intenta, a su manera, distraerme. Me ha convencido de que cada día salgamos de paseo, independientemente del tiempo que haga. Ella es mucho más fuerte que yo; me lleva una cabeza de altura y es intrépida y decidida como un hombre. No le asusta que llueva, que haga frío o que el vendaval que sopla desde el mar amenace con llevarnos a las dos hasta algún lugar perdido de la costa. Me dice diariamente que una mujer embarazada no es una enferma y que el ejercicio me viene bien y me preparará para el parto. No sé de dónde saca esas ideas, porque creo que está soltera y no ha tenido hijos. Pero la verdad es que no tengo ganas ni fuerzas para discutir con ella y me dejo llevar. Lo cierto es que poco a poco he aprendido a disfrutar de esos paseos. Esta tarde, mientras yo estaba sentada en la bancada de la ventana que da al jardín ha entrado casi corriendo y me ha anunciado que mañana temprano saldremos con el chófer e iremos a Truro. No conozco el pueblo, así que será una novedad agradable, supongo. Me ha dejado algo intranquila saber que allí tenemos que encontrarnos con alguien; es decir, ella tiene que encontrarse con alguien. Me imagino que a mí me lleva como una especie de parapeto. Nadie pensaría nada raro de dos mujeres jóvenes, una de ellas embarazada, que van a pasar un día a un pueblo perdido de Cornualles.
Ya te contaré más cosas Inés, que espero que sean agradables. Aunque estoy empezando a hacer caso de los consejos que Mamá nos daba, y he decidido que es mejor no esperar demasiado de ninguna situación. Ya sé, me estoy volviendo una pesimista. Intentaré estar de mejor ánimo la próxima vez que te escriba. Pero mi apatía no me impide decirte que te extraño mucho, y que te quiero.
Irene.





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