18 de junio de 2015

NOVELA 48


A pesar de que Inma estaba inmersa en sus propios problemas, como era su maternidad en solitario y esa incipiente relación con Miguel, tendría que estar ciega para no darse cuenta de que a su amiga le pasaba algo. Últimamente se pasaba las horas pendiente del ordenador o del móvil, apenas comía y dormía mal. Lo sabía porque la escuchaba cada noche como se levantaba e iba hasta la cocina a tomarse un vaso de leche caliente. No quería preguntarle, porque aunque eran amigas desde pequeñas sabía que Amanda odiaba que le hiciesen preguntas. Ella hablaba cuando estaba preparada para hacerlo. Pero en su fuero interno pensaba que esa relación con Michael no la estaba beneficiando en modo alguno. Sólo podía rogar para que ella misma se diese cuenta y la cortase de raíz.
Mientras Inma se preocupaba por ella Amanda intentaba dormir pero al no lograrlo se llevó el portátil a la cama y siguió leyendo sobre Gladio. Se le hacía un nudo en el estómago cada vez que se enteraba de algo nuevo. Se daba cuenta de que la organización se componía de gente que no le hacía ascos a relacionarse con antiguos nazis o fascistas italianos de la peor catadura. Todo estaba bien si llevaba al fin que ellos deseaban. Habían estado protegidos por los gobiernos de los países más importantes, y tanto la CIA como los servicios secretos británicos les habían entrenado, dado cobijo y hasta apoyo económico.
No podía culpar a su tía porque viviese encerrada en su propio mundo. Tuvo que haber sido muy duro para ella saber que el hombre al que amaba estaba inmerso en ese mundo oscuro. ¿Y Michael? ¿Cuál era su mundo? Las pocas veces que estaban juntos se limitaba a hacerle el amor, susurrarle cosas bonitas al oído y hacerle promesas de futuros viajes que nunca se materializaban. Ante él se hacía la tonta y prefería que pensase que no se daba cuenta de nada; pero no dejaba de ver cómo custodiaba su teléfono como si guardase en él secretos de estado, así como una mochila de piel que siempre llevaba consigo. No sabía lo que guardaba allí, y no quería saberlo. A veces la técnica del avestruz era la mejor si se quería seguir conservando algo de paz.
Otra cosa que la molestaba era que Javier se había vuelto demasiado insistente. Ya no sabía cómo darle a entender que no quería nada con él, salvo amistad. Le atraía físicamente y pensaba que en el fondo, y tras esa capa de prepotencia, había una buena persona. Pero no tenía ganas de escarbar para descubrirlo. En este momento nada había que le apeteciese menos que repetir la única noche que pasaron juntos. Amanda era una mujer muy capaz para la mayoría de las cosas, pero en cuanto a sentimientos y relaciones se sabía muy frágil. Y bastaba un leve signo de rechazo para que se encerrase en su caparazón y ya no saliese de él. Javier Valdés, en el caso de que desease algo con ella, había cavado su propia tumba cuando le preguntó si iba a tardar en marcharse a su casa en aquella única noche que pasó a su lado.
Y a esa misma hora, en la casita sobre el puerto, tampoco el arquitecto podía conciliar el sueño. Le llenaba de ira darse cuenta de que se había pasado la vida saltando de cama en cama y rompiendo el corazón de muchas mujeres para terminar perdidamente enamorado de la única que había tenido el valor de rechazarle. Egoísta y vanidoso como era, sólo se le ocurría un motivo para que Amanda no se rindiese a sus pies. Y ese motivo tenía nombre extranjero, y como en la copla, era alto y rubio como la cerveza. Deseó fervientemente tenerle a su alcance para saltar sobre él y partirle la cara y el alma. Como no podía hacerlo decidió hacer lo único que le calmaba: correr. Y aunque fuesen las cuatro de la mañana, eso hizo. A esas horas no había nadie despierto en todo el pueblo más que un perro callejero que le siguió durante un rato, hasta que se hizo demasiado largo el recorrido y también él le dejó solo. Cuando el perro se paró y se echó a un lado del camino Javier se dijo a sí mismo que quizá se había trabajado a fondo encontrarse así, más solo y abandonado incluso que ese pobre animal. Y mientras corría, rompió a llorar por primera vez en muchos años. Las lágrimas le bañaban la cara y alguna de ellas se colaba entre sus labios entreabiertos y le dejaba un sabor amargo y salado, como el de los sueños que nunca se cumplen.

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