19 de junio de 2015

NOVELA 49


A la menor oportunidad que tuvo Amanda le pidió a Vera que se viesen. Lo hicieron en el pueblo más cercano, alejadas de la gente que podía conocerlas, como si estuviesen haciendo algo ilegal. Vera se había puesto otra de sus pamelas, con lo cual se hacía difícil pasar desapercibidas. Pidieron un té con leche en una de las terrazas que había cerca del mar, y el sol que las acariciaba hizo que se abriesen a las confidencias. Amanda fue quien empezó, preguntando.
-Por las cartas de mi tía sé que cuando se quedó embarazada usted estuvo a su lado.
Vera revolvió en el pequeño bolsito malva con cadena, a juego con su pamela, y cambió las gafas que llevaba puestas por unas de sol, algo anticuadas, pero muy chic.
-Sí. Paul me la dejó como se deja a un gatito herido y a mí, que nunca me habían gustado las mujeres, o al menos yo no me había dado cuenta, me conmovió tanto ver su desamparo que a partir del primer día consagré mi vida a ella, a hacer lo que pudiese para que fuese feliz. Pero supongo que fracasé-admitió, encogiéndose de hombros.
-¿Cuánto tiempo estuvieron juntas?
-En aquel momento casi un año. Paul me la entregó cuando estaba embarazada de tres meses. Elena nació allí y se marcharon a España cuando la niña tenía casi tres meses. Para mi ella fue la única hija que tuve, aunque no la hubiese parido. Pero amaba a su madre, y eso me bastaba.
-¿Paul no la visitó en todo ese tiempo?
Amanda sufría con cada pregunta, porque le parecía que era como estar sondeando a Michael, a pesar de que fuesen personas distintas. O quizá no. Había muchas ocasiones, sobre todo cuando leía las cartas de su tía, en que le parecía que Paul se hubiese reencarnado.
-Sí, estuvo dos veces, pero solo un par de días. Y luego, cuando se acercó el momento del parto nos mandó un telegrama diciendo que le sería imposible venir. Creo que el desengaño de Irene comenzó entonces, aunque ella no dijo nada. Tu tía-le dijo, mirándola con infinita tristeza-era una mujer muy paciente y a la que no le gustaba exponer sus sentimientos. Pero yo había aprendido a conocerla y sé que esa ausencia le partió el corazón.
Las dos se quedaron calladas porque había llegado el camarero y cuando se marchó Vera continuó la conversación. Cuando estaba nerviosa su acento extranjero se hacía más patente.
-El parto no fue sencillo. Eran otros tiempos. Irene lo pasó muy mal y quedó incapacitada para tener más hijos. Estaba tan débil como un corderito y ni siquiera pudo amamantar a su hija. Tuvimos que traer un ama del pueblo. Perdió mucha sangre y hubo momentos en que temimos por su vida. Paul vino a verlas dos semanas después, cuando el peligro había pasado.
-¿Y cómo reaccionó mi tía?
-Al principio estaba demasiado débil para pensar. Pero más tarde cuando de manera accidental se enteró de que Paul había estado con su mujer, se sintió defraudada. Aun así, siguió amándole con locura.
-¿En algún momento dejó de amarle?
Vera se quedó pensativa. Después de un par de minutos respondió, como a desgana.
-Nunca dejó de amarle del todo, aunque para ella fue una decepción darse cuenta de que él no quería a Elena de la misma manera que lo hacía ella. Supongo que los padres son distintos a las madres, aunque el mío me quiso mucho y fue siempre mi referente. Pero Paul no llevaba bien las enfermedades, y nunca soportó que Elena no fuese tan sana como su otro hijo.



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