20 de junio de 2015

NOVELA 50



El día siguiente fue largo y complejo para Amanda. En primer lugar porque recibió una llamada que no había esperado nunca recibir y que aun a su pesar la transportó al pasado y le hizo más daño del que pensaba. Estaba ayudando a Carmen a preparar la habitación azul para los padres de Javier, que llegarían aquella tarde, cuando sonó su móvil y comprobó que era Ricardo. Había borrado su número, pero después de tres años juntos era inevitable que lo recordase de memoria. Dudó por un momento pero al final descolgó y le contestó con voz neutra, o al menos eso esperaba ella que pareciese. Tras dos minutos de vaguedades ese novio que la había dejado plantada sin mayores explicaciones más que acusarla de ahogarle emocionalmente, aunque ella se había enterado de que había vuelto con su anterior pareja, le estaba explicando lo solo y triste que se sentía, y cuánto le gustaría que volviese a darle una oportunidad. Amanda cerró los ojos y contó hasta diez. Lo que le apetecía era reírse en su cara, mandarle a la mierda y regodearse en la situación; pero como pensaba que madurar también consistía en aceptar se limitó a decirle que lo sentía por él, pero que el episodio que habían vivido juntos estaba cerrado para siempre y que ella era de la firme creencia de que segundas partes nunca fueron buenas. No quiso escuchar sus protestas y ni sus promesas de hacerla feliz. Suavemente se despidió de él deseándole que fuese feliz y aconsejándole que se cuidase mucho, lo cual para ella era una manera elegante de decirle “ahí te pudras”.
Para calmarse trató de poner orden con las manos en sus siempre alborotados rizos y volvió al cuarto. Carmen ya estaba casi terminando y le ayudó a colocar bien el edredón y ya personalmente puso flores frescas en los jarrones y jabones de lilas y de cedro en el baño. Verificó que las toallas estuviesen en su sitio y que en la nevera hubiese agua, refrescos y fruta fresca.
Cuando estaba terminando de comer apareció, como siempre y sin avisar, Javier Valdés. Saludó brevemente a Inma y le pidió ver la habitación que iban a ocupar sus padres. Amanda se sintió mal por la desconfianza hacia su profesionalidad, pero se guardó muy bien de decirle nada, y con toda la tranquilidad del mundo se la mostró. Lo que más la enfureció fue darse cuenta de que apenas miraba el cuarto y que se había valido de ese truco estúpido e infantil para quedarse a solas con ella e intentar abrazarla nada más cerrar la puerta. Se desasió de malos modos y Javier se quedó mirándola, entre asombrado y furioso. Era la primera vez que le rechazaban y no daba crédito a la situación.
-¿Qué es lo qué te pasa?-le preguntó, casi increpándola.
-¿Qué te pasa a ti, tarado de mierda? Creo que en nuestra última conversación te aclaré muy bien cuál era la situación entre nosotros. Nos acostamos una noche. Punto. No quiero repetir. Y cuando digo no es no, Javier. No soy una de tus chicas. Y si crees que con estas escenas de semental y macho enardecido me vas a ganar, estás muy equivocado. No quiero enfadarme contigo, pero si vuelve a pasar algo así ten por seguro que en la vida volveré a dirigirte la palabra.
El arquitecto se marchó enfadado pero con la cabeza gacha porque aunque no lo reconociese en voz alta ante sí mismo se acusaba de ser un energúmeno. Le había podido su ego, como le solía suceder a menudo y le dio por pensar que Amanda solo intentaba hacerse la dura, pero en realidad estaba deseando volver a meterse en su cama. Pero se había equivocado. La pequeña pelirroja de rizos ingobernables le estaba dando una lección que ninguna mujer antes se había atrevido a darle. Y le dolía, le dolía darse cuenta de que al fin y al cabo él solo era una persona como todas, vulnerable cuando quería a alguien. ¿Cómo podría arrancarla de su mente?
Y para rematar el día, también sin avisar, llegó Michael. Ella estaba en el jardín delantero cortando unas mimosas para ponerlas en la recepción cuando escuchó el inconfundible atronar de su deportivo. Sacudió la cabeza. Era incapaz de pasar desapercibido. Se bajó del coche de un salto y acercándose a ella la levantó en brazos y la hizo girar como si fuese una peonza. Durante unos segundos se limitó a olisquearle y esconder la cara en su cuello, un lugar caliente, familiar y seguro. Luego se preguntó por qué demonios le consentía que llegase así, sin decir nada, después de días de no dar señales de vida. Y recordó las cartas de la tía Irene y las explicaciones que en su momento le había dado a su madre sobre la relación con Paul. Llegó a la conclusión de que se hacen muchas estupideces y se aguantan muchas cosas inaguantables cuando se ama.



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