24 de junio de 2015

NOVELA 51


Como siempre sucedía con Michael, llegaba lleno de energía, de vitalidad, de risas y buen humor, pero apenas contaba nada de lo que había estado haciendo mientras estuvo fuera. Por no saber, Amanda no sabía ni donde había estado. La única vez que intentó preguntarlo él le contesto con vaguedades de tipo aquí y allá, por ahí por esos mundos…Y ella no había insistido. No iba con su carácter hacer preguntas cuando las respuestas eran vagas. Cenaron juntos en un restaurante del pueblo de al lado y durante la cena él estuvo encantador y atento y Amanda se dejó llevar. Se dijo que no merecía la pena estropear aquella velada tan agradable con requerimientos ni llamadas de atención. Ella no era una niña de veinte años y en lo más hondo de su corazón se iba dando cuenta, poco a poco, de que amar a Michael podía ser muy gratificante, pero necesitarle era como empezar a cavar la propia tumba. Porque él no era ni nunca sería del tipo de hombre que está al lado de la mujer que le ama para solucionarle problemas, escucharla o ayudarle a pasar momentos complicados. Ya se había percatado que en las contadas ocasiones en que le habló de alguna desazón suya, por nimia que fuese, él cambiaba de tema o se disculpaba para hacer una llamada, o bien empezaba a contarle uno de sus chistes. Es como si Michael sólo estuviese en su vida para reír, divertirse a ratos y hacer el amor. ¿Eso le bastaría? No, Amanda sabía que no era suficiente. Además de esas cosas ella necesita un compañero, alguien que la cuidase y a quien ella pudiese a su vez cuidar. Michael no era ese hombre, pero al mismo tiempo que estos pensamientos pasaban por su cabeza, le miraba mientras tomaban el postre y su corazón se derretía ante sus ojos brillantes, ante las canas incipientes que le asomaban en las sienes, pero sobre todo con su voz ronca y suave a la vez; esa voz que parecía acariciarla cada vez que decía su nombre. Por eso, una vez más, acalló sus dudas y se dijo que en otra ocasión le hablaría de sus dudas y le diría que ella necesitaba algo más de certeza en su vida.
Cuando ya estaban en la cama y contraviniendo toda aquella prudencia que había tenido en el restaurante, decidió hacerle la pregunta que le venía quemando en la lengua desde que le vio.
-Michael, ¿alguna vez mi tía te llegó a comentar algo de Gladio?
Él siguió acostado a su lado, acariciando su muslo como al descuido y ni su respiración ni su voz cambiaron cuando le contestó, indolentemente que no, que no tenía ni idea de qué le hablaba.
-Me extraña que ella no te hubiese comentado nada, sobre todo en los últimos tiempos. Mi tía sabía que se iba a morir y dado que tú eras su socio y confiaba en ti…
-Pues para empezar no sé ni lo que es eso. ¿Una espada?
-Más bien una especie de red de espionaje, de defensa, no sé muy bien cómo definirlo. Su amante, Paul, era uno de los mandamás.
Michael sonrió despectivamente y le dio unas palmaditas en el mismo muslo que hacía apenas segundos acariciaba; como si fuese una niña pequeña o un animalito. Amanda se sintió molesta y tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarse de él. Tenía la extraña sensación de que Michael le estaba mintiendo y sabía sobradamente de lo que hablaba.
-Mandy, cariño, lees demasiadas novelas de espías. ¿Tú imaginas a tu tía teniendo amoríos con alguien así? Por lo poco que yo sé del tal Knight era simplemente un hombre de negocios, aunque bastante rico, pero nada más.
-Pero esa red existe. Lo he buscado y he leído mucho del tema-insistió ella. Mataron a mucha gente después de que terminase la guerra hasta hace relativamente poco tiempo. Tienes que haber oído hablar del tema.
-¿Tú crees todo lo que la gente cuenta en Internet? No seas ingenua, mi niña. Y no, no he oído nada del tema. A mí no me preocupan las tonterías de ese tipo ni las leyendas sobre la posguerra y esas idioteces. Yo vivo en el mundo real: cuentas de resultados, balances, reuniones de negocios, viajes…
Amanda no se quedó convencida pero no tuvo ocasión de seguir discutiendo del tema, porque el móvil de Michael empezó a sonar y se pasó la siguiente media hora leyendo y escribiendo mensajes, sin hacerle caso apenas. De repente le dieron ganas de gritar, de echarle de su cama, de ordenarle que saliese de su vida y la dejase en paz. ¿Qué necesidad tenía ella de estar soportando a un hombre que sólo venía de higos a brevas y que encima la dejaba de lado por un teléfono sin tomarse la molestia de pedir perdón. Se volvió ostentosamente hacia el otro lado y cuando él terminó de enviar mensajes Amanda fingió que dormía.





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