25 de junio de 2015

NOVELA 52



Pero esos fingimientos no valían con Michael, que parecía tener un radar impreso y sabía muy bien que ella no estaba dormida sino enfadada. Con mimos y arrumacos logró que la sonrisa volviese a su rostro y por una vez le dio una explicación que ella no había pedido: era un tema muy urgente; uno de sus empleados en Inglaterra había tenido un accidente de tráfico y estaba interesándose por su estado y tranquilizando a su familia. Amanda se quedó callada, convencida solo en parte. Desde hacía un tiempo ponía en cuarentena cada cosa, incluso la más nimia, que Michael le contase. Las historias con las que Javier había metido cizaña tenían algo que ver, pero sobre todo era una sensación de incertidumbre en la boca del estómago, sobre todo después de leer alguna carta de Irene.
Al día siguiente Michael salió temprano hacia la conservera y Amanda le dijo que ella se quedaría en el hotel. Estaba esperando la llegada de nuevos huéspedes. Cuando él salió, ella, todavía en bata, se metió bajo la ducha y se sintió algo más animada que los días anteriores. Después de vestirse con pantalón negro y una camisa en tonos anaranjados, recogió en una coleta baja su ingobernable pelo y ella mismo hizo la cama y recogió el cuarto. No quería que Carmen ni la otra chica que habían contratado merodeasen en su intimidad. Recogió uno de los almohadones de la descalzadora y al hacerlo se cayó la mochila de Michael. Se extrañó que se le hubiese olvidado; siempre andaba con ella encima. No fue con intención de cotillear el interior pero estaba abierta y al agarrarla vio la empuñadura de una pistola. Cerró los ojos y se llevó la mano al pecho, hasta que se dio cuenta de que esa misma mano estaba empuñando la pistola. Era pesada, parecía que iba a doblarle su frágil muñeca, y de repente le pareció que la habitación daba vueltas. Volvió a ponerla dentro y no quiso mirar si había algo más. Ya había visto bastante. La dejó encima de la descalzadora y al salir cerró con llave la puerta y se la metió en el bolsillo del pantalón. No quería que nadie más pudiese entrar.
Las tres horas que Michael tardó en volver ella las pasó como pudo, en la recepción, verificando con Carmen el estado de la ropa blanca y supervisando la labor de Delfina, la chica nueva que había contratado y que sabía bastante más de limpiar pescado y coser redes que de aspirar bien los cuartos o dejar las camas bien hechas, por no hablar de tratar con los clientes, que de momento y hasta más ver, le estaba completamente prohibido.
Al oír el coche de Michael le pidió a Carmen que se quedase atendiendo el teléfono y salió al jardín. Michael la recibió con un beso cariñoso pero ella sabía que habría echado en falta la mochila. Caminaron hacia la parte trasera de la casa, en donde el abuelo había plantado hacía muchos años castaños y avellanos. Se sentaron en un banquito de madera debajo de los árboles.
-Me he dejado el teléfono en la habitación-le dijo él, como si no tuviese importancia.
-Si-asintió Amanda, arrebujándose en la chaqueta que se había puesto al salir. Y la mochila.
Michael se sacó las gafas, las limpió y se las volvió a colocar. Si hubiese fumado, ahora sería el momento de encender un cigarrillo. Amanda no era tonta, aunque tampoco curiosa, pero si la mochila estuviese abierta, cosa que era probable, habría visto quizá lo que no debía. Sopesó la situación. No podía hablarle abiertamente, pero sería peligroso dejarla así, sin más explicaciones.
-Has visto algo que te ha asustado, Mandy-afirmó, mientras la atraía hacia su pecho, como protegiéndola, y la abrazaba.
-Es una manera de decirlo-contestó ella, sin apartarse, pero algo tensa, como si no se fiase del todo del hombre que la tenía entre sus brazos. He encontrado una pistola. Es decir, no la he encontrado puesto que no buscaba nada. Simplemente estaba abierta y…
Se dio cuenta de que se estaba justificando, como siempre hacía, y no tenía motivos. Ella no había hecho nada malo y era él quien le tenía que dar unas cuantas explicaciones.
-Sí, llevo una pistola conmigo desde hace muchos años. La necesito, me hace tanta falta como el Smartphone o el portátil. Tengo que contarte algunas cosas. Iba a hacerlo de igual manera, pero no en este momento. Estaba buscando la fuerza necesaria para hacerlo y gracias a mi olvido esto me será algo más…no sé si fácil, pero al menos no me queda más remedio que contártelo.





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