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NOVELA 54



-¿Has matado gente?-le preguntó. Quiero la verdad. No cambiará lo que siento por ti.
-Sí, he matado gente. En la mayoría de los casos era su vida o la mía.
-¿Y en esos casos que no forman parte de la mayoría?
Michael se quedó pensativo, intentando dar con el tono justo. No quería asustarla.
-No soy un asesino, Mandy. No gozo matando. Hubo uno o dos muertos que podemos calificar de daños colaterales, y de eso no me siento orgulloso, ni mucho menos. Son pesadillas que siempre me perseguirán y eso irá siempre en mi conciencia, hasta que me muera. Pero tuve que hacerlo para salvar vidas. Mi trabajo no es sencillo, y a veces hace falta cerrar los ojos a la realidad del momento y pensar en el largo plazo. No siempre se puede hacer. Yo lo intento. Para mantener esto-se tocó la frente-lo más libre posible, y en paz dentro de lo que cabe.
Amanda seguía callada y él pensó que quizá enterarse de la ínfima parte de lo que le había contado haría que le aborreciese. Pero cuando la miró a los ojos tan solo vio en ellos el mismo amor de siempre, mezclado tal vez con terror. Le recorrió la cara con un dedo, delineando sus ojos, su pequeña nariz pecosa y sus labios, carnosos, que se le ofrecían como siempre.
-Eres un amor-le dijo. No sé si entiendes del todo lo que mi trabajo significa, pero tan solo que sigas aquí, a mi lado, significa mucho para mí. No siempre podré contestar a tus preguntas.
-No habrá preguntas-prometió ella. Lo único que me preocupaba era que estuvieses del lado de los malos.
Mientras hablaba parecía tan inocente como una niña.
-Y a veces no podré decirte donde estoy ni a donde voy.
Amanda soltó una risita que quería ser sarcástica pero sonó triste.
-¿Acaso me lo has dicho alguna vez? Supongo que podré resistirlo. Te haré una única pregunta. Mejor dicho; dos.
Él asintió, como dándole su permiso.
-¿Mi tía sabía a lo que te dedicabas, además de a tus negocios?
-Al principio no, pero luego se lo conté. Necesitaba hacerlo. Supongo que me hacía falta que al menos una persona en el mundo supiese como soy realmente. Irene era la candidata ideal. Una mujer callada, sensata, que nunca preguntaba y siempre estaba dispuesta a escuchar. Como tú, vaya-terminó, sonriendo. Ahora hazme la otra pregunta.
Amanda se soltó la coleta, manoseó el pelo de nuevo y se la volvió a recoger, esta vez más tirante.
-En realidad es la misma que ayer. Sobre Gladio. Sabiendo ahora a lo que te dedicas no puedo creer que no conozcas lo que ha sido esa trama y que Irene no se confiara a ti, como tú lo hiciste con ella.
Michael le propuso caminar. Se le hacía más fácil hablar mientras se movía. Salieron por la cancela trasera del jardín y se internaron en un bosquecillo de pinos y eucaliptos. Subieron callados la empinada cuesta y Michael no empezó a hablar de nuevo hasta llegar a lo alto del promontorio, desde donde se veía el mar y a sus pies, como una humilde pero preciosa joya, el pueblo de casitas de colores. La iglesia no estaba en el centro, como era costumbre, sino en la colina que se situaba justo enfrente a ellos.
Michael empezó a hablar y Amanda se dio cuenta de que le ocurría igual que a Vera. Cuando se ensimismaba o estaba nervioso se le notaba mucho más el acento extranjero.
-Sí. Sé lo que es, lo que ha sido Gladio-se corrigió. Es imposible moverse en mi mundo y no saberlo, aunque ese tema para mi sea un pasado ya remoto. Ahora el mundo se enfrenta a problemas mucho más graves que el avance del comunismo y la conjura para frenarlo. Comparado con lo que ahora se cuece, eso me parece un juego de niños.
-Pero ha habido muertos-le rebatió Amanda. Con lo cual a mí no me parece que haya sido un juego de niños ni algo con lo que bromear.
-No me malinterpretes, Mandy-le dijo tomándola de la mano. No he querido burlarme. Pero en contestación a tu pregunta, sí; conocía Gladio y ayer te mentí.
-Ayer y muchas veces-le recriminó.
Unas cuantas-reconoció, cabizbajo. Aunque quizá haya habido más de ocultación de la verdad que mentiras en sentido estricto. No podía, ni puedo-recalcó-contarte a donde voy cada vez que salgo de aquí, ni lo que hago. No porque yo no quiera, sino porque no puedo ni debo. Tengo que proteger lo que hago y también protegerte a ti.
Amanda sonrió con una risa falsa. Le sonaba a cuento chino, pero no discutió cuando él le aseguró que era así.
-Es un mundo desconocido para ti, así que no emitas juicios anticipados. Créeme, lo mejor es que no sepas nada. Para ti soy tan solo Michael Field, tu socio.
-¿No es tu verdadero nombre?
-Me llamo Michael.
-Pero Field no es tu apellido
Él se encogió de hombros y la abrazó.
-¿Qué más da?-le dijo acariciándole el pelo. No importan los apellidos. Soy tuyo, me llame como me llame.
Amanda no contestó. ¿Para qué? En el fondo sabía que Michael no era suyo y nunca lo sería. Las personas como él y como Paul no pertenecían a nadie más que a sí mismos.


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