30 de junio de 2015

NOVELA 55


Aquella noche, después de hacer el amor, cuando Michael ya dormía y como siempre la sujetaba entre sus brazos, la cabeza reposando en su pecho, Amanda pensó en todo lo que le había contado. No estaba segura de que fuese verdad, pero prefería pensar que lo era, porque si no tendría que preguntarse por qué llevaba una pistola. Y no quería ni imaginar las muchas respuestas que le vendrían a la mente porque ninguna le agradaba. Pertenecer a los servicios secretos de un país era algo extraño, arriesgado y fuera de lo común, pero al menos estaba dentro de la ley. O todo lo dentro de la ley que se podía estar. No era ninguna boba y sabía que la Inteligencia de la mayoría de los países hacía cosas que no eran completamente legales. Ella decidió pensar que al menos sería por una buena causa. Se apretujó más contra Michael, que en sueños la acogió y la estrechó más contra sí. Lo único que ahora mismo le importaba era el calor que de desprendía de ese cuerpo que se había fundido hacía poco en el suyo y que dentro de ese pecho había un corazón que ella había sentido latir bajo su palma. Todo lo demás…prefería no pensar en ello. Si estaba escrito que su vida tuviese que ser un calco de la de su tía, ¿Qué podía hacer ella para impedirlo? Y con estos pensamientos tan pragmáticos se fue quedando dormida arrullada por el sonido del viento que silbaba entre los árboles del jardín y por la suave respiración de Michael en su oído.
Él se había dormido mucho antes, aliviado en parte por lo que le había contado, todo ello verdad, pero todavía con el corazón ensombrecido por lo mucho que le seguía ocultando.
Cuando se marchó dos días después, Amanda salió a despedirle como era su costumbre. Le dio un apretado abrazo y le entregó una cajita. Él la abrió y se sorprendió al encontrar una cruz de plata que colgaba de una cadena. Suavemente ella se la quitó de las manos, le mandó con un gesto que se agachase y se la puso al cuello.
-Para que te proteja-le dijo. La he llevado a bendecir.
-Pero es que yo no creo en Dios-adujo él-con lo cual no creo que tenga valor.
-Pero Dios cree en ti-le rebatió ella, sin dar lugar a discutir. Y ahora bésame y vete. Ya sé que no te gustan las despedidas largas. Cuídate mucho, amor mío-musitó ya para sí misma, mientras le decía adiós con la mano.
Nunca se había quedado tan desolada con la marcha de Michael. Antes solo se preocupaba de que le mandase algún mensaje por el hecho egoísta de saber que la persona que se ama corresponde de igual manera. Ahora miraba las cosas de forma muy distinta. Necesitaba saber de él, pero sobre todo necesitaba saber que estaba bien, que no le había ocurrido nada. Y también le pesaba que no podía hablar con nadie de esta preocupación. Ninguna persona podía ayudarle a sobrellevar la carga porque era un secreto de Michael que ella no podía desvelar aun a riesgo de que al ahogase el miedo por su bienestar.
Cuando aquella noche se acostó llevó consigo la cajita con las cartas. Hacía ya un tiempo que no las compartía con Inma. Ahora su contenido se había vuelto demasiado íntimo y no se encontraba cómoda con la situación. Le ayudaba que su amiga estuviese inmersa en su próxima maternidad y en la incipiente relación con Miguel, con lo cual ni se había vuelto a acordar de las cartas.
Querida Inés:
Ya ha sucedido. Soy madre y tú eres tía de una preciosa niña a la que he decidido llamar Elena. Tienes los mismos ojos verdes que nosotras dos, pero creo que será muy rubia, como su padre. Ha sido un parto muy complicado, y suerte tengo de seguir con vida. Paul, se me abren las carnes al decirlo, no estuvo presente a pesar de haberlo prometido. Por eso le he puesto a mi hija el nombre que me ha dado la gana y no le he consultado. Le niego ese derecho. Ha venido más de una semana después y aunque se ha alegrado mucho y me ha regalado muchas joyas que no sé cuándo me pondré, no me basta. Mi mejor regalo hubiese sido que en el momento de dar a luz a nuestra hija él hubiese estado sujetando mi mano y acallando mis gemidos de dolor.
A veces, hermana, durante la noche, mientras mi hija duerme tranquilamente, yo la miro y se me llenan los ojos de lágrimas porque pienso que ella siempre será una hija de segunda para su padre. No creas que me mueve la envidia al hijo de Paul ni el resentimiento. No podría sentir eso por un niño inocente, y menos por uno de Paul, ya que tanto le amo a él, todavía.
En este momento tan complicado mi mayor apoyo ha sido Vera. Ella es el puntal y la roca que me ha sostenido en cada momento. Y pensar que al principio me parecía un tanto rígida y fría. Tenía mucha razón Mamá cuando nos aconsejaba no juzgar a nadie por las apariencias. Y sobre todo lo que más me alegra es ver cuánto quiere a Elena. Los primeros días yo estaba tan débil que no podía ocuparme del bebé y era Vera quien la alimentaba, hacía que se durmiese y velaba por ella. Siento mucho tener que decirlo pero ha hecho más por mí que el propio Paul. Sé que me ama, pero también sé que no soy lo primero en su vida, y ya no me refiero tan solo a su esposa, sino a sus quehaceres, ya que me niego a llamarle trabajo.
Ahora te dejo, hermana. Pronto volverás a tener noticias mías. Te quiero.
Irene

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