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A VER, CALAMIDAD...




Ayer pasé la tarde con mi madre y mi abuela. Hablamos de muchas cosas; hasta de sexo. Sí, las mujeres de mi familia somos bastante raras. Las dos me preguntaron por mi Daniel. Para ellas no es solo un personaje sino que se ha convertido en alguien casi real, o me atrevería a decir que muy real.
Y esto me ha llevado, ya sola en casa, a pensar mucho y analizarme, que es algo que me viene muy bien. Me pongo delante del espejo y me digo: “A ver, calamidad, vamos a charlar un rato. ¿Por qué has hecho tal o cual?”.
En esta ocasión me preguntaba que me movió, hace cinco años, a crear a Daniel. Y buscando, buscando, retrocedí a mis diecisiete años, como en la canción. En aquel momento yo iba cada día en lancha desde Mugardos a Ferrol, al Instituto. En el muelle me esperaba invariablemente, poco después de las ocho de la mañana, Jesucristo.
No, no desvarío ni estoy siendo sacrílega. Era un compañero de clase un par de años mayor que yo, al que puse ese nombre porque tenía una barba pelirroja que le llegaba al pecho y era muy alto y delgaducho. Como el Caballero de la Mano al Pecho de El Greco, pero en pelirrojo, con ojos azules y gafitas redondas a lo Lennon. Ah, y fumaba en pipa, cosa que a mí in illo tempore me parecía de lo más sexy y bohemio. Nos sentábamos juntos en clase, estábamos juntos en la cafetería, y hacíamos juntos el camino desde el muelle hasta el Instituto, que como íbamos despacio, era casi media hora, aunque se recorriese en mucho menos.
Si, estábamos enamoriscados, pero…la cosa no cuajó ni hubo nada de nada, más que muchas conversaciones, lectura de poesía y empaparnos bajo la lluvia. Yo era novia del que luego fue mi marido y padre de mis hijos, y él también tenía novia. Y sobre todo, los dos teníamos muchos principios, pero no como los de Groucho Marx. Y éramos muy jóvenes, y muy bobos, supongo. El caso es que nunca nos dimos ni un beso ni nos tomamos de la mano. Lo más cerca que estuvimos de tocarnos fue una mañana de lluvia que me resbalé justo delante de Capitanía y para que no aterrizase a los pies de los ínclitos infantes, me sostuvo.
Pero unos días antes de que se terminase el curso los dos andábamos bastante alicaídos. Sabíamos que se habían terminado los paseos mañaneros, los susurros mientras el profesor de turno soltaba su rollo y los bocatas de calamares en la cafetería.
Nunca más supimos el uno del otro, pero imagino que Jesucristo me dejó huella porque cuando creé a Daniel, de manera totalmente inconsciente, le hice igual que seguramente sería él a los cuarenta y tantos años.
A veces la mente nos juega estas pasadas. Momentos y recuerdos que parecen olvidados afloran cuando uno menos se lo espera. Sólo puedo darle las gracias por haber compartido brevemente una parcela de mi vida de entonces y por haberme regalado a mi Daniel.

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