1 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 27



Cuando abrí los ojos por la ventana se filtraba una débil claridad invernal, y sentí un peso encima de mis piernas que me impedía moverme. Me incorporé algo y descubrí la razón de mi inmovilidad; Daniel se había quedado dormido, y supongo que sin darse cuenta me aprisionó las piernas con la parte superior de su cuerpo, mientras la otra media colgaba de la cama. No se cómo era capaz de dormir en semejante postura; pero al parecer estaba cómodo. No podía decir lo mismo de mí, porque las piernas se me habían quedado sin circulación, pero tampoco quería moverme y despertarlo. Menos mal que cinco minutos después abrió los ojos y me miró, asustado, atusándose el pelo. Parecía no recordar donde se encontraba, hasta que consiguió ponerse en pie.
-Buenos días-le dije. Menudo dolor de espalda vas a tener.
Se estiró y se frotó los ojos, antes de mirar qué hora era.
-Buenos días. Siento haberme quedado dormido encima de ti. ¿Cómo estás?
-Mejor, débil, pero entera. Cuando me haya duchado, estaré perfecta.
-¿Podrás tú sola?
Me ruboricé, supongo.
-Claro que si.
-Pero deja la puerta entreabierta.
-¿Para qué?
Se echó a reír.
-Por si te mareas, para que no te rompas la crisma en la bañera. No soy un pervertido que se divierte espiando, si es lo que te preocupa. Que desconfiada eres, Nefertiti. ¿Tan poco de fiar te parezco?
Cuando acabé de ducharme me sentí de nuevo persona; e incluso tuve la suficiente presencia de ánimo para maquillarme un poco, al menos para disimular el mal color y las ojeras. Me puse un pañuelo de tonos anaranjados, que hacía juego con mi jersey, y entré en la cocina, desde donde me llegaba el aroma del café. La mesa estaba puesta y Daniel había hecho zumo de naranja y tostadas. Pero mi estómago no estaba bien todavía, y preferí tomar solamente un te con una nube de leche y una tostada; sola, sin mermelada ni mantequilla. Ahora me encontraba un poco cohibida; no sabía como darle las gracias, quizá porque su ayuda la noche pasada había significado tanto para mí que cualquier palabra que pudiese pronunciar estaría vacía de significado. Pero algo tenía que decir.
-Daniel-empecé, vacilando un poco. Quiero que sepas que nunca nadie se había comportado conmigo de esa manera.
-¿De qué manera?-me preguntó, untando generosamente su tostada de mantequilla.
-Quiero decir que nunca podrás darte cuenta de lo que significa la ayuda que me prestas. Cuando supe que estaba enferma, pensé que solo iba a contar con la ayuda de mi hermano, y lo que estás haciendo…
No me dejó seguir; me pidió que acabase de desayunar y dejase de gastar saliva en vano. Y yo no quise discutir, porque en realidad, ¿qué más podía decirle? ¿Cómo expresar lo que sentía? Recogimos la mesa en silencio y de común acuerdo, aunque sin necesidad de palabras, nos pusimos ambos a escribir. Yo necesitaba evadirme de la realidad porque me daba miedo enfrentarla; y no sólo era temor al futuro por el mal que me aquejaba; sino que temía mis propios sentimientos; lo que hacía ya un tiempo que estaba naciendo dentro de mí, pero que tenía que cortar de raíz, antes de que fuese demasiado tarde. Recordar la historia de las mujeres de mi familia me ayudaría, porque si ellas habían tenido tan mala suerte en el amor, no iba yo a romper la tradición.



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