1 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 28



Querida Úrsula:

No se si tu abuela Ana fue feliz en su primera juventud; supongo que si, como todas las chicas jóvenes y sin demasiadas preocupaciones. En todo caso, debió de ser un momento corto y puntual de su vida; pues desde mis primeros recuerdos, siempre que pienso en mi madre me viene a la mente una mujer hermosa, pero triste y abatida, vencida por la vida y que había renunciado a todo, incluso a la sonrisa. No se que hubiese sido de mi si en la infancia no hubiese estado arropada por la sombra protectora y amable de mi abuela. Se que mi madre empezó a trabajar poco después del accidente en la consulta de un médico, como secretaria y recepcionista. Este médico no era otro que Ernesto Montes, mi verdadero padre, aunque eso hace muy poco que lo he descubierto. En mi casa el dinero se hizo escaso cuando Luís se quedó en la silla de ruedas, pues estuvo unos años sin trabajar, y por eso mi madre tuvo que buscar un empleo. Nadie me ha contado como empezó ella su relación con quien fue mi padre, pero no hace falta ser muy imaginativo para darse cuenta de que un hombre y una mujer, ambos jóvenes, que se ven todos los días y pasan juntos mucho tiempo, pueden acabar enamorándose o al menos creyendo que se aman lo suficiente para tener una aventura. Es fácil de entender que la vida de Ana había cambiado mucho, y para mal; y que para una mujer joven debía ser duro estar atada a alguien de por vida por el mero sentimiento de la culpabilidad, más que del amor. Hasta hace muy poco tiempo no supe que tampoco Ernesto era demasiado feliz en su matrimonio. Parece ser, según me contó mi hermano, que su madre y nuestro padre se conocían desde pequeños, pues sus familias eran amigas y sus padres veían como un hecho consumado que los hijos acabarían casándose. La mujer de Ernesto se llamaba Mercedes; y era hermosa, según las fotos que he podido ver. Bastante distinta a mi madre, pero muy hermosa. Creo que ellos no fueron culpables, que no buscaron hacer daño a terceras personas; sino que simplemente no pudieron evitar lo que pasó; o quizá no lo intentaron con la suficiente fuerza. Es fácil condenar a los adúlteros; pero pienso que nadie se levanta una mañana, decidido a engañar a la persona con quien comparte su vida, sino que simplemente sucede; y hay gente que tiene más facilidad que otra para dejarse llevar. Lo grave de esta situación es que hubo una consecuencia inesperada, y esa consecuencia fui yo. Era impensable en aquellos tiempos que un matrimonio de buena posición, como el de Ernesto y Mercedes, se rompiese por un devaneo, aunque fuese con resultados. Y más impensable era todavía que mi madre abandonase a Luís por un médico casado y con un hijo de dos años, aunque estuviese embarazada de esa misma persona. El hombre que me crió como amante padre tenía a mi madre sujeta por la fina cadena de la culpa y el remordimiento, y no pensaba romperla tan fácilmente. En su descarga tengo que decir que a mí siempre me adoró y que fue el mejor padre que una niña pueda haber soñado. Por eso le quiero y tengo de él tan buen recuerdo. Y con el tiempo he aprendido a perdonar a mi madre, y también a querer a mi verdadero padre; sobre todo porque gracias a él, a sus desvelos, la vida me ha regalado algo a lo que creí que nunca tendría derecho: un hermano.
Pero no quiero adelantarme demasiado en los acontecimientos. Seguiré, poco a poco, contándote la historia de nuestra familia. Entretanto, nunca olvides que te quiero.
A la hora del almuerzo conseguí comer algo, no mucho, porque no tenía hambre y también porque temía vomitar de nuevo. Mientras comíamos Daniel me contó que su libro estaba ya bastante adelantado, y que estaba contento del ritmo de trabajo que había conseguido.
-A pesar del tiempo que te hago perder.
Puso los ojos en blanco y resopló.
-Vaya, ya estabas tardando en sacar el tema. Me apetece salir a pasear, pero no por aquí. ¿Vamos en coche a algún sitio?
-No se, como tú quieras, pero entonces tiene que ser ya, porque anochece enseguida. ¿Adonde quieres ir?
-Había pensado que me gustaría conocer el castillo de esos amigos tuyos que están enterrados en la iglesia.
-¿De los Andrade?-no pude evitar echarme a reír. Bueno, no es que seamos íntimos, pero si, nos conocemos desde que yo era pequeña. Si quieres vamos, no está demasiado lejos; aunque te advierto que no es un castillo.
-¿Ah no?
-Sólo queda la torre del homenaje en pie. El castillo quedó casi destruido en la época de las guerras irmandiñas, allá hacia mediados del siglo XV, aunque se reconstruyó. Pero no esperes ver un castillo al uso, solo hay un torreón; y no se si en esta época del año se podrá entrar.
-Da igual, me contentaré con verlo por fuera si no puede ser de otra manera.
Me abrigué bien y salimos hacia el castillo de los Andrade. Daniel estaba concentrado en la carretera y yo aproveché para mirarle de reojo, pero no se si fue porque sintió mi mirada, que apartó la vista del frente y también él me miró.
-¿Estás examinándome?-me preguntó
Me puse colorada como un tomate, porque me había pillado, y no sabía qué decir.
-El paisaje me resulta muy familiar; quizá por eso decidí mirarte a ti. ¿Sabes que tengo que ir al juzgado el viernes?-le dije, para cambiar de tema.
-¿Qué has hecho?
-Es por el tema del divorcio; simplemente tengo que ir a firmar. Me ha llamado el abogado esta mañana; mandan los papeles desde el juzgado de Madrid para que yo los firme aquí.
-¿Y ya serás una mujer libre?
-Casi, después de esa firma, en menos de un mes, estaré divorciada.
-¿Lo lamentas?
No pude menos que reírme. En realidad, me daba igual. He de reconocer, con algo de vergüenza, que apenas pensaba en Arturo; de hecho me resultaba muy penoso que fuese tan fácil poner punto y final a veinticinco años de mi vida sin apenas pensar en ello.
-No-le contesté. No lo lamento en absoluto. Es una época pasada de mi vida, de la que no reniego, porque gracias a él tengo a mi hija, pero de la que tampoco siento nostalgia.
-No tienes por qué contármelo, pero tengo curiosidad por saber qué pasó para que dejases de quererle.
Me encogí de hombros, porque yo misma me lo había preguntado muchas veces.
-No podría decirte que fue algo en concreto, porque mentiría. Creo que hubo un montón de cosas que se unieron para que nos fuésemos alejando. Arturo, a medida que prosperaba en su despacho, pasaba cada vez menos tiempo conmigo, y me iba separando de su vida. Le resultaba cómodo vivir a mi lado, porque tenía la casa siempre a punto, la comida que le gustaba y hasta se me daba bien hacer reuniones en casa que le ayudasen con sus clientes. Pero no teníamos mucho que decirnos. Al principio yo le preguntaba por las cosas de su trabajo; al fin y al cabo, yo también había estudiado Derecho; pero a él no le gustaba, me di cuenta enseguida. Y nos alejamos cada vez un poco más.
-¿Quién tomó la decisión de separarse?
-Yo. Hacía ya dos años que él dormía en otro cuarto, y en realidad nos llevábamos bien; no discutíamos a gritos y él me trataba con respeto; como a una amiga. Pero cuando supe que tenía cáncer y pensé que me podía morir, decidí que no podía continuar a su lado un minuto más.
-¿Y por qué en ese momento, precisamente?
-Te parecerá absurdo, pero me crie con mujeres que no fueron demasiado felices en sus relaciones, y a pesar de todo, siguieron hasta el final. Decidí que yo no sería igual que ellas, que tomaría mi propio camino antes de que fuese demasiado tarde. No se por qué, pero se me hacía insoportable la idea de prepararme para morir viviendo en una enorme mentira. Quería estar en paz conmigo misma. Y por otra parte, tenía la plena seguridad de que Arturo estaba manteniendo una relación con una compañera de trabajo.
Daniel sacudió la cabeza incrédulo, y me preguntó por qué lo había soportado.
-Lo que me molestó fue que no me contase la verdad, porque yo no entendí nunca el engaño; pero no me sentí como la típica esposa enamorada y engañada, porque desde hacía bastante tiempo no tenía ese tipo de sentimiento hacia Arturo. Aunque no te negaré que no es agradable que alguien te sustituya por una mujer más joven y encima con la que comparte su trabajo, cuando a mi me apartó de su lado en ese sentido, y desde el principio.
-Sigo pensando que es un capullo, a pesar de lo que tú me digas. Y no entiendo cómo no se le cae la cara de vergüenza al saber que le necesitas y no está a tu lado.
Le toqué ligeramente la mano cuando usó la palanca de cambios; solo un roce ligero.
-Te equivocas, no le necesito en absoluto. Tengo el mejor médico del mundo, que es mi hermano. Y en una situación como la de anoche, Arturo se hubiese quedado en la cama muy tranquilo, porque no sabría que hacer, y probablemente al verme vomitar le hubiese dado tanto asco que él mismo acabaría echando la primera papilla.
-En el fondo me alegro de que sea tan cabrón; así no es difícil quedar mejor que él; incluso un inútil como yo puede hacerlo.

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