2 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 29



Me limité a sonreír. ¿Qué le iba a contestar? No podía decirle que estaba muy lejos de ser un inútil, que me parecía el hombre más encantador del mundo y que desearía haberle conocido mucho antes y en otras circunstancias. Tampoco podía decirle que a pesar de mi enfermedad las últimas semanas habían sido las más felices de mi vida, ni podía confiarle que cada minuto que pasaba con él lo disfrutaba ni a tope, ni que me hubiera gustado alisarle el pelo, siempre revuelto, o tomarle de la mano al caminar. No, no podía decirle nada de lo que sentía; así que era mucho mejor permanecer callada. Estábamos llegando al castillo, a lo que de él quedaba. Visto a lo lejos ya impresiona, pero desde cerca a mí siempre me ha dejado sin palabras, literalmente, porque me transporta a otros tiempos y no puedo dejar de imaginarme a los Andrade como señores de toda la comarca, luchando, guerreando, tomando parte en fiestas y torneos. Miré a Daniel, que también se había quedado asombrado.
-Bien, aquí estamos.
Bajamos del coche y me tomó del brazo para ayudarme a subir por el camino de firme irregular y algo empinado que conducía al torreón. Milagrosamente en aquella época del año, la valla estaba entreabierta, y Daniel, sin encomendarse a nadie, entró. Inmediatamente le salió al paso una mujer de mediana edad, con cara de malas pulgas y entrada en carnes. Parecía que estaba dispuesta a echarnos de allí con cajas destempladas.
-Está cerrado. ¿No saben leer? No se abre al público hasta el mes de abril.
Daniel hizo caso omiso de la desagradable acogida, y le sonrió de una manera franca y encantadora.
-Perdone, ya lo hemos visto, si, pero es que verá, la madre de mi esposa-traté de no mostrarme demasiado asombrada-está muy enferma, en realidad en fase terminal; y nació en los alrededores. No sabe usted como echa de menos este torreón; le trae recuerdos de su infancia, ¿verdad, querida?-me dijo, tomándome de la mano. No pude hacer otra cosa que asentir, seguirle la corriente. Y hemos pensado que a usted no le importaría que pasásemos para hacer unas fotos y darle un poco de consuelo a una pobre anciana.
Hasta a mi me había convencido la sarta de embustes, y la desagradable mujerona se enterneció y nos dejó subir, aunque no se quitó la cara de malas pulgas. Daniel pasó delante, arrastrándome más que llevándome de la mano. Cuando ya estábamos un tanto alejados me preguntó si me veía con fuerzas para subir los empinados escalones.
-Si, si vamos despacio, creo que podré. Siempre que tires un poco de mí. Trolero-no pude menos que decirle. No sé como no te has ruborizado al colocarle semejante historia a la pobre mujer.
-Hacía teatro en la universidad y el drama siempre se me dio muy bien; la comedia no tanto. Creo que estuve convincente, ¿verdad?
No le contesté, no podía hablar, tenía bastante con subir. Pero mereció la pena, porque cuando llegamos a la parte más alta de la torre, una especie de terraza de piedra; el espectáculo, a pesar del día invernal, era impresionante. Se veía todo el pueblo cercano, la desembocadura del Eume, el mar, cuyo azul contrastaba con los distintos tonos de verde del paisaje. Nos quedamos de pie mirando a lo lejos, el brazo de Daniel descansando levemente sobre mis hombros. Cuando me quise dar cuenta me había abrazado y me estaba besando; un beso de verdad. Sentí sus labios dulces sobre los míos, y su barba rascándome levemente la cara. No se cuanto duró, pero si sé que cuando nos separamos estaba como en trance y no era capaz de pronunciar palabra. Él me sonrió.
-Para que la mujer de abajo quede convencida de que es verdad que estamos casados, que nos amamos.
A pesar de la sorpresa no pude menos que reírme yo también.
-Los casados no suelen darse apasionados besos en público.
-¿Tú crees? No todos los matrimonios tienen por qué ser aburridos y sin pasión.
-Bien, en cualquier caso, no es necesario llevar la farsa tan lejos; tu actuación fue tan buena que te creyó sin problemas.
-El beso fue real, al menos por mi parte-me dijo
Me volví de espalda a él, no quería que me viese la cara.
-Dice la leyenda que hay un túnel que comunica el castillo con el pueblo, para que la gente pudiese llegar aquí a resguardarse de un ataque sin correr peligro-le conté, sobre todo para que no siguiese por el camino que había iniciado.
-Eres muy hábil cambiando de conversación cuando mejor te conviene, Nefertiti. Pero por esta vez dejaremos aquí la cosa. Otro día seguiremos…con la conversación, quiero decir. Y ahora, bajemos. No conviene hacer esperar a esa señora, no vaya a ser que se acabe nuestra buena suerte y se enfade.
Me tomó de la mano para bajar y cuando emprendimos la vuelta ya estaba anocheciendo.
Insistió en que parásemos a merendar en Pontedeume, aunque yo no tenía hambre, pero al parecer todo lo que Diego decía era ley para él. Le indiqué una cafetería antes de llegar al centro del pueblo, donde hay mucha variedad de té y café; y mientras él se tomó un café italiano yo elegí un té de naranja y frambuesa, una extraña mezcla que me dejó en los labios la sensación de estar comiendo flores.
-¿Estás cansada?-me preguntó.
-Algo, si, pero estoy bien. Me ha gustado mucho volver al castillo, hacía tiempo que no estaba. Y el ejercicio hará que esta noche duerma bien, o eso espero, al menos. Aunque tengo miedo de encontrarme mal de nuevo.
-Si lo dices por las náuseas, espero que este solucionado. He llamado esta mañana a Diego y le he explicado lo que pasó. Vendrá esta noche a cenar y te traerá una medicina para solucionarlo.
-¿Por qué lo has hecho?
-Porque sé que tú no ibas a hacerlo; no se porque extraño motivo no quieres dar a conocer a los demás tus padecimientos.
-No es eso, es que siempre he detestado a la gente que se queja continuamente.
Bebió un poco de su café y me miró entornando los ojos.
-Hay una ligera diferencia entre una persona quejica y sufrir sin necesidad.
-Bien, voy a baño antes de que sigas sermoneándome.
Cuando me estaba lavando las manos vi mi imagen reflejada en el espejo; y aunque ya no me resultaba tan extraña, si que me preocupó ver que tenía la barbilla y la zona alrededor de la boca como enrojecida, irritada y reseca. Se lo comenté a Daniel cuando ya salíamos hacia el coche.
-¿Tú no te has fijado?
-Si, me ha dado cuenta hace ya un rato.
-¿Y por qué no me lo has dicho?
Se encogió de hombros mientras me abría la puerta para que entrase en el coche.
-Supongo que porque me sentía culpable.
-¿De qué? No tengo ni idea de que estás hablando.
-Me temo que esa irritación es por mi culpa-me explicó mientras daba marcha atrás para salir del aparcamiento. Por mi barba, cuando te besé.
-Tu barba no pica-le dije sin mirarle.
-Pero ahora tu piel está más delicada, acuérdate de lo que te dijo tu hermano. Pero no te preocupes, me afeitaré, si hace falta.
-No, no será necesario-le atajé, muy seria. No quería que se hiciese la idea equivocada de que me iba a estar besuqueando de continuo. No éramos dos adolescentes descerebrados, o eso esperaba, al menos.

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