3 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 30



Apenas habíamos bajado del coche cuando llegó Diego. Entramos en casa y, para mi asombro, le dio a Daniel un paquete explicándole con que frecuencia tenía que tomarme una medicina llamada Dolasetron, que al parecer evitaría los vómitos y las náuseas.
-¿Se puede saber por qué se lo das a él? La que vomita soy yo.
-Ya lo se, pero se lo doy a Daniel porque de ti no me fío. Si no fuese por él no sabría que has pasado mala noche. Eres como una niña malcriada y hay que controlarte.
-Sois bastante insoportables los dos. Me voy a la cocina a preparar la cena antes de que diga algo de lo que luego me arrepienta. Voy a hacer una tortilla de patata.
-Avísame cuando tengas que darle la vuelta-me dijo Daniel. Tú todavía no puedes hacerlo.
Me fijé en la sonrisa de mi hermano y me escabullí hacia la cocina, harta de los dos y sus bobadas. Mientras pelaba las patatas les oí hablar y reírse en la sala, y me alegré de que congeniasen bien. El olor del aceite calentándose en la sartén me revolvió el estómago y supe que no sería capaz de comerme la tortilla, aunque era uno de mis platos favoritos. Pero a pesar de todos mis males, de mi cabeza pelada, pues el poco pelo que me quedó después del corte estaba empezando a caerse, me sentía contenta. No puede menos que reír para mis adentros y decirme que era una inconsciente o una imbécil por sentir lo que sentía. Ni siquiera cuando empecé mi noviazgo con Arturo, a los veinte años, me había sentido así. Bastaba oír la voz de Daniel o sus pasos cerca para que se me llenase de mariposas el estómago. Sacudí la cabeza, intentando alejar esos estúpidos pensamientos de mi mente. Tenía que mantenerme fría y no dejarme llevar, porque no estaba en condiciones de enredarme en una relación. Daniel interrumpió mis pensamientos al entrar en la cocina a buscar los platos para poner la mesa.
-¿Está ya preparado para darle la vuelta? No se te ocurra hacerlo a ti.
-Tranquilo, nunca cometería semejante pecado. Si, dale la vuelta.
Diego entró al poco rato y los dos anduvieron rondando por la cocina, embromándome y burlándose de mí. Les dejé hacer, pero cuando Daniel salió a buscar más leña para la chimenea, Diego se acercó a mi, y me dijo algo que me dejó sin palabras.
-Ese muchacho te quiere de verdad. Si no lo ves es que estás más loca de lo que yo pensaba. No desaproveches la ocasión, porque la vida nos hace pocos regalos. ¿No te das cuenta de que no te quita los ojos de encima, que solo está pendiente de ti y de cualquier cosa que necesites?
No fui capaz de contestarle a Diego, pero creo que tampoco él esperaba que lo hiciera. ¿Sería verdad que Daniel sentía por mi algo más profundo que una leve atracción provocada por la novedad y la cercanía? No lo sabía, pero es que tampoco me quería detener a pensarlo, quizá porque no deseaba alentar más fantasías que las que ya algunas noches, cuando no podía dormir, asaltaban mi mente. No tenía un futuro definido, había decidido vivir al día y no hacer planes, así que no era conveniente que otra persona formase parte de mi vida.
Cuando nos sentamos a la mesa ya me había recuperado bastante del impacto que las palabras de Diego me habían causado. Daniel había encendido el fuego en la chimenea, y se estaba bien. Fuera había empezado a llover. Le pedí que abriese una botella de vino, y cuando empezó a servir, Diego lo rechazó, diciendo que tenía que conducir.
-Venga, no seas agonías-le dije. Quédate a dormir, hay sitio de sobra, y te vas mañana. ¿A qué hora empiezas?
-Tengo la primera consulta a las once.
-¿Lo ves? No tienes ni que madrugar. Daniel, sírvele. Esta noche vamos a brindar por nosotros, por la vida, por lo que queráis.
Pero nada más empezar a comer, un dolor sordo en la boca del estómago y unas horribles arcadas me hicieron levantarme de la mesa. Daniel vino detrás de mí, y Diego se quedó en segundo plano. Apenas me dio tiempo a llegar al baño, y empecé a vomitar. Daniel se quedó conmigo, por más que le hiciese señas para que saliese. Cuando me recuperé, volví a la mesa.
-Después de que hayas empezado a tomar la medicina que te traje, se acabarán estas molestias.
-Eso espero-le dije, sentándome de nuevo. Él me puso delante un te que me había preparado, y la marejada de mi estómago se calmó un poco.
-¿Estás mejor?-me preguntó Daniel.
-Si, gracias. Siento haber estropeado la cena.
-No lo has hecho; eso no tiene la menor importancia-me aseguró Daniel.
Pero si la tenía; al menos para mí, porque me hizo afianzarme en la idea de que no podía ni debía empezar algo con Daniel. Estaba muy enferma, débil y siguiendo un tratamiento que, aunque pensado para ayudar a curarme, también me dejaría importantes secuelas. No podía ofrecerle nada, y no era tan egoísta como para mantenerle a mi lado solo porque me estuviese enamorando de él.
Me fui a la cama muy desanimada, y dormí mal; es decir, apenas dormí. Cansada ya de dar vueltas, a las cinco de la madrugada me abrigué y fui a la cocina a prepararme un te. Cuando me estaba sentando para tomarlo, apareció Daniel, en pijama y con el pelo revuelto.
-¿Qué haces aquí? Deberías estar durmiendo.
-Tú también-le contesté.
Se sentó a mi lado y me cogió la mano entre las suyas. Me resistí, pero él no me liberó.
-¿Qué es lo que pasa? Estabas muy contenta cuando empezamos a cenar, y de repente parece que te haya pasado una enorme desgracia. Las náuseas desaparecerán en pocos días con esa medicina.
-Lo se.
-¿Entonces?
-No lo se, Daniel, déjalo, son cosas mías.
-Todo lo tuyo me importa. ¿Qué es lo que pasa? ¿De qué tienes miedo?
-De ti-le contesté, enfrentando su mirada.
Acercó más su silla a la mía y me tocó levemente la cara, con la punta de los dedos, en una caricia tan leve como si sus manos terminaran en plumas. Era extraño que un hombre tan grande pudiese mostrarse tan delicado. Luego me acarició la cabeza, ya completamente calva; y por extraño que parezca no me sentí cohibida. Me parecía algo normal estar ante él de esta manera, me presentaba tal como era; sin pelo, con la piel reseca y escamosa en algunos puntos, con los ojos enrojecidos, la cara desnuda de maquillaje, y toda yo vulnerable y patética.
-Nunca, nunca, debes tener miedo de mí. No tienes ningún motivo.
-No es miedo a que me dañes, sino más bien miedo a mi misma con respecto a ti. No me explico bien, lo siento. Pero yo me entiendo.
-Creo que yo también, al menos lo esencial de lo que quieres decir. Pero no olvides, Nefertiti, que no podemos luchar contra los sentimientos. Yo también lo he intentado y no soy capaz. ¿Crees que planeaba enamorarme de alguien en este momento? Creo que solo he estado enamorado en una ocasión, ya te hablé de ella.
Asentí. Recordaba perfectamente el momento en que me lo contó. Cada conversación que habíamos tenido la tenía grabada de manera indeleble; porque con cada palabra que él pronunciaba, iba aprendiendo algo más de su manera de ser.
-Daniel, ¿qué tenemos, qué tipo de relación hay entre nosotros? Estoy confundida, no sé qué hacer. Quizá lo más sensato sería que me marchase de aquí. Fui una tremenda irresponsable cuando me refugié entre estas cuatro paredes. Quería seguridad, y pensé que esta casa, que me había acogido en mi infancia, me la daría. Pero lo único que he conseguido es complicar mi vida, y también la tuya.
-No debes marcharte. En todo caso, si sobra alguien, soy yo. ¿Quieres que me vaya, que me aleje de ti?
¿Lo quería? ¿Deseaba levantarme cada mañana y saber que no le vería, que no oiría sus pasos en la casa, ni sus dedos corriendo por el teclado del ordenador? ¿Estaría mejor sin oler su loción para después de afeitarse, o sin oír su música en el salón? No se si la vida sería más fácil sin mirarme en sus ojos grises cada mañana, o sin compartir durante la cena una copa de vino delante de la chimenea. Quizá escuchar ópera no fuese igual si lo hacía sola; y tenía el pálpito que oír la lluvia tras los cristales, sin él a mi lado, sentado en la vieja mecedora que había sido de mi abuelo, sería profundamente triste y una cruel condena a la soledad.
-Di-me preguntó, girando mi barbilla para que le mirase. ¿Prefieres que me vaya? Puedo hacerlo esta misma mañana.
No le contesté, las lágrimas no me dejaban. Y tampoco opuse resistencia cuando me abrazó; más bien me cobijé en sus brazos y me hice más pequeña.
Los dos nos resistíamos a separarnos, y cuando al final lo hicimos, mantuvimos las manos unidas.
-Lo siento-le dije. Estoy confusa, no se lo que quiero, ni yo misma me entiendo. Y debo de ser la persona más egoísta del mundo, porque no soporto la idea de que te vayas.

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