5 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 30


-Yo tampoco quiero irme. Vamos a dejar las cosas así, de momento. No conviene apresurar nada, en la vida todo lleva su propio ritmo. Me basta con verte cada día, con que estemos juntos. No te doy prisa. Ya te darás cuenta de que puedo ser muy paciente, cuando quiero. Pero no me impidas que te bese.
Y lo hizo, suavemente, despacio y con calma, lo cual no evitó que a los pocos minutos toda mi boca y la piel alrededor pareciesen arder. Daniel trajo de mi baño la crema de rosa mosqueta y él mismo la esparció con cuidado por mi cara.
-Tenemos que remediar esto. Es la barba lo que te hace daño.
-Yo creo que no, es simplemente que cualquier roce hace que la piel se irrite. En todo caso, no te preocupes, pasará pronto.
-Debes dormir, querida.
-No voy a volver a la cama.
-Bien, pues entonces acuéstate en el sofá. Yo voy a escribir un rato.
Le hice caso. El me tapó con una manta y me fui amodorrando poco a poco. Más bien debo decir que me dormí, profundamente y desperté cuando oí hablar a mi lado. No pude menos que avergonzarme cuando vi a mi hermano hablando con Daniel, que todavía estaba escribiendo, y en pijama; y yo en la misma habitación, también en pijama y durmiendo en el sofá. Me preguntaba qué pensaría Diego. En cualquier caso, era lo suficientemente educado como para no decir nada. Me levanté para hacer café para los tres. Supongo que formábamos un extraño grupo, sentados a la mesa de la cocina, desayunando en amor y compañía.
-Tienes la piel fatal-me dijo mi hermano, con una extraordinaria falta de tacto. Parece que te has restregado ortigas por la cara. ¿Te estás poniendo la crema que te mandé?
-Si-le contesté con un hilo de voz, sumergiéndome en el café para que no me viese los ojos. Tenía la sensación de estar ruborizada hasta las orejas.
Diego nos miraba, por turnos, a Daniel y a mí, sin decir nada. Parecía esperar que alguno le diese una explicación, pero nos quedamos callados, como ladrones ante el juez. La situación sería cómica si no me pasase a mi; pero ahora poca gracia le encontraba.
-A ver, enséñame los brazos. ¿Sólo te ha pasado en la cara? Bueno, más bien la boca y alrededores, lo demás está algo reseco, pero bastante bien. Es curioso-dijo entre dientes.
Daniel se levantó a coger servilletas, y al sentarse me guiñó un ojo y me hizo una mueca, y estallé en carcajadas. Diego nos miró como si fuésemos extraterrestres.
-Estáis muy raros esta mañana. Yo diría que el aislamiento os está afectando. Deberíais dar una vuelta por la civilización. Bueno, me marcho, o llegaré tarde.
Me dio un beso, quedamos al día siguiente para la sesión de quimioterapia, y cuando ya estaba casi en la puerta, se giró y le dijo a Daniel, dándole una palmada en el hombro.
-A veces la barba es un incordio, chaval.
Los dos estábamos asombrados, sin saber qué decir, y no pudimos evitar reír cuando nos recuperamos de la sorpresa.
-Está claro que tu hermano no es tonto-me dijo Daniel.
-Supongo que no.
-En fin, al menos no me ha dado un puñetazo por besuquear a su hermanita.
-Diego te aprecia mucho, y te está agradecido.
-Lo tendré en cuenta, porque me imagino que a él tendré que pedirle tu mano. ¿O a tu hija? Porque me niego a tratar con el capullo de tu ex marido.
-Déjate de bobadas, Daniel. Y vamos a vestirnos. Creo que por hoy ya hemos dado bastante la nota.

























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