5 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 31



Querida Úrsula:
Quizá porque yo guardo buenos recuerdos de las Navidades de mi infancia, siempre he procurado que cuando tú eras pequeña la Navidad fuese algo muy especial. Todavía me pregunto cual de las dos disfrutaba más, si tú o yo, con los preparativos; el Nacimiento, el árbol, comprar los turrones y golosinas. Si no fuese por mi abuela, mis Navidades hubiesen sido bastante más tristes todavía, porque mi madre estaba siempre tan cansada, tan superada por la vida y sus problemas que planear la cena de Nochebuena y los regalos eran para ella una tarea que se le hacía pesada como una losa. Ni que decir tiene de poner árbol o Belén. Nosotros vivíamos en una ciudad que distaba unos treinta Kilómetros de la casa del pueblo, pero las Navidades se celebraban aquí, por suerte. Dos semanas antes de Nochebuena salía con mi abuela a los montes cercanos, aprovisionadas las dos de cestas, y las llenábamos de musgo verde y oloroso para poner el Nacimiento. Mi abuela guardaba las figuritas, algunas ya bastante desportilladas, envueltas en papel de seda y guardadas en una caja, que a su vez se guardaba en la cómoda de su cuarto. Cuando se sacaban de su escondite, era trabajo mío limpiarlas, una por una, con un trapo de lana, pues decía la abuela que el verdadero amor a Dios empieza por el respeto, y sin limpieza, no hay respeto. No se si será verdad, pero a mi me sirvió para inculcarme el amor por la pulcritud. El río lo hacíamos con el papel de plata que mi abuela guardaba durante meses, de las envolturas del chocolate; y había cuatro o cinco ovejas, a cada cual peor, pues a la que no le faltaba una pata le faltaba el rabo o carecía de ojos, que solíamos desperdigar por el puente que cruzaba el río, o en el camino que llevaba al Portal. Cada día yo era la encargada de adelantar un paso a los Reyes Magos, cuyos camellos habían pasado por épocas mejores. Pero en aquel entonces pensaba que era el Nacimiento más bonito del mundo.
De traer el árbol se encargaba mi abuelo, y para ello se iba al monte por la mañana y volvía con un pino de regular tamaño, que luego mi padre me ayudaba a decorar. Lo que más recuerdo de Luís era su infinita paciencia para contestar a todas y cada una de mis numerosas y cansinas preguntas. Pero nunca le noté que se cansase o que me dejase con alguna duda. Le recuerdo a menudo, y pienso que me hubiese gustado poder contarle que lo sabía todo, pero que no le quería menos porque él no me hubiese engendrado. Siempre he pensado que hay hijos de sangre y otros de corazón, y yo fui su hija de corazón.
Ya es tarde, Úrsula, y últimamente me canso mucho. Pero sobre todo, nunca olvides que te quiero.

Querida Úrsula:
¿Te he contado alguna vez como fueron mis primeros días de colegio? Estaba muy ilusionada porque mi abuela me había comprado libretas, lápices de colores y una bonita cartera de color rojo; pero en mi inocencia yo suponía, cuando Flora me llevaba de la mano hacia la escuela, que ella se quedaría allí conmigo. Cuando me di cuenta de que se marchaba y me dejaba sola, sentí que algo me oprimía el pecho; pero como era una niña muy vergonzosa y apocada, no dije nada. Había niños que lloraban, y literalmente tenían que separarlos de sus madres; otros que pataleaban, rojos como la grana, llenos de furor; y otros, los menos, que se quedaron completamente tranquilos. Desde luego, yo no estaba tranquila, pero tampoco hice ninguna escena, más que nada porque era demasiado tímida y vergonzosa, y porque mi madre me había educado de manera tan severa, que una pataleta o un llanto sin motivo conllevaban un duro castigo; con lo cual pensaba mucho en cada cosa que hacía. Tu abuela solía decirme: “piensa bien antes de hacer una travesura, porque toda acción tiene su consecuencia”. Y no era de las que amenazaban en vano.
Los primeros días fueron muy duros, pero cuando me di cuenta de que por la tarde mi abuela, invariablemente, me esperaba en el patio, me fui tranquilizando, y aprendí a disfrutar con algunas de las actividades. Aprender a leer fue algo mágico; de repente aquellos signos pequeños, de color negro, que se unían unos con otros, empezaron a tener sentido para mi, y formaban palabras, y las palabras fueron haciendo frases. Y con muchas frases se podían componer historias que me hablaban de princesas, de dragones, de lejanos países. Yo misma era capaz de pintar esos símbolos, con mano temblorosa y mucho esfuerzo, y luego podía leerlo. También aprendí que el signo + significaba añadir, aumentar, y el – quería decir que te quitaban cosas; un caramelo, dinero; pero invariablemente te quedabas sin algo. Creo que lo que menos me gustaba, al contrario que a los demás niños; era dibujar. No sabía hacerlo, y mis dibujos eran tan patéticos que la mayoría de las veces la maestra, como castigo, no me permitía pintarlos.
Y cuando llegaba a casa, mi padre siempre me esperaba con la merienda y un vaso de leche caliente. A medida que fui creciendo y la tarea que me mandaban era mayor y con más dificultad, siempre era Luís quien me ayudaba, pacientemente, y resolvía todas mis dudas. Cuando los problemas de matemáticas me salían bien el premio era una carrera en la silla de ruedas, sentada en sus rodillas y esquivando muebles. Varias veces mi madre nos pilló y a mi me mandó castigada a mi cuarto, a pesar de las protestas de Luís. Me gustaría que, donde quiera que ahora se encuentre, pudiese saber cuanto le quise, porque creo que nunca se lo dije mientras estaba vivo.
No quiero contigo cometer el mismo error, así que no olvides nunca que te quiero.


Aquella mañana Daniel me dijo que tenía que salir, y me preguntó si quería o si necesitaba algo. Estábamos tan lejos de todo que cada vez que uno salía era una norma de cortesía preguntarle al otro si había que traer algo de fuera. Pero yo tenía en casa todo lo que me hacía falta. Aproveché la soledad para meterme en la cocina y dejar hecha comida para varios días, en previsión de que la siguiente sesión me dejase demasiado cansada para cocinar. Y como la mañana estaba fría y desapacible, era un placer estar cerca del calor del horno y los fogones. A pesar del mal rato que había pasado con las indiscreciones de mi hermano, estaba contenta. Me había hecho mucho bien hablar claro con Daniel, aunque seguía teniendo mis dudas de la conveniencia de seguir adelante con lo que fuese que hubiere entre los dos. Mi desconfianza no estaba tanto en mis sentimientos como en la manera de encauzarlos. No era una jovencita inocente y romántica y sabía que lo normal en personas de nuestra edad era que cuando una relación se inicia, camine hasta las últimas consecuencias. Es decir, éramos un hombre y una mujer que estaban empezando a sentir algo el uno por el otro, con lo cual la evolución lógica de la situación era que terminásemos en la cama. Y el problema no estaba en que yo no lo desease, sino en cuanto temía ese momento. Si ya no era fácil enfrentarlo en circunstancias normales, teniendo en cuenta que en mi vida sólo me había acostado con Arturo, y estaba totalmente desentrenada, ¿Qué se podía decir si a eso se unía una calvicie total y una cicatriz de treinta centímetros en el lugar donde debiera estar mi pecho izquierdo? Decir que me daba miedo era poco; más bien sentía un pánico que me paralizaba. Y no sabía cómo enfrentarlo.
Le dí muchas vueltas al problema mientras hacía la masa para una tarta de queso. Pero no encontraba ninguna solución lógica. Quizá la razón no tuviese mucho que hacer en este tema. Mis pensamientos quedaron interrumpidos por Daniel, que llegaba de la calle, aterido de frío y con una pequeña bolsa en la mano, de la que sacó un frasquito parecido al envase de gotas para los ojos y me lo dio.
-¿Qué es esto?
-Es aceite puro de rosa mosqueta. La chica de la farmacia me ha dicho que mezcles una gota con la crema cada vez que te la vayas a poner.
Me enterneció que se tomase tantas preocupaciones. Creo que lo hacía porque se sentía responsable, pero no era por culpa suya.
-¿Vamos a comer ya?
-Si, la mesa ya está puesta.
-Bien, dame diez minutos, vuelvo enseguida.
Se marchó a su cuarto, y me quedé preguntándome a qué venía tanto misterio. Como ya estaba todo hecho me senté en la mecedora de la sala, con un libro en la mano, aunque me temo que no leí ni dos páginas. Este dichoso tratamiento me agotaba de tal manera que me iba durmiendo, literalmente por las esquinas. Abrí los ojos porque sentí en la cara un roce suave, y el olor de Daniel. Tuve que reprimir un grito, porque no quería que él lo interpretase mal. Se había afeitado la barba. No me lo podía creer. Lo había hecho, a pesar de todo lo que le había dicho. ¿Podría yo compensarle alguna vez este gesto tan hermoso? Me levanté y le toqué, recorrí su destrozada barbilla con mis manos. A cualquier otra persona probablemente le hubiera parecido horrible, porque su mentón estaba completamente surcado de cicatrices, unas blancas y otras más rosadas, que se entrecruzaban unas con otras, retorcidas, con carne encogida de manera que daba la impresión de que le faltaba un pequeño trozo de barbilla en un lado. No sabía que decir, o más bien no podía decir nada. Simplemente, me puse de puntillas y besé sus cicatrices. Esa fue la primera vez que pensé que en algún momento tendría la presencia de ánimo necesaria para que él viese las mías.

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