7 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 33



Le ordené que no me dijese nada, porque bastante me costaba ya hacerme a la idea de que iba a ir, después de tantos años; enferma y como una amazona preparada para la batalla, a bailar. Pero en mi interior estaba ilusionada, porque hacía apenas tres meses, cuando me dijeron lo que tenía, estaba a punto de tirar la toalla y me preparaba para morir, y ahora había recuperado las ganas de divertirme; y quería vivir, costase lo que costase. Quería paladear cada minuto de la vida, saborear sensaciones que pensaba que había olvidado, incluso masticar el dolor poco a poco, porque mientras hubiese dolor, también había vida. Cuando entré en el restaurante del brazo de Daniel y un camarero se hizo cargo de mi abrigo, sentí un momento de pánico que casi me hace dar media vuelta; pero me repuse; levanté la cabeza, eché los hombros hacia atrás, y entré con paso firme. Iba a divertirme, y me daba igual la gente y el mundo. Solo estábamos nosotros. Nos trajeron la carta y yo dudaba, indecisa.
-¿No encuentras nada que te guste?-me preguntó Daniel.
-Todo me gusta. Pero aquí no estoy en casa. ¿Qué ocurre si empiezo a comer y tengo que salir corriendo al baño a vomitar? ¿Te imaginas? Menudo mal rato.
-No empieces a imaginarte cosas. Ya has tomado la medicación, así que lo más probable es que no pase nada de eso. Pide algo ligero, como por ejemplo el revuelto de grelos y gambas, y lo comes despacio, ya verás como todo va bien. El vino blanco te ayudará. Y puedes tomarlo, me lo ha dicho Diego.
-Está bien. Que sea lo que Dios quiera-me resigné.
La gente nos había mirado al entrar, y no les culpo. Supongo que debíamos de ser todo un espectáculo. Pero ahora que ya estábamos sentados, todo el mundo estaba comiendo y la orquesta ponía un fondo agradable. Llegó la comida, y yo empecé a picotear del plato, con algo de miedo al principio, pero al ver que todo iba bien, me confié. El vino me había animado y ya me lo estaba pasando francamente bien. Por un momento me olvidé de la quimioterapia, de las náuseas, los médicos y los problemas. Era un mundo perfecto, solo de dos. Quizá esa euforia explique que no protestase cuando a la hora del postre Daniel pidió una botella de champán. Y quizá también esa euforia me dio fuerzas para dejarme arrastrar a bailar, cuando ya ni me acordaba de cómo se bailaba. Pero no tuve nada que hacer, solo dejarme llevar por la música y por los brazos de Daniel; y cerrar los ojos. Tenía mucha razón cuando me dijo que el bailar era poco más que abrazarse. Se estaba tan bien que me olvidé de la hora, de que mañana tenía que ir a la clínica; de todo salvo que me encontraba a gusto, que me sentía querida y tenía la sensación de que nada malo me podía pasar. Cuando la orquesta dejó de tocar miré el reloj y me asusté al ver que eran las tres de la madrugada. Y al menos yo, estaba bastante achispada a causa del vino y el champán. Daniel también había bebido lo suyo.
-Somos un par de locos. ¿Quién va a conducir? Tanta quimioterapia para acabar empotrada en un árbol a causa del alcohol. Y encima una vergüenza cuando me hagan la autopsia. “Murió como una cuba” pondrán en mi epitafio.
-No te preocupes, Nefertiti, he reservado una habitación en el hotel de al lado. Es de la misma empresa que el restaurante.
Me quedé con la boca abierta. ¿Esto no había sido premeditado? Creo que él adivinó mis pensamientos.
-No-me dijo tomándome del brazo. Te juro que no había pensado que pasase esto.
-No tengo pijama, por si lo quieres saber. Y si piensas…
Pero no me dejó seguir.
-Ya sé que no quieres que vea esa cicatriz que tanto te avergüenza, y que no te vas a acostar conmigo, al menos de momento-sonrió. No hay problema. No soy impaciente, y puedo esperar a que tú me pidas, y lo harás, que te haga el honor de acostarme contigo. Y, como soy hombre prevenido, siempre llevo en el coche una bolsa con una muda y un pijama. Manías de cuando tenía que ir a cada momento de un sitio a otro. Compartiremos mi pijama.
-¿Y cómo?
-Solo necesito el pantalón. La chaqueta es tuya.
-¿Debo darte las gracias? En cuanto a lo otro, fingiré que no he oído nada. Y nada te contestaré, sobre todo porque se me traba algo la lengua, y porque necesito que me ayudes a llegar a la habitación. Tengo ciertas dificultades para caminar en línea recta.
Pero llegué y también fui capaz de darme una ducha, que me despejó la cabeza. Y me acosté púdicamente tapada con el pijama de Daniel. Él se duchó después y se acostó a mi lado.
-Daniel, quiero que…
-No sigas-me atajó. Todo está claro, y no va a pasar nada, quédate tranquila. Vamos a fingir que esto es un noviazgo de principios del siglo pasado, cuando la novia tenía que llegar virgen al matrimonio.
Me eché a reír.
-Virgen ya no lo soy, desde luego, pero quiero que cuando ocurra sea algo especial, quiero estar bien, disfrutarlo, sin miedos.
Me acarició la cabeza, me abrazó.
-Todo eso ya lo se, no necesitas preocuparte. Descansa, duerme para estar bien dentro de unas horas. Pondré la alarma del móvil para levantarnos temprano y así podremos pasar por casa y cambiarnos.




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