8 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 34



Pero o bien la alarma no sonó o estábamos tan cansados que no la oímos, porque apenas nos dio tiempo vestirnos y marchar corriendo a la clínica para no llegar tarde. Ni siquiera pudimos desayunar. Cuando subíamos en el ascensor desde el garaje de la clínica, vi mi reflejo en el espejo, y me sentí totalmente fuera de lugar. Esperaba que mi hermano no hiciese ningún comentario sarcástico al verme. Pero nada mas salir nos encontramos con él en el pasillo. Se quedó sin habla al fijarse la cara de Daniel, pero no dijo nada. Luego me miró a mí de arriba abajo, y sacudió la cabeza en un gesto de incredulidad.
-¿Se puede saber de dónde vienes? Llegas tarde, y por si fuera poco, vas vestida como una médium de un programa cutre de esoterismo.
-Diego-protesté.
-Por Dios, de tacón alto y con restos de maquillaje. No sé que demonios os traéis entre manos vosotros dos, pero como pongáis en peligro el tratamiento, os juro que os mato, a los dos. Y tú-dijo mirando fijamente a Daniel, ¿Se puede saber qué te has hecho?
-Me he afeitado-le contestó, sin alterarse.
-Ya veo. ¿Y para qué? No, no me lo digas, ya me lo imagino. Y cuando se me pase el enfado ya te lo agradeceré. Ahora, fuera de mi vista los dos. A ti te están esperando en la sala, y tú-dijo señalando a Daniel, ven a mi despacho dentro de media hora. Por favor-añadió al final. Supongo que se dio cuenta de que se había pasado con la bronca, sobre todo a Daniel.
Entramos los dos como mansos corderitos en la sala, donde la enfermera esperaba ya, algo impaciente. Ella también nos miró; asombrada primero, y creo que algo molesta después, pero se guardó de decir nada. Hizo bien, porque yo no estaba dispuesta a soportar más regañinas aquella mañana. Me acomodé en la camilla, y Daniel vino a mi lado, me besó en la frente y me dijo que se iba a tomar un café y luego a hablar con Diego.
-No le permitas que despotrique demasiado. Cuando se pone en plan médico es insoportable.
-De todos modos, tiene algo de razón. Se preocupa por ti, simplemente. Tú no te preocupes. En una hora estaré de vuelta. Procura descansar.
Esta sesión fue más fácil que la anterior, porque ya sabía lo que me esperaba, y el ligero picor que me producía el gotero ya no me asustaba. Me relajé, y cuando Daniel entró me encontró sola; la enfermera había salido hacía cinco minutos.
-¿Has hablado con Diego?-le pregunté.
-Si, pero desayuné primero, para tomar fuerzas, por si la bronca era tremenda.
-¿Y lo ha sido?
Se encogió de hombros, y acercó una silla para sentarse al lado de mi camilla. Me cogió la mano libre, y la besó.
-Ya sabes, perro ladrador…Simplemente se preocupa por ti, y no le culpo. Tienes que reconocer que la pinta que traes hoy no es la adecuada para una pobre enferma de cáncer, doliente y triste.
-Quizá porque ya no me siento así-le dije. Tengo miedo todavía, pero contigo a mi lado he aprendido a vivir el presente y a preocuparme por el futuro solo lo justo. Y anoche lo pasé muy bien.
-Y yo. Lo repetiremos alguna vez, pero mejor un sábado, para que tu hermano no nos pille.
Nos echamos a reír, y estábamos besándonos como dos adolescentes cuando la enfermera abrió la puerta. Nos miró, escandalizada. Era una chica jovencita, no llegaba a los treinta años, y supongo que le debía de parecer patético que una señora de mi edad, y encima enferma, se hiciese arrumacos durante las sesiones. Me dio exactamente igual; en todo caso la compadecí por ser tan corta de miras; obviando que posiblemente yo misma, tres meses atrás, también me hubiese escandalizado.
Al terminar la sesión, aunque lo temía, sabía que tenía que pasar por el despacho de Diego. Pero le pedí a Daniel que me acompañase; como un escudo protector de las burlas y las advertencias de mi hermano. Nos mandó pasar y me hizo las preguntas típicas; cómo estaba, si había vomitado.
-Imagino que estarás cansada después del bailecito de anoche-me dijo, con retintín.
Miré a Daniel y sacudí la cabeza. Se lo había contado. El abrió las manos en un gesto de impotencia.
-No, no estoy cansada, al menos no mucho. Y me lo pasé muy bien. Además, tú siempre me has dicho que el estado de ánimo influye mucho en la curación del paciente. Y mi ánimo no puede ser mejor.
-Ya lo veo. Supongo que los floripondios y los tacones, y esos pendientazos te ayudarán.
-Ay, Diego, no tienes ni idea de moda, así que cierra el pico. Reconozco que no es el atuendo más apropiado para venir aquí, pero si para ir a bailar. Pero no me dio tiempo a cambiarme. Y deja de ejercer de hermano mayor del siglo pasado, que no te queda bien el papel. Y para que veas que no te guardo rencor, te invito a que vengas a comer con nosotros el domingo. Haré una empanada, de zamburiñas-le dije para tentarle. Sabía que era su preferida.
-¿A qué hora?-me preguntó, fingiendo malhumor.
-A la que quieras; pero sin mala uva, o te quedas sin postre.
Nos acompañó a la puerta. A mi me dio un beso, y a Daniel un cachete cariñoso en el hombro.
-Al menos ahora no tendrás la cara irritada-me dijo, sonriendo ladinamente.
No quise contestarle, no le daría el gusto de entrar al trapo.
Aquella tarde estuve bien; e incluso salimos a dar un paseo bastante largo, bordeando el río. Pero por la noche, después de cenar, cuando estábamos sentados en el sofá, me dieron unos horribles calambres en la planta de los pies, que me hacían llorar de dolor. A pesar de que Daniel me masajeaba, seguía doliéndome mucho, y cuando por fin el suplicio se detuvo, estaba sudando y agotada. Intenté ser positiva y ver el lado bueno de las cosas; no había vomitado, y aunque toda la comida tenía el mismo sabor metálico y pastoso, por lo menos conseguía retener lo poco que me apetecía comer.
Faltaba sólo una semana para terminar mi tratamiento, al menos la primera parte; y estaba animada porque las molestias habían sido menos que las que yo esperaba. Diego me había pintado un cuadro dramático y poco halagüeño, y quizá en comparación, lo que había sufrido no me había parecido tan terrible. Una mañana de principios del mes de abril, cuando ya la primavera había hecho acto de presencia y los árboles revivían de nuevo, llamaron a Daniel por teléfono de su editorial. Habló durante bastante tiempo, y yo me marché a la cocina, a preparar la comida, pero también para no molestarle. Habíamos entrado en una agradable rutina, y aunque sabía que a mi me tocaba mover ficha, me aprovechaba un poco, aunque no me gustase reconocerlo, de su paciencia, y continuaba sin tomar ninguna decisión en concreto. Pero era consciente de que no podía seguir así mucho tiempo, ni tenía derecho a darle largas eternamente.
Cuando entró en la cocina traía cara de preocupación y temí que le hubiesen dado malas noticias.
-¿Hay algún problema?-le pregunté. Traes una cara de funeral…
-Tendría que ir a Barcelona dentro de dos días-me contestó, sentándose a mi lado.
-Bueno, ¿y qué? ¿Cuál es la tragedia?
-No puedo dejarte sola, porque precisamente el jueves tienes la última sesión.
-Vaya, me habías asustado, pensé que era otra cosa. Claro que puedo quedarme sola, sin ningún problema. Además, hay algo que quería comentarte desde ayer, pero me daba un poco de apuro. Mi cuñada me llamó hace unos días, porque ella y mi suegro quieren venir a verme; y todavía no les había contestado, porque antes quería hablarlo contigo, por si tú prefieres que se vayan a un hotel.
Se encogió de hombros.
-A mi no me corresponde decidir, es tu casa.
-Y la tuya; la compartimos.
-En todo caso, ¿les has hablado de mí? ¿Saben que existo?
-Saben que tengo un inquilino, nada más.
-¿Y qué vas a hacer? ¿Piensas esconderme, fingir que sólo somos compañeros de piso? ¿Cómo me vas a presentar?
Me entretuve doblando varias veces las servilletas que estaban encima de la mesa. Tenía razón; ese era el principal problema; decidir que les diría. No estaba obligada a darles explicaciones, pero tampoco quería engañarles, porque no había hecho nada malo. Ya tenía incluso el divorcio, así que era una mujer libre; no estaba obligada a rendir cuentas.
-¿Cómo quieres tú que te presente?
-Quiero simplemente que digas la verdad, lo que tú sientas que soy para ti. Igual así me entero yo también, porque no me lo has dicho.
-Ya lo sabes-le rebatí. Hay cosas que es mejor demostrar, no es necesario decirlas.
-Pues eso depende, Nefertiti. Porque cuando hablamos de este tema la primera vez, creo recordar que tenías muchos inconvenientes: ser cinco años mayor que yo, estar enferma, en proceso de divorcio.
Me puse a pelar patatas para tener algo en las manos, y sobre todo para apartar la mirada de sus ojos, cada vez más inquisitivos.
-Daniel, yo te quiero, mucho, como no quise nunca a nadie. Pero mi situación no es fácil, aunque ahora empiezo a ver la luz al final del túnel. Ya estoy divorciada, en vías de curarme y tengo que hablar con Diego para hacer la reconstrucción lo antes posible.
Se echó a reír, aunque creí detectar algo de amargura en el fondo.
-Entiendo que hasta que tengas de nuevo dos pechos y te sientas segura…
-No te burles-le amenacé-porque no tiene gracia.
-No, ninguna gracia, o al menos yo no se la encuentro. ¿Crees que para mi ha sido fácil sacarme la barba, que era mi escudo ante el mundo? La gente, cuando te mira, no sabe si te falta o no un pecho, pero cuando me miran a mi, pueden ver inmediatamente todas mis cicatrices, y no es una visión agradable. Pero no me importa, porque lo hice por ti. Y tú no eres capaz de vencer tus miedos, de permitir que yo, sólo yo, te vea sin un pecho. ¿Crees que lo único que me importa de ti es que tengas dos pechos? Hay millones de mujeres ahí fuera que los tienen. Pero yo te quiero a ti, así, tal y como eres. Así que tú verás como quieres presentarme a tu familia, si es que quieres hacerlo.
Era la primera vez que me alzaba que la voz, que se quejaba de la situación que yo le había impuesto. Y tenía toda la razón del mundo; mi propio dolor y mis miedos me habían vuelto egoísta. Se había vuelto a sentar, y me coloqué detrás de su silla, le abracé, acercando mi cara a su cabeza.
-No tengo nada que contestar a todo lo que has dicho, es verdad. Si tú quieres te presentaré como lo que eres: el hombre con quien quiero pasar el resto de mi vida. Pero no me pidas que diga la palabra novio, porque me resulta ridícula; mi hija está en edad de tener novio, yo no.
-Las palabras no me importan, mientras que no digas que somos amigos, porque eso no lo soportaría.
-Vale. Aclarado. Esta noche hablaremos más detenidamente. Y también te pediré algo.
-¿El qué? Sea lo que sea, también puedes pedirlo ahora, ¿no?
-No, será esta noche.

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