9 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 35



Daniel estuvo escribiendo al menos tres horas, encerrado en el salón; y luego me dijo que tenía que salir para comprar unas cosas que necesitaba llevar en el viaje. Su ausencia me vino muy bien porque me dejó campo libre para preparar la cena primero, y luego la mesa. No quería algo demasiado elaborado, sino las cosas que a él más le gustaban. Por eso hice una sopa de almendra, canapés de salmón y una ensalada de marisco. De postre, sorbete de limón. Y vino, un buen Albariño. Recordé que en alguna parte tenía un bonito mantel rojo, con cubremanteles a juego; pero la verdad es que buscarlo me llevó más tiempo del que había pensado. Afortunadamente en el jardín ya había algunas flores y pude hacer un centro pequeño, pero vistoso. Mi casa está toda pintada de amarillo, porque Galicia es un sitio demasiado oscuro en invierno y así es como si trasladara al interior un trozo de sol. La mesa cubierta con el mantel rojo oscuro hacía un bonito contraste con las paredes, tan luminosas. Saqué la mejor vajilla, esa que solo se usa en las ocasiones especiales; y esta era la ocasión más especial de mi vida, o eso esperaba. Ya solo me quedaba encender la chimenea; y esto iba a ser lo más difícil; porque yo no tenía demasiada experiencia encendiendo fuego; siempre era Daniel el que lo hacía. Afortunadamente el cesto de leña estaba lleno, él lo había acarreado aquella mañana. Me agaché para encender la piña que dejaba luego un aroma delicioso en toda la casa, pero tuve que intentarlo cuatro veces. Parecía muy sencillo pero no lo era en absoluto, o al menos para mí. Con mucho esfuerzo, varios intentos y bastantes maldiciones por mi parte, al final conseguí que ardiese un hermoso fuego. Ahora todo consistía en alimentarlo; pero ese no era problema; había leña en abundancia. Me coloqué en la puerta para ver el salón a cierta distancia; y decidí que había quedado muy bien. Sólo faltaba que Daniel no se diese ni cuenta, pues cuando estaba preocupado con algo, como en esta ocasión el viaje, era bastante despistado.
Todo estaba a punto, menos yo. Tenía que ducharme y vestirme con algo apropiado. Pero, ¿qué me podía poner? Como siempre, estaba el ligero problema de que me faltaba un pecho y había poca ropa que lo disimulase bien. No podía aparecer con uno de los suéters enormes que llevaba todos los días; eran cómodos, pero de ninguna manera adecuados para este momento. Después de pensar mucho y de casi darme por vencida, me acordé del regalo de Elia para Navidad. Me había comprado una especie de lujoso kimono de seda dorada con ribetes negros en las mangas y en el cuello. Era precioso, y se lo agradecí mucho, pero cuando me lo dio pensé que nunca encontraría la ocasión de ponerlo, porque era demasiado…fastuoso, por decirlo de algún modo. Ahora era el momento, porque además tenía unas chinelas doradas a juego, de tacón alto. Un turbante dorado en la cabeza y cerrado con un broche de azabache me acababa de dar el aspecto de una especie de Mata Hari a la deriva. Me maquillé con mucho cuidado y me perfumé, pero solo lo justo; detrás de las orejas y en las muñecas. No hay nada peor que demasiado perfume.
Acababa de sentarme en el sofá al lado de la chimenea, en una pose que esperaba pareciese atractiva y natural, cuando entró Daniel. Se quedó literalmente sin habla; y me miraba a mí, a la mesa, a mí de nuevo. Entrelacé las manos para que él no se diese cuenta de cómo me temblaban.
-¿Qué es esto?-me preguntó, sin pasar de la puerta.
-La mesa puesta para cenar. Cualquiera diría que no te doy nunca de comer.
-Así, no, desde luego. ¿Celebramos algo que yo no sepa?
-Que estamos vivos, ¿te parece poco?-le dije. Me había acercado a él, y le besé suavemente en los labios.
Me miró de arriba abajo. Decir que estaba sorprendido es poco, se había quedado sin habla.
-Has encendido tú el fuego-me dijo. Noté que estaba nervioso también, como yo. Los dos sabíamos perfectamente lo que estaba pasando, pero creo que sin decir nada, habíamos decidido ir despacio, con calma.
-Si, me costó, pero fui capaz. ¿Nos sentamos a cenar? Puedes ayudarme a traer las cosas de la cocina.
Había puesto música antes de que él llegara y tuve la precaución de dejar solo encendidas las dos lámparas de sobremesa, con lo cual la luz era tenue. La comida estaba en su punto, pero ninguno de los dos comió demasiado. Sabía que él no tomaría la iniciativa; me lo había dejado claro, nunca forzaría las cosas. Pero para mi no era nada fácil dar el primer paso. Nunca lo había hecho, y con casi medio siglo y todos mis otros inconvenientes, no sabía muy bien cómo enfrentar la situación. Pero tenía que hacerlo; por él, y también por mí.
-Daniel-le dije, tocándole ligeramente la mano. Tengo que pedirte algo.
-Adelante.
-¿Te acuerdas de la noche que fuimos a bailar?
-Si, perfectamente.
-Fue la primera vez que dormimos juntos.
-Tú lo has dicho; sólo dormimos. No es que para mi fuese suficiente, pero estuvo bien.
-¿Y te acuerdas de lo que me dijiste?
-Nunca olvido nada, querida.
-Bien, pues creo que ha llegado el momento de que te lo pida. Es la primera vez que hago esto, y no es fácil para mí; pero te lo pido.
Hizo que me levantase y me acomodó en su regazo.
-Hazlo. Pídemelo, que yo te oiga-me susurró al oído
-Por favor, no me tortures más-le rogué, escondiéndome en su cuello. Me voy a morir de vergüenza.
-Esa fue mi condición.
No se de donde saqué las fuerzas necesarias para pedírselo y seguir mirándole a la cara, pero lo hice; le pregunté si quería acostarse conmigo.
Había preparado a conciencia mi cuarto, pero no pasamos de la alfombra, al lado del fuego. Y no fue tan complicado como había pensado, ni me sentí mal cuando por fin Daniel vio mi cicatriz. Creo que esa noche fue cuando la hice mía verdaderamente y me di cuenta de que era tan parte de mi cuerpo como los brazos o las piernas. Fue lo suficientemente tierno para que no me sintiese mal, sino todo lo contrario. Creo que nunca había sentido lo que él me hizo sentir esa noche. Me pareció sentir que era la persona más especial del mundo, porque en ese momento él me veía de esa manera. Ya estaba, habíamos conseguido dar ese primer paso que tanto me asustaba. Ahora todo sería más sencillo, y Daniel nunca más dudaría de la sinceridad de mis sentimientos hacia él.
Me pareció natural despertarme a su lado a la mañana siguiente. Supongo que en algún momento habíamos abandonado el salón y llegado a la cama, pero no tenía muy claro cómo ni cuando.
-Buenos días, Nefertiti-me saludó con un beso.
Me desperecé, pero en vez de salir de la cama me acurruqué de nuevo a su lado.
-Buenos días, Dani. Tenemos que levantarnos, hoy va a ser un día ocupado.
Pero él siguió acostado, mirándome fijamente y delineando los rasgos de mi cara con su dedo índice.
-¿Por qué ocupado?
-Porque mañana te vas; hay que hacer la maleta, preparar cosas.
Se echó a reír.
-Tardo exactamente quince minutos en hacer la maleta. Me voy por cinco días, no para un año. Pero, si, nos vamos a levantar y después de desayunar, saldremos por ahí.
-¿A dónde?
-No lo sé-me contestó, encogiéndose de hombros. A comer a algún sitio, pero cerca del mar. Me apetece ver el mar, pasear por la playa, ahora que todavía no se ha llenado de gente. En verano no lo soporto; pero en este tiempo es agradable oler a mar.
Salimos a la vez de la cama, y no me sentí mal por mostrar mi cuerpo maltratado, sino más bien liberada, por fin. Ya no había nada que esconder, ni nada que temer. Me había visto, me había palpado, me había amado, y me aceptaba; nos aceptábamos. Compartimos la ducha, según él para acabar antes; pero en realidad para no separarnos, para no romper ese hilo invisible que nos unía desde anoche. Los dos queríamos apurar el día de hoy, porque mañana él se iría. Aunque fuese una separación corta, a mi me dolía, precisamente ahora que las barreras se habían roto.
Decidimos ir hacia la costa del norte, donde el mar está permanentemente embravecido, incluso en los mejores días de verano. Daniel nunca había estado, y a mi me apetecía mostrarle ese paisaje fuerte, bravío, con el mar rompiendo, furioso, contra los acantilados y el viento azotando los árboles de los montes cercanos. Nos arriesgábamos a que no estuviesen todavía abiertos los restaurantes de la zona, porque apenas empezábamos el mes de abril, pero como la Semana Santa estaba muy cerca, yo confiaba en que alguno funcionase ya. Había un largo trayecto, que hicimos hablando y escuchando música, callando a veces, y haciendo planes. Le pedí que se dejase la barba de nuevo. Mañana era mi última sesión en bastante tiempo, y todos los efectos secundarios irían desapareciendo poco a poco, con lo cual ya no era necesario que él sacrificase por mí su intimidad. Podía entender perfectamente la incomodidad de ser el blanco de las miradas y la curiosidad de la gente. Para mi las cicatrices de Daniel eran una parte de si mismo, de su personalidad, como los ojos grises o el pelo rubio rojizo; las amaba porque le amaba a él. Pero no quería que pasase más incomodidades.
-Está bien, mañana dejaré de afeitarme.
-Y volverás a ser el vikingo misterioso.
-¿El qué?-me preguntó asombrado.
-Bueno, cuando te vi la primera vez, cuando me abriste la puerta, en lo primero que pensé fue en un vikingo. Ya sabes, por la estatura, el pelo, y esa barba pelirroja tan cerrada. Confieso que sentí algo de miedo cuando me estrechaste la mano entre esas manazas enormes. Me pregunté si estaría segura contigo.
-Pero a pesar de todo, te quedaste.
-Si, porque tus ojos te delatan como buena persona, y tu sonrisa. Y porque no tenía adonde ir-le dije, riendo. Ahora sin bromas, ¿cómo haré estos días sin ti?
-Ven conmigo, Nefertiti. Aunque creo que no te podré prestar demasiada atención, porque estaré todo el día en reuniones y charlas aburridas con la gente de la editorial. Pero las noches serán nuestras-me dijo guiñándome un ojo.
-No, Diego me mataría por saltarme la última sesión. Y además, pasado mañana llegan Elia y Carlos. Cinco días de abstinencia nos vendrán bien a los dos. Así, cuando nos reencontremos, todo será mejor.
-Hay algo que debemos aclarar. Y es que aunque venga tu familia o el mismísimo Papa de Roma, no voy a andar de noche de procesión por los pasillos.
-No entiendo. ¿Qué procesión? Las procesiones de Semana Santa son en la calle.
-Quiero decir que compartiremos la misma cama, no nos vamos a esconder.
-No, te prometo que no pasará nada de eso. Es más, mañana mismo traslado todas tus cosas a mi cuarto, a nuestro cuarto.






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