10 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 36



Y de repente se me ocurrió que quizá a él no le hiciese mucha gracia la visita. Al fin y al cabo, eran parte de mi pasado con Arturo. Decidí preguntárselo, para que nunca hubiera entre nosotros malos entendidos.
-Dime la verdad, Daniel, ¿te molesta que vengan Elia y Carlos? Debes decírmelo si es así, lo entiendo.
-No, no me molesta en absoluto. Sería tonto obviar que tienes un pasado, igual que lo tengo yo. Si les quieres, será por algo.
-Les quiero, si, les adoro a los dos, porque aparte de mi hermano son la única familia que me queda. Desde que llegué a sus vidas me acogieron con los brazos abiertos y se comportaron muy bien conmigo. ¿Cómo podría no quererlos?
-Ahora habrá que ver cómo me aceptan a mí-dijo, algo dudoso.
-Pues bien, ¿cómo sino? Me quieren mucho y estarán contentos de que yo sea feliz.
-Pero tu ex marido es su hijo, su hermano.
-Olvidas un ligero detalle: mi ex marido fue quien me puso los cuernos con su compañera de trabajo. Yo me acosté contigo ayer por primera vez, cuando ya estaba divorciada y era libre. Y además, vamos a dejar el tema. Me aburre, y tenemos poco tiempo para estar juntos. Te echaré mucho de menos, aunque hablemos todos los días por teléfono.
-Cinco días pasan enseguida. Y estarás muy ocupada. Cuando te des cuenta de que no estoy, ya estaré de regreso.
No estaba yo tan segura. En poco tiempo me había acostumbrado, quizá demasiado, a su presencia. Mañana sería la última sesión de quimioterapia, pero también la primera en la que él no me acompañaba. Había compartido más cosas conmigo en cuatro meses escasos que Arturo en veinticinco años. ¿Cómo podría no echarle de menos? Pero de ninguna manera quería ser un escollo en su trabajo, y acompañarle sería un error. Todavía no estaba bien del todo, y él debía estar con los cinco sentidos puestos en su libro, y no en preocuparse por mí. Además, tenía que dar dos conferencias, y por lo tanto, su única preocupación debería ser prepararlas y conseguir que todo saliese bien.
Casi sin darnos cuenta y entretenidos por la charla llegamos a la ermita que quería enseñarle a Daniel; porque era uno de mis lugares favoritos, adonde mis abuelos me trajeron cuando era muy pequeña y que nunca olvidé. Hacía ya muchos años que no estaba aquí, pero no había olvidado San Andrés de Teixido, un pequeño pueblo cercano a Cedeira; un lugar ventoso, frío y dejado de la mano de Dios, donde se yergue, tímida y solitaria, una pequeña capilla en honor al santo. Cuenta la leyenda que San Andrés se encontraba muy triste y abandonado por tener su santuario en tan lejano y desabrido lugar, nada menos que en la sierra conocida como A Capelada, donde los únicos seres vivientes eran los pocos lugareños y los caballos salvajes. Pero Dios se apiadó de él y le prometió que recibiría tantas visitas como el propio Santiago, en la gran Compostela, porque ningún cristiano podría entrar jamás en el Reino de los Cielos sin haber visitado al santo. El que no fuere en vida, estaría condenado a ir de muerto, en forma de sapo, culebra o lagarto. Por eso todos los gallegos, y muchos que no lo son, se esfuerzan por hacer, al menos una vez en la vida, el peregrinaje hasta este hermoso e inhóspito lugar, para presentar sus respetos al santo.
Bajamos de la mano hasta la capilla, que yo pensé encontrar cerrada, pero por suerte estaba abierta, y pudimos entrar y permanecer un momento en su interior. A la salida nos encontramos con una señora que vendía las típicas figuritas hechas de miga de pan, y pintadas de colores: rojo, amarillo y azul. Hay diversas figuras; las más comunes son la flor del deseo, una barca, un pescador, una sardina o una mano. Nos llevamos una de cada y bajamos hasta el mar, para coger una de las plantas típicas de la zona, las hierbas de enamorar y el junco del buen parir.
-No quiero pensar que te crees estas tonterías-me dijo Daniel cuando ya volvíamos al coche.
-No es que las crea o no; se trata de mantener las tradiciones; de recordar el pasado. La última vez que estuve aquí debía de tener unos quince años, e hice lo mismo que ahora, también bajé hasta la orilla del mar y recogí las plantas. Aunque entonces tenía más motivos, al menos por los juncos. Ahora es evidente que ya no volveré a parir; no los necesito.
Me callé, porque era un tema que pretendía esquivar. Cuando empecé el tratamiento yo todavía era capaz de tener hijos, aunque fuese discutible la conveniencia de quedarme embarazada a mi edad; pero la quimioterapia había acabado con esa remota posibilidad. Yo tenía una hija, pero le estaba robando a Daniel la posibilidad de ser padre, y eso no me hacía sentir precisamente bien. Él era demasiado inteligente para no darse cuenta de lo que pasaba por mi cabeza, y empezó a hablarme del viaje, para esquivar conversaciones espinosas.
Decidimos comer en Cedeira, el pueblo más cercano, porque ya eran casi las dos de la tarde, y no queríamos llegar a casa demasiado tarde. Mañana tendríamos que madrugar.
-¿A qué hora tengo que llevarte al aeropuerto?-le pregunté mientras comíamos.
-No te preocupes, vendrá Diego temprano y me dejará a mí en el aeropuerto y a ti te llevará a la clínica para la sesión. Y te volverá a dejar en casa por la tarde.
-No es necesario. Ya soy perfectamente capaz de conducir.
-No lo dudo, pero lo hemos hablado y los dos nos quedaremos mucho más tranquilos haciéndolo como te he dicho.
No le contesté, sabía que no tenía posibilidad alguna de salirme con la mía frente a ellos dos. Me preguntaba de qué hablarían cuando estaban solos, y cuanto habría que yo ignorase.
A la mañana siguiente, cuando apenas eran las siete, Diego estaba ya sentado en mi cocina, tomándose un café y metiéndonos prisa para salir. Mi hermano es la persona más puntual que he conocido; se dejaría torturar antes de llegar tarde a algún sitio. Confieso que yo no soy tan puntual y a menudo suelo llegar con retraso, por más que me proponga no hacerlo. Por fin nos subimos al coche y estuvimos en el aeropuerto con mucha anticipación para facturar el equipaje y sacar la tarjeta de embarque. No se que tienen los aeropuertos para que me desagraden tanto; pero apenas veo los paneles luminosos que anuncian los vuelos y oigo los altavoces, algo se encoge en mi estómago y hace que desee marcharme. Diego tuvo la delicadeza de decir que se iba al coche para hacer unas llamadas importantes; aunque yo sabía que era para dejar que Daniel y yo nos despidiésemos tranquilamente. Se despidió de Daniel y me dijo que estaría en el coche esperándome.
Nunca he sabido manejar la situación en las despedidas y por más que intentase convencerme de que eran tan solo cinco días, las lágrimas igualmente me empañaban los ojos. Daniel todavía estaba a mi lado, pero yo ya me sentía completamente perdida. Me había acostumbrado a no estar sola; yo que había sido siempre una solitaria. Llamaron para embarcar, así que ya no podíamos dilatar más el momento de separarnos. Nos fundimos en un abrazo y ninguno de los dos dijo nada. No esperé para ver como entregaba su tarjeta de embarque; me di media vuelta y caminé lo más deprisa que pude hacia el aparcamiento, intentando no tropezar con mis propios pies, a causa de las lágrimas que apenas me dejaban ver. Diego tuvo el detalle de arrancar el coche y no decirme nada; se limitó a darme un pañuelo. Cuando ya estábamos llegando a la clínica me recompuse.
-Pensarás que soy patética.
-¿Por qué? A mi tampoco me gustan las despedidas.
-No solo por eso. Quiero decir que no te he preguntado lo que opinas de que me haya enredado en una relación con alguien que acabo de conocer, en mi situación y por si fuera poco, más joven que yo.
Aparcó el coche en la plaza que tenía reservada y sólo entonces habló.
-No seas absurda, Elena. Ya te dije que me parecía que ese chico te quiere de verdad, y que serías una boba si le dejaras marchar. Tienes derecho a ser feliz; las segundas oportunidades no abundan, y por eso no se pueden desperdiciar. ¿Cuántos años hay de diferencia entre vosotros? Aparentemente no se nota nada.
-Cinco.
-Lo que he dicho. Eres tonta de remate y estás llena de prejuicios estúpidos. Si fuese al revés no te extrañaría, ¿verdad?
Me encogí de hombros, no supe que contestarle, porque tenía razón. Las mujeres de mi generación nos encontramos en una posición ambivalente y difícil, pues nos hemos enfrentado al mundo, hemos salido a trabajar, intentamos ser mujeres modernas, pero todavía nos pesa demasiado la educación que hemos recibido de nuestras madres, y nos cuesta abandonar los estereotipos. Hemos recogido todos los deberes que nos impone la nueva sociedad, pero nos cuesta admitir que también podemos reclamar los derechos.
-En cualquier caso, soy muy feliz, como nunca lo había sido. Y te ruego que permitas que me muera, ahora no. Reconozco que hace unos meses estaba dispuesta a aceptar la muerte, pero ahora quiero vivir, tengo que vivir.
-Todos moriremos algún día, ya lo sabes. Pero a ti no te toca todavía, aún no. No lo permitiré. Y ahora, déjame un poco en paz. Soy oncólogo, no Elena Francis. Lárgate a la sesión. Cuando acabes recógeme en el despacho y te llevaré a casa. Hoy no tengo consultas ni me toca operar, y puede que hasta tenga tiempo para invitarte a comer.
Diego y yo comimos juntos y me dejó en casa a las cuatro de la tarde, sana y salva, pero muy cansada. Daniel me había llamado para decirme que el viaje había ido bien y que estaría todo el día muy ocupado. Me dejó algo intrigada porque me pidió que mirase mi correo por la noche, que me mandaría algo. No me imaginaba que podría ser, pero en cualquier caso pronto saldría de dudas. Mañana llegarían Elia y Carlos y todavía tenía que supervisar sus cuartos y ver que todo estuviese a punto. No me faltaba en que estar entretenida hasta la hora de la cena, porque además tenía que trasladar la ropa de Daniel y sus cosas a mi habitación. Cuando acabé eran las nueve de la noche y yo estaba molida de cansancio. Me daba pereza cenar de manera convencional, y como estaba sola, simplemente me preparé un chocolate caliente y me llevé la taza al lado del ordenador. Seguramente mi hermano no aprobaría este tipo de cena, pero como no se lo iba a contar, no había ningún problema. Entré en mi correo y efectivamente, había un mensaje de Daniel. Confieso que lo abrí con algo de temor. Por un momento me dio por pensar que iba a usar este conducto para decirme que me dejaba plantada, que encontraba complicado mantener una relación con alguien como yo. Pero intenté convencerme a mi misma de que él nunca haría las cosas de una manera tan cobarde. Bien, la mejor manera de saberlo era leer lo que me había escrito.


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