11 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 37


Mi Nefertiti:
Sabes que soy parco en palabras y generalmente solo hablo cuando tengo algo que decir y aún entonces de manera breve. Pero escribir se me da mejor; al fin y al cabo llevo casi veinte años ganándome la vida con ello. Por eso he pensado aprovechar estos días que vamos a estar separados para contarte cosas de mi que te ayudarán a conocerme mejor, y que aunque quiero que sepas, nunca te contaría viéndote delante. Puedes llamarle pudor, pero creo que cobardía lo expresa de manera más exacta y se ajusta más a la verdad.
Al igual que tú, yo también crecí como hijo único, a pesar de tener una hermana. Pero fui una ocurrencia tardía de mis padres, o un accidente, y Carmen es dieciocho años mayor que yo. No sé por qué decidí estudiar Periodismo, quizá porque lo único que se me daba bien era contar cosas, escribir, y si con eso podía comer, mejor que mejor. Tampoco se porque me hice corresponsal de guerra, porque no fue una cosa que hubiese planeado, sino fruto de la casualidad. Cuando hice prácticas en mi último año de carrera conocí a un viejo periodista curtido en mil batallas que me tomó bajo su protección; me imagino que sintió pena de un pobre pardillo al que le quedaba mucho que aprender. Y me pareció lo más normal del mundo al acabar, que me llamasen del periódico donde él trabajaba. Con la inconsciencia que da la juventud, me tomaba el peligro a la ligera y durante mucho tiempo no se me pasaba por la cabeza que cuando salía a cubrir una información podía no regresar. Los jóvenes siempre piensan que la muerte les toca a otros. No quiero que te hagas una idea romántica o equivocada de mi trabajo, porque a realidad es que se trata de algo muy duro y la mayor parte de las veces feo y sórdido. La guerra no tiene lado amable, no hay que perder el tiempo en buscarlo. Y nadie nos enseña ni nos prepara para lo que nos espera. Los soldados reciben una instrucción y son formados para su profesión, que es la guerra; pero a nosotros tan solo nos enseñan, peor o mejor, a hilvanar frases y contar lo que vemos. Antes de la guerra de Vietnam recibíamos el mismo tratamiento que los militares, hasta cuando nos hacían prisioneros, pero después todo cambió, e incluso cambió también el modo en cómo nos miran los que por ironías del destino son compañeros en las aventuras y las desventuras; los propios soldados. Pocos son los que nos aprecian, y en ocasiones no puedo culparlos, incluso los entiendo. Porque en honor a la verdad, he visto como muchos compañeros desvirtuaban por completo lo sucedido y servían a los intereses de quienes les pagaban, para contar las cosas de la manera más adecuada. Sin ser presuntuoso, nunca lo hice; y así me fue.
Te he contado todo esto, que quizá te haya aburrido, para que sepas un poco en que estado de ánimo me podía encontrar cuando tú llegaste a mi vida: recuperándome de un accidente, por llamarle de algún modo, desengañado de mi profesión, y sobre todo, solo. Pero también ansioso de soledad. Por eso nunca podré decir que sentí por ti un flechazo ni esas cosas que dice la gente para quedar mejor. Cuando te ví me pareciste una mujer atractiva, educada, y pensé que no habría problemas en compartir la casa. En honor a la verdad, tu oferta de cocinar hizo que la idea de acogerte aquí fuese más agradable. Estaba harto de comer mal.
Tengo que irme a una aburrida cena con mi editor. Te llamaré luego si no llego muy tarde. Y te seguiré contando algunas cosas que nunca te diría, porque no sabría cómo sin sentirme idiota.
Te quiero, aunque ya lo sabes.



Si, lo sabía, pero mi naturaleza insegura me jugaba malas pasadas, me hacía preguntarme si me merecía que me quisieran. Quizá el haber crecido al lado de una madre poco expresiva, que nunca me hizo sentir verdaderamente querida, y haberme casado luego con un hombre que vivía en su propio mundo, apartado de mi y sin molestarse en saber qué era lo que sentía en cada momento, me habían llevado a creer que la culpa era mía; y que no era digna de cariño.
Ya me iba a la cama cuando sonó el móvil. Era Daniel, para contarme cómo había ido el primer día, y sobre todo para saber cómo estaba. Hablamos durante al menos quince minutos, y me fui a la cama con la sensación de que por fin las cosas estaban marchando bien en mi vida. Mañana vería a Carlos y Elia y solo esperaba que aceptasen a Daniel. Al romper con Arturo me quedé con los buenos recuerdos de los años que compartimos, y sobre todo con su familia, que yo había convertido también en mía. Sé que no todo el mundo lo entendería, pero era muy importante para mí que el hombre con quien iba a compartir mi vida fuese aceptado también por las otras personas que significaban algo para mi. Y mientras me limpiaba la cara frente al tocador, pensé que todavía me quedaba la parte más complicada, pues debía decirle a mi hija que tenía una nueva relación. Esto si me daba miedo, porque Úrsula adoraba a su padre, de una manera posesiva y algo irracional, que la hacía ser a veces profundamente injusta. No estaba muy segura de cómo enfrentaría la presencia de Daniel.
Mi hija fue una niña muy deseada y tanto su padre como yo nos volcamos en ella por completo. A veces pienso que le dimos a nuestra hija un lugar tan destacado que nos olvidamos de que antes habíamos existido nosotros dos, como pareja, como dos personas que se aman. Desde que era un bebé, sintió predilección por Arturo, y a pesar de que era yo quien estaba con ella las veinticuatro horas del día, quien le daba de comer, la dormía y me ocupaba de ella cuando estaba enferma, siempre tuvo claro que el primer lugar en su corazón era para su padre. Eso no me molestaba especialmente, y hasta lo veía normal. De pequeña, yo también había estado más cerca de mi padre que de mi madre, y siempre pensé que era lo que ocurría en caso de padres e hijas. Pero ni en la adolescencia, cuando se supone que madres e hijas se acercan, ella dejó de poner a Arturo en primer lugar.
Y para aumentar mi desazón, también debía contarle de la existencia de Diego, de su tío. ¿Cómo se lo tomaría? Me preguntaba si no habría cometido un error al ocultárselo durante más de un año. Tal vez debiera haber escuchado a mi hermano, que me aconsejó decirle la verdad mucho antes. Pero nunca encontraba el momento apropiado; o bien nos habíamos peleado, o el problema era que Úrsula tenía exámenes, o se iba a marchar al extranjero. El caso es que no le dije nada, y ahora me arrepentía. ¿Serían demasiadas novedades a la vez?
A la mañana siguiente me despertó el sonido del móvil. Era Daniel, para darme los buenos días y decirme que quizá no pudiese llamarme hasta la hora de la cena, pero que me mandaría un mail por la tarde.
-Seguro que te he despertado, pero si no te llamaba ahora, ya no podría hacerlo. Esta gente me tiene cronometrado el día.
-No te preocupes, prefiero oír tu voz a dormir un rato más. Además, tengo que hacer muchas cosas. Les espero para comer.
-Pásalo bien, pero acuérdate de mí.
-No necesito hacerlo, estás siempre en mi mente, como en la canción.
Nos despedimos rápido. A ninguno de los dos le agrada hablar por teléfono. No sé que tiene ese aparato, tan útil por otra parte, que me quita toda la espontaneidad y hace que me muestre envarada y torpe al hablar. Y Daniel nunca es demasiado hablador.
Me sentía llena de energía, quizá porque esperaba una visita muy agradable, pero también porque había sido mi última sesión de quimioterapia por un tiempo que esperaba fuese largo. Volvería a crecerme el pelo, de nuevo sería yo misma. Antes de vestirme salí afuera. Por la noche había llovido y en mi jardín había un agradable olor a tierra mojada, a hierba, a vida. De momento el día estaba cubierto por la bruma, pero en Galicia el tiempo es imprevisible, y algo me decía que hacia el mediodía tendríamos sol. En un acto reflejo mi mirada se dirigió hacia el monasterio, con su cúpula elevándose orgullosa, y el campanario. Tenía una mañana ocupada, pero de repente me entraron ganas de dar un paseo hasta allí, de visitar el cementerio y las ruinas. No podría entrar en la iglesia, porque a estas horas estaba cerrada, pero nadie me impediría el paso hasta el atrio lleno de maleza y hasta la fuente. No quise perder tiempo. Me puse un vaquero y un jersey grueso y salí al aire fresco de la mañana. El paseo me revitalizó y aunque al llegar me tuve que apoyar en una pared, porque estaba literalmente sin aliento, me sentía más fuerte que en los meses anteriores.
Fui primero al cementerio. Me quedé de pie ante las tumbas de mis abuelos y luego fui adonde estaba enterrados mis padres. A Luís nada tenía que reprocharle, no le culpaba por no haberme dicho que él no era mi verdadero padre; supongo que tenía miedo de perder mi cariño. Toqué la fría piedra tras la cual yacía el cuerpo de mi madre. ¿La había perdonado? En sus últimos momentos de lucidez recuerdo que me cogió una mano y me dijo que no había sido una madre perfecta. Esa era su manera de pedir perdón, y así lo entendí. Nunca me diría nada más. La tranquilicé, diciéndole que había sido la mejor madre del mundo. Era una mentira, pero ¿Qué podía decirle? No me creí con fuerzas para reprocharle su dureza, su frialdad, su distancia hacia mí desde que era pequeña. Ni tampoco le pregunté quien era mi verdadero padre. ¿Para qué aumentar su sufrimiento en aquellos últimos momentos? Había asumido que nunca me lo diría. Ni siquiera ahora estaba segura de que en lo más hondo de mi ser no quedase algún ligero resquemor hacia mi madre.
Y quizá lo que más me asustaba era el enorme parecido que advertía entre mi madre y mi hija. Las dos tenían un punto duro en su corazón que me alejaba de ellas, aunque queriéndolas mucho. ¿Hay una ley que dice que las nietas se parecen, inevitablemente, a las abuelas? Yo tenía muchos rasgos en común con mi abuela Flora, y Úrsula era de hierro y pedernal, como mi madre. Eché a andar hacia la parte en ruinas del edificio, intentando alejar aquellos pensamientos de mi mente. Me senté al lado de la fuente, en un banco de piedra. Allí se respiraba una paz completa, que seguramente en unos días ya no sería tal, porque con la Semana Santa, y más si hacía buen tiempo, llegarían las familias con niños, para pasar el día en el campo. Aquello se poblaría de meriendas, de tortillas, filetes empanados, abuelas complacientes, madres enfadadas, niños gritones y maridos durmiendo con la panza al sol. Me parecía la profanación de algo que me pertenecía, pero era consciente de que por más que el monasterio formase parte de mi vida, no era más mío que de aquella gente que lo usaba para soltar el stress de la cuidad, la hipoteca y el trabajo.
Emprendí, despacio, el camino de vuelta a casa. Tenía que preparar pulpo a la gallega, ensaladilla rusa y una tarta, quizá de chocolate. Carlos seguía siendo un niño goloso, a pesar de que estaba cercano a los ochenta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario