12 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 38


Apenas entré en casa puse en marcha la comida. Si conocía a Elia, habría salido muy temprano, casi de madrugada, para no encontrar demasiado tráfico, y probablemente estarían aquí hacia las tres de la tarde. Mi cuñada odiaba los aviones y en cambio le encantaba conducir, y por eso prefería pasarse siete horas al volante que una hora escasa dentro de un aparato infernal, como ella misma decía.
Entré en la lavandería y como la lavadora ya había terminado el programa, puse la ropa en la secadora. Hay algo en el monótono zumbar de los electrodomésticos que me calma los nervios, que me da paz y me relaja. Quizá sea la monotonía de la costumbre. Tendí un jersey de Daniel que no podía secarse en la máquina y sonreí al recordar cómo cuando empecé a enamorarme de él me podía pasar media hora mirando como una completa idiota su ropa y la mía entrelazadas a través del ojo de buey de la lavadora. A nadie confesaría esta estupidez, porque me tomarían por loca, pero ante mi misma podía hacerlo.
De vuelta en la cocina preparé la base de la tarta y luego hice la crema. Eran las doce cuando me senté a tomar tranquilamente un café y contemplé con detenimiento mi cocina. Si en mi anterior casa, hacía ya tantos años, me había decidido por muebles clásicos de madera de roble, aquí había echado a volar mi imaginación, y el resultado era bonito, sencillo y acogedor. No quise alicatar toda la cocina porque no deseaba que se pareciese a un laboratorio. Todas las paredes estaban pintadas de amarillo, como el resto de la casa, y por eso aún en los más crudos días de invierno mi cocina era luminosa como si estuviese en una isla griega. Escogí unos muebles que combinaban la madera clara, de haya, con un tono anaranjado, brillante y cálido, en algunas de las puertas. Y justo detrás de la zona de cocina, para facilitar la limpieza, recubrí la pared de granito, porque la piedra es eterna, y su frialdad quedaba atemperada por la dulzura de la madera y la calidez de los colores.
Todavía tenía tiempo hasta que llegasen y decidí que era un buen momento, porque me encontraba en paz conmigo misma, para seguir escribiendo la historia de mi familia, que últimamente había abandonado algo.

Querida Úrsula:
¿Te he contado alguna vez como fueron mis primeros días de colegio? Estaba muy ilusionada porque mi abuela me había comprado libretas, lápices de colores y una bonita cartera de color rojo; pero en mi inocencia yo suponía, cuando Flora me llevaba de la mano hacia la escuela, que ella se quedaría allí conmigo. Cuando me di cuenta de que se marchaba y me dejaba sola, sentí que algo me oprimía el pecho; pero como era una niña muy vergonzosa y apocada, no dije nada. Había niños que lloraban, y literalmente tenían que separarlos de sus madres; otros que pataleaban, rojos como la grana, llenos de furor; y otros, los menos, que se quedaron completamente tranquilos. Desde luego, yo no estaba tranquila, pero tampoco hice ninguna escena, más que nada porque era demasiado tímida y vergonzosa, y porque mi madre me había educado de manera tan severa, que una pataleta o un llanto sin motivo conllevaban un duro castigo; con lo cual pensaba mucho en cada cosa que hacía. Tu abuela solía decirme: “piensa bien antes de hacer una travesura, porque toda acción tiene su consecuencia”. Y no era de las que amenazaban en vano.
Los primeros días fueron muy duros, pero cuando me di cuenta de que por la tarde mi abuela, invariablemente, me esperaba en el patio, me fui tranquilizando, y aprendí a disfrutar con algunas de las actividades. Aprender a leer fue algo mágico; de repente aquellos signos pequeños, de color negro, que se unían unos con otros, empezaron a tener sentido para mi, y formaban palabras, y las palabras fueron haciendo frases. Y con muchas frases se podían componer historias que me hablaban de princesas, de dragones, de lejanos países. Yo misma era capaz de pintar esos símbolos, con mano temblorosa y mucho esfuerzo, y luego podía leerlo. También aprendí que el signo + significaba añadir, aumentar, y el – quería decir que te quitaban cosas; un caramelo, dinero; pero invariablemente te quedabas sin algo. Creo que lo que menos me gustaba, al contrario que a los demás niños; era dibujar. No sabía hacerlo, y mis dibujos eran tan patéticos que la mayoría de las veces la maestra, como castigo, no me permitía pintarlos.
Y cuando llegaba a casa, mi padre siempre me esperaba con la merienda y un vaso de leche caliente. A medida que fui creciendo y la tarea que me mandaban era mayor y con más dificultad, siempre era Luís quien me ayudaba, pacientemente, y resolvía todas mis dudas. Cuando los problemas de matemáticas me salían bien el premio era una carrera en la silla de ruedas, sentada en sus rodillas y esquivando muebles. Varias veces mi madre nos pilló y a mi me mandó castigada a mi cuarto, a pesar de las protestas de Luís. Me gustaría que, donde quiera que ahora se encuentre, pudiese saber cuanto le quise, porque creo que nunca se lo dije mientras estaba vivo.
No quiero contigo cometer el mismo error, así que no olvides nunca que te quiero.

Estaba poniendo la mesa cuando oí el ruido de un coche que se detenía a la puerta y salí corriendo a recibirles. Mi cuñada fue la primera que me abrazó. Carlos se bajó después y también él me acogió en sus brazos con cariño. Me dijeron lo que ya esperaba; que parecía estar fenomenal, que me encontraban muy bien. Sabía que les había impactado verme con el pañuelo y la cara demacrada, pero se guardaron muy bien de decir nada que no fuera agradable o que me hiciese sentir mal.
Nos sentamos a comer y me pusieron al día en las novedades de los conocidos en común que compartíamos, pero ni yo les pregunté por Arturo ni ellos me hablaron de él. Tampoco quise hablarles de Daniel en aquella primera comida, ni de mi hermano. La verdad es que eran demasiadas novedades y no quería contarlas de golpe. Pero fue Elia la que me preguntó por Daniel, aún sin saber su nombre ni nada de él; para ella era simplemente mi inquilino.
-¿Dónde has escondido a tu inquilino? ¿Es un viejo repelente, o demasiado feo para mostrarlo? ¿O es terriblemente maleducado y no tiene modales en la mesa?
-Pues ninguna de las tres cosas. Tiene 42 años, con lo cual no podemos decir que sea viejo, ¿no? No es feo, sino todo lo contrario, o por lo menos esa es mi opinión. Y es muy educado.
-¿Entonces? ¿Tiene alergia a los desconocidos?
-Todo es bastante más simple. Está de viaje y no regresará hasta dentro de tres o cuatro días. Ya le conoceréis.
-¿Y tiene nombre?
-Si, se llama Daniel. Daniel Mendoza-aclaré. Y es periodista, por si me vas a preguntar a qué se dedica.
-Discúlpala. Ya sabes que el defecto de mi hija ha sido siempre querer estar enterada de todo.
-No hay nada que ocultar-le dije, encogiéndome de hombros.
Cuando acabamos de comer, Elia me dijo que estaba agotada de tanto conducir, que se iba a dormir una siesta. Cuando me pidió una pastilla para el dolor de cabeza le dije que la cogiese en mi baño. Y apenas había salido hacia mi cuarto cuando me di cuenta de que las cosas de Daniel eran más que visibles allí.
-Perdona, puede que no encuentre las pastillas; la ayudaré-me disculpé con Carlos.
Cuando llegué ya era tarde, había entrado en mi cuarto y en el baño. La presencia de Daniel quedaba patente por todas partes; ropa suya colgada en el armario, con las puertas entreabiertas, artículos de aseo masculino al lado de mis botes de crema. Elia se giró para mirarme, con aire de sorpresa.
-No quería decírtelo de sopetón. Tenía pensado hacerlo mañana o pasado.
-¿Es lo que estoy pensando?
-No sé lo que estás pensando, Elia, pero seguramente si.
-¿Te has liado con el periodista?
Creo que me puse colorada; pero intenté calmarme y hablar con firmeza.
-Yo no lo diría así, exactamente. No me he liado con él.
-Pero te acuestas con él.
No me ofendía su manera de hablar, porque más que cuñadas éramos amigas y sabía que si me preguntaba tan directamente era porque se preocupaba por mi.
-Si. Nos acostamos por primera vez hace tres noches. Pero te repito que no estamos liados. Nos queremos. Así de simple, y de complicado.
-Pues me alegro por ti.
-¿No te parece que estoy loca?
-¿Por qué? Más bien me muero de envidia.
-Soy mayor que él; hace apenas un mes que tengo el divorcio, de tu hermano, por si no lo recuerdas, y me acaban de sacar un pecho. ¿Alguien da más?
Movió la mano como desechando todo lo que le había dicho.
-Bobadas. Tienes perfecto derecho a rehacer tu vida, y conociéndote, si le quieres será porque se lo merece.
-Sólo te diré que él ha hecho más por mí en apenas cuatro meses que Arturo en todo el tiempo que estuvimos juntos. Ahora, ¿cuándo se lo digo a tu padre?
-Ahora-me dijo, saliendo de la habitación. Yo necesito dormir o me caeré redonda. Tomaos un café con calma y se lo cuentas. Mi padre nunca se asombra por nada, ya lo sabes.
Deseé que fuese así. Al fin y al cabo, Arturo era su hijo.

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